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Vilma, Raúl, Fidel y la soledad de la muerte
Carlos Alberto Montaner, El
Nuevo Herald, 24 de junio de 2007.
Madrid -- Al general Raúl Castro, el gobernante
de facto cubano, se le ha muerto la esposa de
casi medio siglo, Vilma Espín, una ingeniera
química de 77 años nacida en el
seno de una solvente familia de Santiago de Cuba.
Deja cuatro hijos y numerosos nietos. Uno de esos
nietos, Alejandro, es el jefe de la escolta de
su abuelo. Uno de sus yernos, Luis Alberto Rodríguez,
militar de alta graduación, es quien maneja
los vastos intereses económicos de las
Fuerzas Armadas.
A Fidel Castro no le gusta demasiado el peso
mediático de la familia de su hermano.
Mientras Raúl, con cierto orgullo, exhibe
a sus hijos y potencia su presencia en los medios
de comunicación --especialmente la de su
hija Mariela, una sexóloga a la que se
le atribuye inteligencia y cierto espíritu
de tolerancia, muy propio de su profesión--,
Fidel esconde a los suyos, condenando a sus descendientes
a una especie de extraña marginación
que inevitablemente les han causado graves tensiones
emocionales, como han revelado algunas de las
ex nueras escapadas al exilio tras convivir bajo
el mismo techo con esa rara familia durante algún
tiempo.
Según los dos secretarios privados de
Raúl Castro huidos a Estados Unidos --uno
llegó en un bote tras haber sido representante
ante Naciones Unidas, mientras el otro desertó
en Rusia, donde era embajador interino, ambos
notablemente brillantes--, el contacto entre las
familias de Fidel y Raúl no era fluido
y ni siquiera se visitaban socialmente. ¿Por
qué? Porque las relaciones entre Fidel
y Raúl están montadas sobre unas
bases totalmente perversas. Fidel, cinco años
mayor que Raúl, siente un enorme desprecio
moral por Raúl y se lo hace saber con cierta
frecuencia. Valora su lealtad absoluta y le reconoce
un notable instinto para la gerencia burocrática
de las Fuerzas Armadas, pero le parece frívolo,
le molestan sus episodios de alcoholismo, le reprocha
su reducida capacidad para el análisis
político, le irrita su notoria falta de
curiosidad intelectual, y le censura ese rasgo
fatal de su conducta en el que la campechanía
y la vulgaridad se unen para liquidar cualquier
vestigio de la majestad que Fidel supone debe
acompañar al líder permanentemente.
Raúl, en cambio, ha vivido psicológica
y emocionalmente subordinado a un hermano al que
admira, pese a que siempre ha ejercido la autoridad
sobre él por medio de la intimidación
y el atropello oral y físico, aunque, a
veces, tampoco ha desdeñado otro tipo de
castigo: el silencio implacable. En momentos de
cólera profunda, Fidel no le habla, no
le contesta las llamadas, y Raúl se siente
desamparado y víctima de ese invencible
sentimiento de culpa que aprendió a experimentar
desde la infancia. Es tanto el miedo que Raúl
le tiene a Fidel, que García Márquez,
más de una vez, le ha llevado a Fidel los
mensajes que Raúl no tenía el valor
de transmitirle.
Pese a las apariencias, ese tipo de humillante
relación fue agrietando, poco a poco, el
afecto de Vilma y de la familia de Raúl
hacia Fidel Castro. Es muy difícil querer,
realmente, a un psicópata narcisista como
Fidel. A ese tipo de gentes, por el temor que
infunden, se les aplaude, se les ríen las
gracias y se les brindan constantes muestras de
adhesión incondicional para poder sobrevivir,
pero es imposible apreciarlos. Es lo mismo que
sucedía con Stalin, el dominicano Trujillo
o Adolfo Hitler. Sus subalternos no los amaban
con el corazón, sino con la vejiga.
El creciente resentimiento de Vilma hacia Fidel
era predecible. A ninguna mujer puede gustarle
que maltraten a su marido o a sus hijos, y la
señora Espín, al decir de sus íntimos,
fue una buena esposa y madre. Es imposible que
su reciente desaparición --un notable soporte
psicológico para su esposo--, y la tal
vez no muy lejana muerte de Fidel, no sacudan
enérgicamente la vapuleada conciencia de
Raúl. La muerte de las dos personas más
importantes de su vida debe colocarlo en un torbellino
emocional. El, con 76 años, sabe que tampoco
le queda mucho tiempo, sabe que su hermano le
deja como herencia un país en ruinas y
el delirante proyecto de conquistar el mundo de
la mano del loco Hugo Chávez, Evo Morales,
Daniel Ortega y otros parecidos caotizadores.
Sabe que por ese camino toda Cuba, sus propios
hijos y sus nietos marcharán a la catástrofe
cuando él no esté para impedirlo.
Pero no adivina qué hacer porque su hermano
le aplastó el carácter desde niño
y ya no tiene a su mujer junto a él para
aconsejarlo. En medio de los miles de abrazos
tristes que recibe, Raúl Castro hoy debe
ser uno de los hombres más confundidos
y solitarios de Cuba. Son los misterios del poder.
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