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HUMOR
Nefasto y El que no pinte es yanqui
Víctor Manuel Domínguez, Sindical
Press
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - Los aportes
de un auténtico revolucionario cubano a
la identidad nacional son irreversibles, y aún
más cuando van enfilados al enriquecimiento
político-ideológico, artístico
y culinario de las masas, las musas y los huesos
del país.
Por eso me alegró que "una mujer
de ojos hermosos y otros pactos conmigo",
Gina Montaner, nos alertara desde su columna en
El Nuevo Herald: ¡Cuidado, Robertico pinta!,
en alusión a las nuevas funciones del ex
canciller salsero de apellido Robaina.
Y apoyo su advertencia porque sé del peligro
que representaría para los seguidores de
la cultura universal saber la intrascendencia
de las obra de Goya, Carlos Enrique, Duchamp (y
más que todo las de Toulouse Lautrec, por
su amor al can-can en medio del Molino Rojo),
si nuestro ex se pone de a lleno sobre el lienzo,
los pinceles y la mezcla de colores como un semáforo
roto o un comunista en pijama.
Talento le sobra. Y voluntad también.
¿O piensan que sobrevivir y "bisnear"
en libertad luego de una caída por empujón
del olimpo comunista no es la obra de un genio
y una proeza laboral?
Además, su llamado a elevar la cultura
político-ideológica a través
de la práctica de diferentes saltos como
el estilo "Perro de Pavlov", y el "Canguro
Sebastián", aún arden en las
pantorrillas, los oídos y los zapatos desuelados
de una juventud conectada al ritmo de "El
que no brinque es yanqui".
¡Y hay del que se quedara más quieto
que una foto! Podía perder hasta la merienda
escolar y extraviársele el número
del escalafón por incumplir con la meta
de saltos asignados a cada estudiante.
Este y otros legados de Robertico a la formación
de la juventud cubana a través del brinquito
preciso, el salto a gusto y las pataletas críticas
enfiladas contra el enemigo, se suman a sus significativos
aportes estéticos de canciller rumbero
y ministro con blazer arremangado.
Pero como el arte es un bichito que se lleva
dentro, y crece a voluntad cuando al infectado
lo parte un rayo político, lo desmelena
una tormenta ideológica o lo decapita una
hoz revolucionaria, nuestro ex se vio en la obligación
de alimentarlo para alimentarse.
Y de ahí nace esta obra magistral que
ha de estremecer al mundo de las artes plásticas,
y que ya, desde Miami y Madrid, comienza a hacernos
guiños por la módica suma de 3 mil
dólares o euros la pieza.
Sus cuadros La monja desnuda, El rictus de las
mulatas y Robertico bajando la escalera en plan
pijama, nos envían desde un estilo dadaísta
el mensaje subliminal de que no todo está
perdido si somos ahorrativos, nos apuntalamos
bien antes de caer, y permanecemos quietos en
casa hasta que de una vez escampe.
Deudores de la libido de Goya, la sensualidad
de Carlos Enríquez y el amor por la construcción
de barbacoas que inmortalizó a Duchamp,
esta serie de cuadros en óleo sobre lienzo,
denominada "La maldita circunstancia de en
guardia por todas partes", o "Con el
agua al cuello", ha tenido una impactante
aceptación entre los berebere, los tutsis,
y un galerista español que los comercializaba
en El País de los ciegos, descubierto por
H.G. Wells.
Pero no hay dudas de que las obras que más
coleccionistas suman son las de temática
popular emparentadas con la vida de los cubanos.
Obras como La jinetera infinita, Negro debajo
de los escombros de un balcón con un pan
en la mano, Ingeniera vendiendo girasoles en la
esquina de Toyo, El médico payas, o curandero
de la risa, y Las balsas de Abraham, son perseguidas
por unos coleccionistas conocedores y amantes
de la realidad.
También es bueno señalar el alcance
poético y el impacto visual (por el aire
digestivo que sugieren) de algunos autorretratos
del autor, nacidos de un experiencia -según
voz populi- en la cocina del Parque Almendares.
Dibujados con una minuciosidad y unos colores
que parecen reales, los autorretratos Canciller
refrito a la chamusquera, Trozos de canciller
al horno, y Canciller en su salsa, demuestran
el dominio pictórico de nuestro ex, y ponen
sobre aviso a la humanidad, a los cubanos y a
la mujer de ojos hermosos y otros pactos conmigo,
que aquí en la Isla ¡El que no pinta
es yanqui!
Eso se los aseguro yo, Nefasto "El curador".
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