PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 4, 2007

SALUD PUBLICA
Elogio de la locura

Miguel Iturria Savón

LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - No me gusta visitar los hospitales, pero he tenido que hacerlo decenas de veces y hasta quedarme acompañando a un hijo o un amigo. Nuestros hospitales son deprimentes. Conozco el Calixto García, el William Soler y otros con nombres de patriotas ajenos a la medicina, pero evocados por sus denominaciones originales: Benéfica, Covadonga, Dependiente, Balear, Aballí, Fátima; todos en La Habana. Cada uno es un espectro del pasado, espejos de la ineficacia estatal y de la irresponsabilidad individual en el sector de la salud.

Si de hospitales se trata, prefiero los manicomios. En estos, el personal es más estable. Los locos entran para quedarse y morir en sus predios, a excepción de las salas transitorias de psiquiatría de los hospitales más importantes, incluido el tristemente célebre Mazorra, donde también existen salas para drogadictos, alcohólicos y otros viciosos, quienes retornan a sus hogares, bares y fumaderos una vez restablecidos. Hasta el Pibe de oro, Diego Armando Maradona, estuvo ingresado en ese infiernillo y regresó a sus alucinaciones en Buenos Aires.

He pasado por Mazorra decenas de veces, pero no he tenido que entrar; aún no necesito tratamiento. Visito, sin embargo, a un amigo de la infancia que perdió la razón y permanece en el hospital psiquiátrico Sorhegui, ubicado a la entrada del Cotorro, a 17 kilómetros de La Habana.

Mi amigo es uno de los locos más ingenuos que he conocido. Fue un infante terrible: se fugaba de la escuela, hacia travesuras inconfesables, pero no perdía ni en el juego de las bolas. Los muchachos del barrio lo dejábamos ganar para que no nos rompiera la cabeza. Le gustaban los caballos, el mar y la pintura. Soñaba con ser general, pero cuando lo citaron al Servicio Militar Obligatorio se negó rotundamente. En la cárcel aprendió a jugar ajedrez, hacer sortijas y dibujar juegos de cartas para fumar y sobrevivir sin cortar caña. Cuando lo visité en la prisión pinareña de Taco Taco ya convivía con los delirios. Doce años de encierro fueron demasiado para un joven huérfano de espíritu libertario.

Salió sin tratamiento. Huía de los policías. No tomaba pastillas. Deambulaba sucio y hambriento sin pedir nada, pues pensaba que todo estaba contaminado. Algunos familiares lograron su ingreso permanente. Desde entonces habita entre zombis alucinados. No es ni la sombra de lo que fue, pero quiere vivir cien años, sin percatarse que a los cincuenta aparenta setenta.

Mi amigo es uno de los pacientes menos trastornados dentro de esa compañía de fantasmas que sólo sueñan con la comida, mientras toman las pastillas, fuman y esperan la visita de fin de semana. Muchos de estos seres agónicos han sido abandonados por sus familiares. Los testigos de la medianoche son cada vez menos compasivos.

Al visitar a Peter en el hospital Sorhegui he tenido que acopiar paciencia y serenidad. Tuve que darme auto terapia para no pensar en tantos desastres personales. Allí el tiempo detenido es todo el tiempo. Cada paciente es una biografía perdida, una historia sin futuro, una vida rota que taladra nuestra sensibilidad.

Entre delirios y alucinaciones vive un joven de Bauta. Tiene 20 años y pregunta incesantemente por las hormigas, los sables, las pistolas y los autos de carreras. Se faja con quienes no saben responderle cuando llegará el padre a sacarlo de pase. La familia le reduce las visitas a la casa, pues maltrata a su tía y se come todo lo que encuentra.

El caso de Ariel es peor. Es un joven blanco que alterna la lectura de la Biblia con el asalto a las porteñuelas. Golpea a los que no quieren "hacerle el favor". Dice que en la cárcel -su lugar de origen- todos lo complacían. Las escenas lujuriosas de Ariel y sus broncas habituales posibilitaron su traslado a Mazorra, donde debe encontrarse con Eliseo, otro violento "cazador" enviado a las celdas de rigor creadas por el doctor Ordaz, ex patriarca del gran manicomio habanero.

Entre los fantoches alucinados que convierten el apacible hospital Sorhegui en un pequeño infierno, encontramos también a Chapotin, trompetista sin trompeta ni voz para el son. Como Peter, Ariel y Eliseo, procede de la cárcel, pero no usa la violencia en sus orgías eróticas.

Estos casos, y el del amigo infeliz que me hizo conocerlos, me hacen recordar el Ensayo de la ceguera de José Saramago. Al igual que los ciegos, los locos aprovechan las circunstancias que habitan. La realidad supera a la ficción.

En un ángulo paralelo están los especialistas y los trabajadores del pequeño manicomio. El doctor Martínez conserva la batuta desde hace quince años. Es un gran profesional con fama de mujeriego. Otro médico excelente ejerce como clínico y sustituye a veces al equilibrado Martínez. Solo una psiquiatra ampara al rebaño contra los genes de la locura. Enfermeros y asistentes, cocineros, custodios y hasta un jardinero atienden a 200 enajenados, divididos en salas tan "confortables" como las de los hospitales mencionados.

Cada vez que visito ese entorno de desatino, pienso en los grandes locos y en los creadores que recorren los bordes de la locura, pero evaden la danza de las alucinaciones. Recuerdo ahora el cuento de Virgilio Piñera sobre el hospital nacional. La parodia del Maestro anuncia la involución de nuestros hospitales y constituye un elogio a la locura.


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