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HISTORIA
Así está el Prado habanero
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - junio (www.cubanet.org) - En
1949 visité La Habana por primera vez.
Tenía entonces diez años y todo
lo recuerdo como si fuera hoy. Mis padres y yo
fuimos a vivir a un antiguo edificio que poco
después terminó demolido. Sobre
sus ruinas se construyó la torre Prado
20, esquina a Cárcel. Nuestro entretenimiento
nocturno era caminar por los portales aledaños
al Paseo del Prado, desde el Malecón hasta
la calle Monte, y desandar el camino hasta la
casa.
El Paseo del Prado era por aquellos años
el lugar más importante y atractivo de
la capital. Allí se celebraba, en tiempos
de carnaval, el desfile de las comparsas habaneras
(El Alacrán, La Jardinera, La Sultana,
Las Boyeras, Guaracheros de Regla, Los Dandys,
y otras), todas con un sello personal que identificaba
a los barrios de la ciudad, al compás de
la conga y el coro de los danzantes. El desfile
concluía frente al Capitolio Nacional,
donde el jurado realizaba su trabajo.
También se celebraban en el Prado las
ferias anuales del libro. Allí la población
compraba libros viejos o nuevos a precios populares,
sin que ninguna institución gubernamental
decidiera lo que se vendía. Cada quiosco
tenía su dueño y numerosas editoriales
privadas, cubanas y extranjeras, exponían
sus títulos.
El Paseo del Prado era en el siglo XVIII una
modesta alameda de extramuros. Con el paso de
los años fue embelleciéndose de
acuerdo a la vitalidad de la economía cubana
de los siglos XIX y XX. Tuvo varios nombres: Paseo
de Isabel II, Paseo de Tacón, Paseo del
Prado, y por último Paseo de Martí.
Allí se levantaban frondosos álamos,
pinos, laureles almendros e iluminadas farolas
que ya no existen. A ambos lados del Paseo se
podía transitar por hermosos portales.
Resaltaban las majestuosas mansiones de diferentes
estilos arquitectónicos. Cines, oficinas,
cafés, restaurantes, tiendas. Hoy, en aquellas
mansiones, convertidas en solares, habitan cientos
de familias en condiciones infrahumanas, con un
ingreso salarial de menos de quince dólares
mensuales.
Los hoteles que en el Prado se levantan son exclusivos
para extranjeros, así como los restaurantes
y las cafeterías que quedan o de reciente
creación. Los cines Negrete y Fausto desaparecieron,
y una buena parte de las edificaciones, inhabitables
y cerradas, sirven de basureros.
Dos tarjas despintadas y carcomidas por el tiempo
llaman la atención. Una, Prado 115 entre
Refugio y Colón, señala que allí
vivió sus últimos años el
sabio naturalista Felipe Poey y Aloy, fallecido
en 1891. En la cuadra siguiente, Prado entre Colón
y Trocadero, otra tarja recuerda que allí
radicaban las oficinas del Partido Ortodoxo, y
que al mando de Fidel Castro se organizaron los
jóvenes de la Generación del Centenario
que asaltaron en 1953 el cuartel Moncada, en Santiago
de Cuba. En la tarja no aparece el nombre del
líder aquel Partido, Eduardo R. Chibás.
La perfumería Prado, en el 159, vende
los perfumes más caros que se fabrican
en el mundo. Tiene a cada lado de sus elegantes
vidrieras una lúgubre ciudadela donde viven
más de treinta núcleos familiares,
uno en cada habitación. Llevan, según
testimonio de varias mujeres que conversaban en
el portal, más de quince años esperando
a que el gobierno le conceda la casa o el apartamento
prometido a cada familia, porque según
el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, estas
residencias, hoy solares considerados inhabitables,
serán demolidas algún día.
El Paseo del Prado, o de Martí, que supo
del progreso de la república, es una triste
copia de su esplendor. Basta con entrar a una
de las ciudadelas que lo rodean para saber cuánto
sufren los cubanos que habitan las desfiguradas
mansiones de ayer.
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