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EDUCACION
Crisis magisterial: ¿un mal incurable?
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - ¡Cuidado
con el magisterio! Es la máxima que describe
una actitud multiplicada en el ámbito educacional
del país. Podría describirse como
el efecto de quien se escabulle de un depredador
o la decisión ante el olor de un zorrillo
en peligro.
Viene a ser también la estampida y el
rechazo en función de ilustrar lo que sucede
en todos los niveles escolares. En Cuba nadie
o muy pocos se convencen de la necesidad de cubrir
los espacios que la deserción deja en numerosas
escuelas. Los maestros desisten. Esquivan las
convocatorias. Se hacen catedráticos de
la indiferencia.
Sencillamente, no quieren entrar en esa especie
de jaula donde los salarios devoran la lógica
y el sentido común con impunidad de bestias,
y las exigencias son rugidos claros y secos, como
los que reverberan en la jungla.
Se acude a alumnos, a profesores jubilados para
ponerle coto a la crisis, pero unos pocos dan
el paso al frente. El escepticismo domina la escena
al margen de las lisonjas y los llamados a la
conciencia.
En algunas ocasiones se desliza entre las parrafadas
de los discursos un muestrario de incentivos.
Sin embargo, las victorias son pírricas.
Lo peor es que la vocación va a la retaguardia
en medio de los ardides para atenuar el curso
catastrófico de una de las vitrinas del
socialismo.
El asunto es resolver. Como dictan las leyes
de la pragmática: el fin justifica los
medios. Adolescentes sin genuinas disponibilidades
para ejercer la profesión y ancianos que
regresan, biológicamente limitados, pero
decididos a buscar algún respiro a sus
agobiadas economías, aceptan colocarse
al frente de las aulas.
Llegan como los curanderos de una enfermedad
que ha logrado burlar tanto las labores preventivas
como las terapéuticas. La ineficiencia,
el burocratismo, la abulia social, el diseño
anárquico que impera en todas las instituciones
son virus mutantes que pudren y enajenan.
Nada se salva en estas atmósferas donde
el morbo se junta con el disparate y el voluntarismo
con la demencia. Es la antítesis de la
integralidad y el equilibrio. Son las consecuencias
de la validez de los decretos y el curso siempre
agonizante del espíritu de las leyes que
resuellan, graves, sobre el papel.
La educación, sus "logros",
sus "potencialidades", nadan en el mar
de las insuficiencias. La falta de recursos no
es la clave que marca el ritmo del derrumbe en
el sector.
En esos afanes por revolucionar, se ha invertido
el movimiento de la dialéctica. Gratuidades
sin resortes que controlen y ahorren con eficacia,
pésima distribución de los presupuestos,
ausencia de estímulos materiales que amortigüen
el impacto de los bajos salarios, agudización
de las diferencias de clase a partir de la apertura
al turismo internacional.
Todo conspira para que seamos menos educados.
Basta con echar una ojeada por las escuelas para
tener constancia de hacia dónde vamos.
Endémica falta de maestros, deterioro arquitectónico,
proliferación de conductas inadecuadas
en los alumnos tales como el uso del lenguaje
prosaico, la promiscuidad sexual, el bajo rendimiento
académico y el aumento de hechos violentos.
Recientemente, los integrantes del Sindicato
de Trabajadores de la Educación, las Ciencias
y el Deporte de la provincia Villa Clara abordaron
el tema en una conferencia. Entre las principales
preocupaciones discutidas resaltaron los prejuicios
que existen sobre el ingreso de los jóvenes
a las carreras pedagógicas, la débil
preparación de éstos al integrase
al sistema educacional y el déficit de
profesores.
En el cónclave se instó a cultivar
la vocación como premisa para subsanar
el problema. Hubo sentencias firmes, propuestas,
entusiasmo, autocríticas. Temo que todas
esas semillas cayeron en suelo baldío.
Es lo usual.
Ofrezco otro probable destino. El saco roto.
Por cierto, los agujeros tienen en 2007 un diámetro
mayor. Con tales orificios es factible asegurarse
que el fracaso en el sistema educativo está
garantizado, al margen de conciliábulos
de última hora y de la multitud de funcionarios
empeñados en manufacturar la aguja y el
hilo para el remiendo.
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