|
La
tragedia de los niños del azúcar
Enrique Patterson, El Nuevo Herald, 05 de junio
de 2007.
Desde sus orígenes la producción
azucarera ha estado rodeada de iniquidad y barbarie,
como una metafórica ecuación que
equiparara la ignominia como un valor directamente
proporcional a la intensidad del dulzor. En el
docudrama Sugar Babies (que se presentará
el 27 de junio en el Grahan Center, FIU, de 2
a 5 p.m.) de la cineasta y antropóloga
cubanoamericana Amy Serrano, apreciamos el relato
documentado hasta el detalle de un caso insólito
de esclavitud moderna a la que están sometidos
los braceros haitianos indocumentados que trabajan
en la zafra azucarera dominicana.
Los haitianos son reclutados por una red de traficantes
activos a lo largo de la geografía haitiana
y luego introducidos en RD ''ilegalmente'', pero
con la complicidad de las más altas autoridades
migratorias y de otras instancias del gobierno,
como puede verse en los testimonios que van desde
traficantes, soldados, oficiales y guardias fronterizos,
hasta altos funcionarios de inmigración
del país. Luego, a escondidas, son distribuidos
en los bateyes, de acuerdo a necesidades previamente
establecidas por los ingenios azucareros pertenecientes
a la familia Vicini y a los Fanjul, sí,
nuestros compatriotas y millonarios vecinos del
sur de la Florida, según narra el documental.
Las condiciones de vida en los bateyes son espeluznantes,
comparables a barracones o chozas inmundas del
siglo XIX. El pago, más que salario, una
estafa que no alcanza para garantizar una comida
digna al día, y donde los niños
muchas veces desayunan con la caña que
sus padres cortan en los campos. La condición
de indocumentados impide a los trabajadores salir
del territorio del batey, el único lugar
donde --sospechosamente-- las autoridades dominicanas
no van a chequear su status migratorio ni a amenazarlos
con la deportación.
La satisfacción de sus necesidades se
da en las tiendas del batey, donde todo es más
caro; allí los indocumentados se endeudan
y permanecen atrapados en ese círculo vicioso.
El batey es un territorio físico y legal
alternativo bajo la jurisdicción de los
ingenios, diseñado o conformado en la práctica
sólo para los haitianos. Desde el siglo
XX conocemos el nombre de semejante sistema, el
apartheid.
El filme nos muestra estampas goyescas: niños
y ancianos hambrientos, viviendo en pocilgas,
cundidos de enfermedades en su mayoría
de fácil tratamiento, sarna, tuberculosis,
parásitos; pero lo peor --y es el superobjetivo
que Amy Serrano se propone en su trabajo-- es
la condición de vida y el futuro de los
niños, muchos de los cuales trabajan en
la siembra y otros en el corte de caña
desde los ocho años de edad.
De acuerdo con la Constitución dominicana,
toda persona nacida en el país tiene derecho
a la ciudadanía. Sin embargo, los hijos
de los haitianos indocumentados nacidos en RD
carecen de ella. La ausencia de documentos de
identidad les confisca para siempre de los instrumentos
de movilidad social que portan, incluso, los dominicanos
de la condición económica más
baja; no acceden completamente al sistema de educación,
precariamente a las escuelas de los bateyes --cuando
las hay-- donde no pueden estudiar más
allá del cuarto grado. El futuro de esos
niños se circunscribe a la ''ciudadanía''
del batey, asegurando el futuro de la fuerza de
trabajo de los ingenios azucareros. Crecen así
como ilegales en el país que por derecho
y naturaleza les es propio, como ''niños
del azúcar'', ciudadanos de ningún
país.
Sería muy fácil para el gobierno
dominicano reclutar a los trabajadores haitianos
con visas de trabajo temporal y hacerlos entrar
legalmente. Al parecer, lo mismo a la industria
azucarera como al gobierno les interesa que entren
como indocumentados (a un promedio de 30,000 anuales
según algunos estimados), algo que le permite
a la industria azucarera someterlos a una extrema
explotación sin que puedan reclamar nada,
precisamente por su condición de ilegales
que tienen sobre sus cabezas la espada de Damocles
de la deportación.
Ahora, que hay un Tratado de Libre Comercio entre
EEUU y la República Dominicana, es el momento
de poner la lupa de la legislación y de
nuestros valores democráticos al hecho
de que estamos endulzando nuestros alimentos (de
cada tres cucharadas de azúcar que consumimos
dos son producidas por los Fanjul) con el producto
del trabajo infantil y una esclavitud cuyo disfraz
de trabajo bajo contrato no convence.
La industria azucarera se beneficia de subsidios
que provienen de nuestros impuestos y, con el
advenimiento del etanol, algo que considero positivo
lo mismo para la economía dominicana como
para la haitiana, no es permisible que también
comencemos a usar combustible producto del trabajo
infantil y esclavo. El trabajo de Amy Serrano
me hace sentir orgulloso de una generación
de jóvenes cubanoamericanos que han comprendido
que el problema cubano --la generalizada esclavitud--
tiene sus orígenes en la práctica
y la ideología esclavista de la plantación
que, como una hidra, saca sus cabezas en cualquiera
de nuestros países ayudada por la desidia
y miopía de muchas de nuestras elites económicas
y políticas, ayudando con ello a legitimar
los falsos discursos de soberanía y justicia
de los dictadores populistas de turno.
|