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CULTURA
El
complejo problema de la trova (I)
Aleaga Pesant
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - La Casa
de la Trova de Santiago la vi por primera vez
a principios de los años 70. Era un minúsculo
y humilde lugar, sede de una barbería de
un solo sillón, al costado del hotel Casa
Granda. Allí se reunían los bardos
de todo el país para competir y beber ron
oriental, ante un público deseoso de saborear
música y poesía.
A la trova tradicional llegué de la mano
del amigo Lino Betancourt. El me permitió
conocerla a través de su erudición
y patriotismo. Los especialistas la consideran
un movimiento cultural de finales del siglo XIX,
con su mayor esplendor en la primera mitad del
XX.
José "¨Pepe" Sánchez,
Sindo Garay, Miguel Matamoros y Manuel Corona,
entre otros tantos, son considerados personalidades
relevantes de la cultura nacional. Ellos vagaron,
guitarra bajo el brazo y canciones en el corazón,
por campos, bateyes y pueblos de nuestra ínsula.
No tuvieron apoyo del estado, pero tuvieron libertad
de creación.
Luego de 1959, con la politización de
la cultura a través de las palabras de
Fidel Castro: "Con la revolución todo,
contra la revolución nada", se hizo
todo lo posible para borrar la trova de nuestro
escenario, por decadente y burguesa. En 1968 se
configuró lo que se denominó Movimiento
de la Canción Protesta, más tarde
conocido como Movimiento de la Nueva Trova. Ambos
bajo los auspicios de la Casa de las Américas.
El intento fue, ante todo, un esfuerzo para deslegitimar
la construcción cultural de la nación;
sovietizar nuestra cultura a través del
realismo socialista y para la construcción
del "hombre nuevo". Asuntos de triste
recordación.
A ese cancionero de "hombres nuevos"
pertenecieron Silvio Rodríguez, Pablo Milanes
y Sara González, por citar a los más
conocidos. Sin embargo, con la disolución
de la "Nueva Trova" por orden del Partido
Comunista, hasta esta escuela fue quebrada. Así,
el movimiento hacia el futuro de la expresión
poético musical se sostuvo en manos de
los "cardenales" del Ministerio de Cultura,
y de la Asociación Hermanos Saiz (AHS),
y mantuvo su rigidez, en detrimento de la música,
la poesía y sus cultores.
En ese marasmo sobreviven cuatro tendencias fundamentales
de trovadores, divididos en dos grupos: los artistas
y los artesanos (buscavidas). En el primer grupo
está la contradicción entre los
talentosos trovadores que aún y participando
en las estructuras burocráticas de la UNEAC,
el Instituto de la Música, Artex o la Egrem,
no encuentran un sitio para su obra; y los menos
talentosos, pero afines al régimen, que
participan en las "tribunas abiertas"
y actos públicos.
Si los no afines deben esperar por su suerte,
los "revolucionarios" son promovidos
con giras nacionales o internacionales, beneficiados
con la entrada directa a los estudios de grabación;
así como adquieren la posibilidad de firmar
contratos con disqueras o productores extranjeros.
Recordemos la realización de un disco con
los supuestos poemas del espía Antonio
Guerrero, arreglados e interpretados por un grupo
de trovadores en los estudios musicales de Cienfuegos.
Entre los artesanos están los trovadores
encantados por la posibilidad del dólar,
asociado al boom del turismo internacional que
se dio en la isla luego de los años noventa,
o como forma de salir al exterior. Estos logran
participar de las estructuras del Ministerio del
Turismo, o del acceso a los empresarios que proyectan
esas posibilidades. Mientras que en la otra senda
se encuentran los trovadores callejeros, esos
que salen a ganarse la vida cantando canciones
suyas o ajenas ante el publico mas disímil
(aunque casi siempre, sean extranjeros), y como
callejeros al fin, son perseguidos y reprimidos
por las autoridades.
Estos, con mucho de bohemia, son fáciles
de encontrar en el malecón habanero, en
las cercanías del hotel Riviera o en Santiago
de Cuba, en el parque Dolores.
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