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SOCIEDAD
Una fe que no precisa milagros
Luis Cino
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - Me conmueve
la credulidad de los viejos comunistas de mi barrio.
Su fe, sin pan y sin milagros, hecha de órdenes,
consignas y promesas, es inexpugnable. Se acerca
al medio siglo y sigue ahí. Arcaica, obsoleta,
recalcitrante. Ajada, con grietas, pero en pie.
Como la muralla de Jericó antes que sonara
la trompeta.
Esperan, libreta de abastecimiento en mano, en
las colas de la bodega, la panadería o
el periódico. Repiten como mantras las
consignas con las que envejecieron. Lejos de las
tentaciones, alertas contra los que quieren confundirlos.
Siempre vigilantes. Siguen esperando el futuro
luminoso que no llega. Como flagelados santones
que, en harapos y con los ojos en blanco, vagan
por el desierto.
Algunos me miran con odio. Como si la culpa del
desastre fuera de tipos como yo. Otros me saludan,
confiados en que un día, trabajo político
mediante, lograrán otro milagro: mi reconversión
a la fe del Máximo Líder.
Algunos, los más osados, si es de noche
y nadie los observa, se detienen a conversar conmigo.
Fingen no saber que soy un disidente. No quieren
enterarse. Para ellos es mejor así. Por
si las moscas. Tal vez yo sea otro chivato disfrazado.
O un loco delirante, porque para enfrentarse "a
esto", hay que estar loco.
Hablamos. Más bien los oigo hablar. Ellos
saben que no los voy a insultar. No es mi estilo.
Hace años que renuncié a convencerlos.
Ellos también desistieron de convencerme.
Ahora, de lo único que me quieren convencer
es que siguen siendo revolucionarios y que creen
en Fidel. Sólo eso.
El problema es que para lograrlo mienten y fingen
poses melodramáticas. Abusan de mi inteligencia.
Y de mi paciencia, que está demostrando
ser casi inagotable.
Una vecina no esperó que repitieran la
conversación de Fidel Castro con Randy
Alonso, el caballero de la Mesa Redonda, para
comentarme alborozada lo bien, lo lúcido
que se veía el Comandante. A continuación,
en tono de confidencia, me pidió que la
ayudara a buscar compradores para los collares
de santería que confecciona. Sólo
me puso una condición imposible:
-Los clientes que le busque tienen que ser blancos,
decentes y revolucionarios.
Una anciana que apenas baja de su apartamento
en un quinto piso se quejó en la cola de
la bodega de "Oh, La Habana", la telenovela
de turno. Para ella, sus personajes son caricaturas.
Mujeres que "pegan tarros", viejos verdes
descocados de titimanía, bisneros, "bichas"
y freakies. "Todos los muchachos de la novela
son vulgares y chabacanos, dan una pésima
imagen de nuestra juventud. A ver, ¿por
qué no ponen a los muchachos tan educados
y correctos que salen por el noticiero?".
A propósito del noticiero, otro vecino
me preguntó por qué no hablan claro
los entrevistados en la serie de reportajes sobre
las violaciones a los derechos del consumidor.
Según él, es un tema en el que hay
tela por donde cortar. Le respondí que
en Cuba nos privaron de la cultura de los derechos.
Si apenas tenemos derechos como seres humanos,
¿vamos a imaginar siquiera que los tenemos
como consumidores?
Cuando me dijo que para que se resuelvan los
problemas el pueblo tiene que quejarse, le hice
un chiste. El de la loca de carroza que preguntó
en una asamblea si se podía quejar. "Claro,
compañero", le respondieron. "¡Ayyy!",
gritó. Temo que el vecino se ofendió,
porque no ha vuelto a hablarme.
Otro vecino, me mostró una carta que envió
al periódico Juventud Rebelde. En ella
se quejaba acerca de la distribución del
gas licuado para cocinar. Le preocupaba que se
malinterpretara la misiva a pesar de que reiteró
en varios párrafos su confianza en la revolución.
Aclaró que su principal preocupación
era que nada afectara el programa de ahorro energético
orientado por el Comandante. De todos modos, le
preocupaba su osadía de atreverse a escribir
sus quejas a Juventud Rebelde.
-Total -me dijo-, ya no vale la pena quejarse
del gas.
Pensé que era porque no le iban a atender
y nada se resolvería. Error. Siempre tan
mal pensado como soy.
-No -me explicó-, es que Hugo Chávez
ya anunció que va a enviar gas venezolano
a Cuba. Pronto todos cocinaremos con gas licuado.
Hasta los que cocinábamos con kerosén
y ahora no tenemos ni una cosa ni otra, sino las
lentas cocinas eléctricas chinas.
Y entonces me soltó que él quería
criticar con ánimo constructivo y no escribir
"las hijeputadas e infamias que yo escribía".
-Ah, ¿porque yo escribo mentiras?
-No, es cuestión de matices, de cómo
se digan las cosas. Yo lo que no quiero es tener
líos en mi trabajo ni mítines de
repudio en la puerta. Capaz que me pasen con un
camión por arriba y luego me hagan un entierro
con honores militares y condecoraciones.
-¿Y tú los crees capaces de hacer
eso?
-No, claro que no, es sólo un decir. Este
es un país libre, y mira, a ti no te han
metido preso.
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