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SALUD
PUBLICA
Elogio de la locura
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - No me gusta
visitar los hospitales, pero he tenido que hacerlo
decenas de veces y hasta quedarme acompañando
a un hijo o un amigo. Nuestros hospitales son
deprimentes. Conozco el Calixto García,
el William Soler y otros con nombres de patriotas
ajenos a la medicina, pero evocados por sus denominaciones
originales: Benéfica, Covadonga, Dependiente,
Balear, Aballí, Fátima; todos en
La Habana. Cada uno es un espectro del pasado,
espejos de la ineficacia estatal y de la irresponsabilidad
individual en el sector de la salud.
Si de hospitales se trata, prefiero los manicomios.
En estos, el personal es más estable. Los
locos entran para quedarse y morir en sus predios,
a excepción de las salas transitorias de
psiquiatría de los hospitales más
importantes, incluido el tristemente célebre
Mazorra, donde también existen salas para
drogadictos, alcohólicos y otros viciosos,
quienes retornan a sus hogares, bares y fumaderos
una vez restablecidos. Hasta el Pibe de oro, Diego
Armando Maradona, estuvo ingresado en ese infiernillo
y regresó a sus alucinaciones en Buenos
Aires.
He pasado por Mazorra decenas de veces, pero
no he tenido que entrar; aún no necesito
tratamiento. Visito, sin embargo, a un amigo de
la infancia que perdió la razón
y permanece en el hospital psiquiátrico
Sorhegui, ubicado a la entrada del Cotorro, a
17 kilómetros de La Habana.
Mi amigo es uno de los locos más ingenuos
que he conocido. Fue un infante terrible: se fugaba
de la escuela, hacia travesuras inconfesables,
pero no perdía ni en el juego de las bolas.
Los muchachos del barrio lo dejábamos ganar
para que no nos rompiera la cabeza. Le gustaban
los caballos, el mar y la pintura. Soñaba
con ser general, pero cuando lo citaron al Servicio
Militar Obligatorio se negó rotundamente.
En la cárcel aprendió a jugar ajedrez,
hacer sortijas y dibujar juegos de cartas para
fumar y sobrevivir sin cortar caña. Cuando
lo visité en la prisión pinareña
de Taco Taco ya convivía con los delirios.
Doce años de encierro fueron demasiado
para un joven huérfano de espíritu
libertario.
Salió sin tratamiento. Huía de
los policías. No tomaba pastillas. Deambulaba
sucio y hambriento sin pedir nada, pues pensaba
que todo estaba contaminado. Algunos familiares
lograron su ingreso permanente. Desde entonces
habita entre zombis alucinados. No es ni la sombra
de lo que fue, pero quiere vivir cien años,
sin percatarse que a los cincuenta aparenta setenta.
Mi amigo es uno de los pacientes menos trastornados
dentro de esa compañía de fantasmas
que sólo sueñan con la comida, mientras
toman las pastillas, fuman y esperan la visita
de fin de semana. Muchos de estos seres agónicos
han sido abandonados por sus familiares. Los testigos
de la medianoche son cada vez menos compasivos.
Al visitar a Peter en el hospital Sorhegui he
tenido que acopiar paciencia y serenidad. Tuve
que darme auto terapia para no pensar en tantos
desastres personales. Allí el tiempo detenido
es todo el tiempo. Cada paciente es una biografía
perdida, una historia sin futuro, una vida rota
que taladra nuestra sensibilidad.
Entre delirios y alucinaciones vive un joven
de Bauta. Tiene 20 años y pregunta incesantemente
por las hormigas, los sables, las pistolas y los
autos de carreras. Se faja con quienes no saben
responderle cuando llegará el padre a sacarlo
de pase. La familia le reduce las visitas a la
casa, pues maltrata a su tía y se come
todo lo que encuentra.
El caso de Ariel es peor. Es un joven blanco
que alterna la lectura de la Biblia con el asalto
a las porteñuelas. Golpea a los que no
quieren "hacerle el favor". Dice que
en la cárcel -su lugar de origen- todos
lo complacían. Las escenas lujuriosas de
Ariel y sus broncas habituales posibilitaron su
traslado a Mazorra, donde debe encontrarse con
Eliseo, otro violento "cazador" enviado
a las celdas de rigor creadas por el doctor Ordaz,
ex patriarca del gran manicomio habanero.
Entre los fantoches alucinados que convierten
el apacible hospital Sorhegui en un pequeño
infierno, encontramos también a Chapotin,
trompetista sin trompeta ni voz para el son. Como
Peter, Ariel y Eliseo, procede de la cárcel,
pero no usa la violencia en sus orgías
eróticas.
Estos casos, y el del amigo infeliz que me hizo
conocerlos, me hacen recordar el Ensayo de la
ceguera de José Saramago. Al igual que
los ciegos, los locos aprovechan las circunstancias
que habitan. La realidad supera a la ficción.
En un ángulo paralelo están los
especialistas y los trabajadores del pequeño
manicomio. El doctor Martínez conserva
la batuta desde hace quince años. Es un
gran profesional con fama de mujeriego. Otro médico
excelente ejerce como clínico y sustituye
a veces al equilibrado Martínez. Solo una
psiquiatra ampara al rebaño contra los
genes de la locura. Enfermeros y asistentes, cocineros,
custodios y hasta un jardinero atienden a 200
enajenados, divididos en salas tan "confortables"
como las de los hospitales mencionados.
Cada vez que visito ese entorno de desatino,
pienso en los grandes locos y en los creadores
que recorren los bordes de la locura, pero evaden
la danza de las alucinaciones. Recuerdo ahora
el cuento de Virgilio Piñera sobre el hospital
nacional. La parodia del Maestro anuncia la involución
de nuestros hospitales y constituye un elogio
a la locura.
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