|
REPRESION
Cuando
trataron de matarme
Tania Díaz Castro
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - Las reflexiones
del Comandante en Jefe me obligan a reflexionar.
Las leo de punta a cabo o las escucho con atención,
cuando las leen por televisión.
La reflexión del 25 de junio, titulada
Un argumento más para el Manifiesto,
trajo a mi mente recuerdos que me entristecen.
A mi también trataron de matarme, o mejor
dicho, de fusilarme en 1990. ¿Por qué?
Sencillamente porque había redactado una
carta al poeta Armando Valladares, cuando obtuvo,
junto a los cubanos del exilio, una victoria en
Ginebra.
Según el entonces mayor Rodolfo Pichardo,
mi delito más grave fue la rebelión.
Durante un mes estuvo haciéndome creer
que yo iba a ser fusilada por orden de Fidel Castro.
Cuando escuché aquél veredicto
las piernas me temblaron. La mente se me apagó
de tal manera que por mucho esfuerzo que hacía
me resultaba imposible seguir escuchando las palabras
del verdugo.
"El Comandante está muy bravo contigo.
¿Quién te crees que eres, una mujer
sin cultura, que no sabe nada de política,
que ha escrito unos cuantos versitos que se han
publicado, para enfrentarte a una revolución
como la nuestra? El paredón es lo menos
que mereces, Tania".
-Ustedes nunca han fusilado a una mujer.
-Tampoco a un Héroe de la Patria -me respondió
con una sonrisa enigmática. El general
Arnaldo Ochoa había sido ejecutado meses
antes.
Cuando llegué a mi celda tapiada, sentí
el olor de la muerte. Imaginé una ráfaga
de tiros sobre mi cuerpo y me estremecí
de dolor. Lloré, lo confieso sin pena alguna.
Sobre todo por mis tres hijitos. Ellos y yo amábamos
demasiado nuestras vidas.
Pensé en cómo había transcurrido
mi existencia, sosegada, sin enemigo alguno. Y
en aquellos momentos en manos del peor de todos:
Fidel Castro, jefe de un gobierno con más
de cinco mil fusilados, y quien, por ser un dictador
ha sido víctima de cientos de atentados
contra su vida. Confiesa en sus reflexiones (hay
que creerle) que Bush ordenó su muerte.
Él ordenó la mía.
Lo paradójico es que esos cientos de atentados
no resultaron. Los dictadores, según la
tradición, se mueren en una cama, con un
balazo de su propia mano o una cápsula
de cianuro, pero siempre fracasados.
De Villa Maristas y las torturas psicológicas
aplicadas por mi verdugo, salí al cabo
de seis meses. Vencida, doblegada, atemorizada,
anulada mi personalidad. Sin embargo, sabía
que algún día podría denunciar
públicamente aquel plan que tuvo Fidel
Castro de asesinarme por reclamar elecciones libres,
la liberación de todos los prisioneros
políticos, la legalización de las
organizaciones pacíficas, la libre expresión,
la economía de mercado.
Hoy, muchas cosas han cambiado. Él no
puede dirigir al país y yo tengo el valor
de redactar también mis reflexiones y seguir
escribiendo versos, porque los versos sirven para
sanar el alma herida.
|