|
POLITICA
Derroteros previsibles
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - El Partido
Socialista Obrero Español (PSOE) ha sido
consecuente en su actitud respecto a Cuba. Su
actual negativa a liderar o sumarse a una política
de presiones como respuesta a la flagrante y sistemática
violación de los derechos humanos en la
isla, subraya un estilo que cobró vigencia
durante el mandato de Felipe González.
En 14 años al frente del ejecutivo español,
González mantuvo cordiales relaciones tanto
a nivel personal, en el caso de Fidel Castro,
como con el resto de la dirigencia cubana.
Aunque hubo periodos de tensiones, nunca la ruptura
se valoró como un hecho probable. Los desencuentros
no pasaron de meros ejercicios retóricos
o expresiones tamizadas con el velo de la diplomacia.
A menudo los analistas esgrimen la vinculación
cultural e histórica entre ambos países.
Cuba fue la última colonia que obtuvo la
independencia de España. Los ibéricos
se negaban a aceptar la pérdida de una
isla donde se habían establecido una gran
cantidad de españoles, quienes fundaron
familias, enraizaron costumbres y forjaron parte
de la identidad nacional.
En 1902 España firmó la capitulación
ante las tropas norteamericanas que intervenían
para sellar una guerra que había dejado
a Cuba devastada, sin recursos, ni potencialidades
humanas para encauzar al país por la senda
del desarrollo.
Esto contribuyó a crear en el imaginario
español una sensación de resentimiento
y rechazo hacia Estados Unidos, a expensas de
un salto cualitativo en la visión del mundo.
Es decir, las libertades ciudadanas, la abolición
de la esclavitud, el desarrollo industrial a gran
escala y otras prácticas que generaban
un progresivo y natural apetito por la obtención
de tierras y recursos extra fronterizos.
Tal enfoque, a pesar de las causas que lo avalan,
no llega a monopolizar el espectro político
español. Una filosofía asentada
en un conservadurismo muy ligado a la derecha
republicana estadounidense, los siglos de distancia
e interpretaciones con basamentos ideológicos
basados en estrategias más eficaces y transparentes
y fuera de cualquier veleidad dialogante, tienen
en el opositor Partido Popular (PP) un representante
que apuesta por una política marcada por
la denuncia, las sanciones y el aislamiento, como
armas para castigar a la dictadura cubana.
Un detalle que sale a relucir en las apasionadas
batallas verbales que ocurren en la Cámara
de Diputados es la existencia de casi 300 reos
políticos y de conciencia, sin que el régimen
de La Habana haga algo significativo para cambiar
la realidad.
Las fuerzas políticas en disputa esgrimen
razones para legitimar su postura. Sin embargo,
todo indica que prevalecerán los conceptos
del PSOE. Las intenciones de abrir una brecha
por medio de conversaciones, acuerdos y créditos,
podrían ofrecer cierta cobertura para el
advenimiento de resultados lejos de la espectacularidad
en cuanto a su alcance.
Si se toman como referentes las declaraciones
de los representantes del poder en Cuba, muy poco
se puede esperar, al menos a corto plazo.
Pudieran ocurrir algunas liberaciones de prisioneros,
traslados que acerquen a los confinados a cárceles
más cercanas a sus lugares de residencia,
pues existen casos donde los sancionados permanecen
a distancias superiores a los 900 kilómetros
de sus casas. Pensar en resultados de mayor trascendencia
es imposible. La voluntad para emplearse a fondo
en la solución de estas cuestiones no es
la que prevalece en la cúpula del poder
totalitario.
Como herencia del anterior gobierno liderado
por el conservador José María Aznar,
está la posición común tomada
por los 25 países que conformaban la Unión
Europea en 1996.
Esto será muy difícil removerlo
porque nada ha cambiado sustancialmente desde
entonces. La negativa del gobierno a iniciar una
apertura hacia la democracia, el acoso y nuevos
encarcelamientos contra los disidentes, la vigencia
de un código penal abusivo, la práctica
de absurdas prohibiciones que recuerdan al apartheid,
son suficientes pruebas que deberían desbancar
cualquier propuesta de derogación.
El aplazamiento de las sanciones diplomáticas
impulsadas también por Aznar en el seno
de la Unión Europea en 2004, como respuesta
al encarcelamiento de 75 disidentes en la primavera
de 2003, podría repetirse, como viene ocurriendo
cada 6 meses a petición del gobierno de
Rodríguez Zapatero.
La visita el pasado mes de abril del canciller
Miguel Ángel Moratinos a La Habana, y la
realización del primer encuentro para tratar
asuntos de derechos humanos con las autoridades
de la isla, tal y como se previó, marca
una pauta en la evolución del diferendo
Cuba- Europa.
Hasta ahora no hay ninguna señal que acredite
pasos que vayan más allá de las
palabras que funcionarios de ambas naciones intercambiaron
a puertas cerradas. Quizás sea muy pronto
para contabilizar éxitos desde el lado
de la disidencia.
Hay quienes aseguran que no habrá nada
o muy poco que festejar. Los más escépticos
van delante en los vaticinios.
La última en manifestar las suspicacias
en público fue la Secretaria de Estado
norteamericana Condolezza Rice, en los primeros
días de junio, durante una visita a Madrid.
España, mientras gobierne el PSOE, marcará
el camino de la política hacia Cuba por
la vía del llamado diálogo constructivo.
Ha logrado unificar los ánimos de sus socios
comunitarios, ha pedido paciencia y un voto de
confianza en su labor por alcanzar al menos el
arranque de la democratización en Cuba.
En septiembre será el próximo contacto,
dentro del marco del sexagésimo segundo
período de la Asamblea General de las Naciones
Unidas. Veremos si las esperanzas de un cambio
florecen o se marchitan. Es atinado pensar que
el estado de derecho en España llegó
después de la muerte de Franco. Parece
que el destino de la isla marcha por un camino
similar.
|