PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 27, 2007

REPRESION
Cuando trataron de matarme

Tania Díaz Castro

LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - Las reflexiones del Comandante en Jefe me obligan a reflexionar. Las leo de punta a cabo o las escucho con atención, cuando las leen por televisión.

La reflexión del 25 de junio, titulada Un argumento más para el Manifiesto, trajo a mi mente recuerdos que me entristecen. A mi también trataron de matarme, o mejor dicho, de fusilarme en 1990. ¿Por qué? Sencillamente porque había redactado una carta al poeta Armando Valladares, cuando obtuvo, junto a los cubanos del exilio, una victoria en Ginebra.

Según el entonces mayor Rodolfo Pichardo, mi delito más grave fue la rebelión. Durante un mes estuvo haciéndome creer que yo iba a ser fusilada por orden de Fidel Castro.

Cuando escuché aquél veredicto las piernas me temblaron. La mente se me apagó de tal manera que por mucho esfuerzo que hacía me resultaba imposible seguir escuchando las palabras del verdugo.

"El Comandante está muy bravo contigo. ¿Quién te crees que eres, una mujer sin cultura, que no sabe nada de política, que ha escrito unos cuantos versitos que se han publicado, para enfrentarte a una revolución como la nuestra? El paredón es lo menos que mereces, Tania".

-Ustedes nunca han fusilado a una mujer.

-Tampoco a un Héroe de la Patria -me respondió con una sonrisa enigmática. El general Arnaldo Ochoa había sido ejecutado meses antes.

Cuando llegué a mi celda tapiada, sentí el olor de la muerte. Imaginé una ráfaga de tiros sobre mi cuerpo y me estremecí de dolor. Lloré, lo confieso sin pena alguna. Sobre todo por mis tres hijitos. Ellos y yo amábamos demasiado nuestras vidas.

Pensé en cómo había transcurrido mi existencia, sosegada, sin enemigo alguno. Y en aquellos momentos en manos del peor de todos: Fidel Castro, jefe de un gobierno con más de cinco mil fusilados, y quien, por ser un dictador ha sido víctima de cientos de atentados contra su vida. Confiesa en sus reflexiones (hay que creerle) que Bush ordenó su muerte. Él ordenó la mía.

Lo paradójico es que esos cientos de atentados no resultaron. Los dictadores, según la tradición, se mueren en una cama, con un balazo de su propia mano o una cápsula de cianuro, pero siempre fracasados.

De Villa Maristas y las torturas psicológicas aplicadas por mi verdugo, salí al cabo de seis meses. Vencida, doblegada, atemorizada, anulada mi personalidad. Sin embargo, sabía que algún día podría denunciar públicamente aquel plan que tuvo Fidel Castro de asesinarme por reclamar elecciones libres, la liberación de todos los prisioneros políticos, la legalización de las organizaciones pacíficas, la libre expresión, la economía de mercado.

Hoy, muchas cosas han cambiado. Él no puede dirigir al país y yo tengo el valor de redactar también mis reflexiones y seguir escribiendo versos, porque los versos sirven para sanar el alma herida.


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