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Gordura fuera de la ley
Roberto Casin, El
Nuevo Herald, 23 de junio de 2007.
Y quién dice que las cosas en Cuba no
han cambiado. Evidentemente, las malas lenguas.
El cambio ha sido tanto que Fidel Castro ya no
se va a morir en buenahora de sopetón,
como por décadas añoraron sus enemigos
y temieron sus allegados. El comandante ya no
se irá de un arrebato de cólera
o de un soplo telúrico en la yugular.
Va a hacer un año que empezó a
morirse a plazos, y por ironías del destino
a luchar porque los gusanos no empiecen a roerle
los pellejos antes de la extremaunción.
Vean si las cosas han cambiado que ya ni calza
botas ni viste guerrera. Previsor a toda prueba,
el sastre que lleva años cosiéndole
se ha deshecho sin mucho aspaviento de telas,
tijera e hilo, y ya se agenció clavos,
tablas y un serrucho para la próxima hechura.
No hay que llamarse a engaño. Aunque hay
quien diga que últimamente ha visto a Castro
más rozagante, activo y recuperado, la
inesperada y buena estampa no es más que
el rostro embustero de la despedida, o como dice
mi vecino, un guajiro de Vueltas: alegría
de caballo capado.
Pero esa noticia no es ya de titulares. La recién
llegada por el cable, y aún fresca, es
la de que casi un tercio de los cubanos están
obesos. La difundió a bombo y platillos
la prensa de la isla, sin ningún recato
ni rubor. Otro milagro de la revolución.
De no ser por obra y gracia de la fortuna ideológica,
no hay manera de explicar cómo los cubanos
pasando el hambre que han pasado con ingenio,
voluntad y regocijo revolucionario han podido
engordar, y nada menos que hasta la obesidad.
Parece un elogio, pero no lo es. Al gobierno
le preocupa sobremanera la salud de los ciudadanos,
como al buen pastor, siempre atento a los signos
vitales de su rebaño. Según el parte
oficial, la prevalencia de la obesidad en Cuba
es más elevada que en países como
Holanda, una curiosidad dietética, dado
que en la isla desde hace décadas se practica
resignadamente el ayuno de mantequillas y de quesos.
Otro misterio de las estadísticas: hace
ya varias generaciones que los cubanos dejaron
de comer carnes, chicharrones, yuca con mojo y
buñuelos, y además borraron de sus
ingredientes culinarios tradicionales la manteca
de puerco y, de acuerdo con la jerga oficiosa,
otras malsanas fuentes alimenticias.
Aun así, el reporte de endocrinólogos
y nutricionistas da cuenta de gran alarma entre
los médicos por la aparición galopante
en la población de patologías estrechamente
relacionadas con una generosa despensa, como la
hipertensión arterial, las cardiopatías
isquémicas, la diabetes y ciertos tipos
de cáncer.
Nada, que se puede pasar un hambre de faquires
e igualmente por otras razones sufrir de obesidad,
algo por demás común en cualquier
sociedad desarrollada. Queda claro el propósito.
Se puede ser muy pobre y hacer el paripé
de rico.
El pan de cada día podrá seguir
disputándose como botín de guerra
entre familias y vecinos, pero la raíz
del mal, a la vista de las autoridades cubanas,
se ha mudado del comedor a la sala, de la mesa
al televisor, y ahora se le atribuye al excesivo
tiempo que la gente pasa delante de la pequeña
pantalla o jugando con la computadora.
Para ser precisos, el informe se queja de que
ya ni en las escuelas los niños hacen ejercicio
físico y de que toda la ciudadanía
se está volviendo sedentaria, a despecho
de los viejos tiempos de constante jaque patriótico,
de largas y forzosas jornadas de trabajo agrícola
y costosas movilizaciones milicianas.
Los totalitarismos tampoco admiten gorduras mal
administradas. De modo que mucho ojo. Si de golpe
y porrazo el gobierno instauró una vez
el llamado período especial, y también
por mandato supremo decidió oficializar
a su antojo que lo peor del hambre ya pasó
para los cubanos, el próximo decreto bien
podría ser para obligarlos revolucionariamente
a que dejen de engordar.
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