PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 22, 2007

SOCIEDAD
Una fe que no precisa milagros

Luis Cino

LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - Me conmueve la credulidad de los viejos comunistas de mi barrio. Su fe, sin pan y sin milagros, hecha de órdenes, consignas y promesas, es inexpugnable. Se acerca al medio siglo y sigue ahí. Arcaica, obsoleta, recalcitrante. Ajada, con grietas, pero en pie. Como la muralla de Jericó antes que sonara la trompeta.

Esperan, libreta de abastecimiento en mano, en las colas de la bodega, la panadería o el periódico. Repiten como mantras las consignas con las que envejecieron. Lejos de las tentaciones, alertas contra los que quieren confundirlos. Siempre vigilantes. Siguen esperando el futuro luminoso que no llega. Como flagelados santones que, en harapos y con los ojos en blanco, vagan por el desierto.

Algunos me miran con odio. Como si la culpa del desastre fuera de tipos como yo. Otros me saludan, confiados en que un día, trabajo político mediante, lograrán otro milagro: mi reconversión a la fe del Máximo Líder.

Algunos, los más osados, si es de noche y nadie los observa, se detienen a conversar conmigo. Fingen no saber que soy un disidente. No quieren enterarse. Para ellos es mejor así. Por si las moscas. Tal vez yo sea otro chivato disfrazado. O un loco delirante, porque para enfrentarse "a esto", hay que estar loco.

Hablamos. Más bien los oigo hablar. Ellos saben que no los voy a insultar. No es mi estilo. Hace años que renuncié a convencerlos. Ellos también desistieron de convencerme. Ahora, de lo único que me quieren convencer es que siguen siendo revolucionarios y que creen en Fidel. Sólo eso.

El problema es que para lograrlo mienten y fingen poses melodramáticas. Abusan de mi inteligencia. Y de mi paciencia, que está demostrando ser casi inagotable.

Una vecina no esperó que repitieran la conversación de Fidel Castro con Randy Alonso, el caballero de la Mesa Redonda, para comentarme alborozada lo bien, lo lúcido que se veía el Comandante. A continuación, en tono de confidencia, me pidió que la ayudara a buscar compradores para los collares de santería que confecciona. Sólo me puso una condición imposible:

-Los clientes que le busque tienen que ser blancos, decentes y revolucionarios.

Una anciana que apenas baja de su apartamento en un quinto piso se quejó en la cola de la bodega de "Oh, La Habana", la telenovela de turno. Para ella, sus personajes son caricaturas. Mujeres que "pegan tarros", viejos verdes descocados de titimanía, bisneros, "bichas" y freakies. "Todos los muchachos de la novela son vulgares y chabacanos, dan una pésima imagen de nuestra juventud. A ver, ¿por qué no ponen a los muchachos tan educados y correctos que salen por el noticiero?".

A propósito del noticiero, otro vecino me preguntó por qué no hablan claro los entrevistados en la serie de reportajes sobre las violaciones a los derechos del consumidor. Según él, es un tema en el que hay tela por donde cortar. Le respondí que en Cuba nos privaron de la cultura de los derechos. Si apenas tenemos derechos como seres humanos, ¿vamos a imaginar siquiera que los tenemos como consumidores?

Cuando me dijo que para que se resuelvan los problemas el pueblo tiene que quejarse, le hice un chiste. El de la loca de carroza que preguntó en una asamblea si se podía quejar. "Claro, compañero", le respondieron. "¡Ayyy!", gritó. Temo que el vecino se ofendió, porque no ha vuelto a hablarme.

Otro vecino, me mostró una carta que envió al periódico Juventud Rebelde. En ella se quejaba acerca de la distribución del gas licuado para cocinar. Le preocupaba que se malinterpretara la misiva a pesar de que reiteró en varios párrafos su confianza en la revolución.

Aclaró que su principal preocupación era que nada afectara el programa de ahorro energético orientado por el Comandante. De todos modos, le preocupaba su osadía de atreverse a escribir sus quejas a Juventud Rebelde.

-Total -me dijo-, ya no vale la pena quejarse del gas.

Pensé que era porque no le iban a atender y nada se resolvería. Error. Siempre tan mal pensado como soy.

-No -me explicó-, es que Hugo Chávez ya anunció que va a enviar gas venezolano a Cuba. Pronto todos cocinaremos con gas licuado. Hasta los que cocinábamos con kerosén y ahora no tenemos ni una cosa ni otra, sino las lentas cocinas eléctricas chinas.

Y entonces me soltó que él quería criticar con ánimo constructivo y no escribir "las hijeputadas e infamias que yo escribía".

-Ah, ¿porque yo escribo mentiras?

-No, es cuestión de matices, de cómo se digan las cosas. Yo lo que no quiero es tener líos en mi trabajo ni mítines de repudio en la puerta. Capaz que me pasen con un camión por arriba y luego me hagan un entierro con honores militares y condecoraciones.

-¿Y tú los crees capaces de hacer eso?

-No, claro que no, es sólo un decir. Este es un país libre, y mira, a ti no te han metido preso.


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