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Esperando
a Godot
Miguel Cossio, El Nuevo Herald,
31 de julio de 2007.
Con la seguridad que brindan los mil 947 kilómetros
con 53 metros que separan la plaza Ignacio Agramonte,
de Camagüey, Cuba, de la Casa Blanca, en
Washington, D.C., Raúl Castro preguntó
hace cinco días a George W. Bush cómo
piensa impedir que él herede el poder al
que por eufemismo llamó "continuidad
de la revolución cubana''.
La respuesta es sencilla: si cumple su parte
en materia de control migratorio, nadie en Washington
moverá un dedo para desestabilizar su régimen,
más allá de las medidas adoptadas
por el actual gobierno norteamericano.
Por lo demás, Cuba para Estados Unidos
es un asunto de política marginal. Un país
cada vez más pobre, gobernado por militares
y burócratas cada vez más corruptos.
Una vecina isla que no figura en el radar de las
prioridades estratégicas y los intereses
nacionales estadounidenses.
Al cumplirse un año desde que el Castro
Light, como apodó Tom Casey a Raúl,
plantó las posaderas en el trono de su
hermano, la pregunta parece salida de una escena
del teatro del absurdo, donde los personajes hablan
de sus conflictos como si estuvieran en un cuento
de hadas, mientras la realidad los envuelve con
todo su dramatismo sin que ellos se percaten.
Este parece ser nuestro caso. En ambos lados
del estrecho de la Florida, seguimos esperando
a nuestro Godot. Hoy no, pero mañana seguro
que sí, apostamos. Un año transcurrió
y sin embargo nada cambió.
Aquí y allá somos como Didi y Estragón,
los dos vagabundos de la obra de Samuel Beckett
que en vano esperan a un tal Godot, que no aparece
y que para nosotros significaría la desaparición
de los Castro y la transición a la democracia
en Cuba.
Por supuesto, las escenas más feas de
esta tragedia de la vida real las sufren todos
los días, en carne y hueso, nuestros compatriotas
en la isla, para quienes la transición
se reduce al pomito extra de puré de tomate
por la libreta con que el castrismo premia su
resistencia y simula que les mitiga el hambre
cada 26 de julio o 1ro de enero.
Más ajustes al cinturón ya sin
huecos, más sacrificios, más cucharadas
amargas de período especial, eso dice Raúl
con la promesa falsa de que algún día
el país entrará al pa-
raíso socialista. Una propuesta similar
a la que describió magistralmente hace
casi 40 años el poeta Heberto Padilla en
su poema En tiempos difíciles (del libro
Fuera del juego):
"A aquel hombre le pidieron su tiempo...
Le pidieron las manos... Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lágrimas... Le
pidieron sus labios resecos y cuarteados... Le
pidieron las piernas... el pecho, el corazón...
Le dijeron que eso era estrictamente necesario...
Le explicaron que toda esta donación era
inútil sin entregar la lengua... Y finalmente
le rogaron que, por favor, echase a andar, porque
en tiempos difíciles ésta es, sin
duda, la prueba decisiva''.
Y todavía en esta orilla hay agoreros
que predicen que los ''cambios estructurales''
anunciados para las calendas griegas por el Castro
Light traerán alivio a las empobrecidas
masas, como si se tratara de una solución
mágica calcada de los modelos chino o vietnamita.
Unos apuestan por tal bálsamo maldito,
que lejos de curar quema el tejido social de una
isla degradada a puro esqueleto. Otros, los más
cegatos, esperan por la voluntad de la intervención
divina de Washington. Mientras la sucesión
raulista en Cuba continúa su marcha de
consolidación y el tedio y el desprecio
por la vida humana siguen siendo la llave maestra
de control.
¡Qué! ¿Nos vamos?, pregunta
Didi a Estragón al final de la obra de
Be-
ckett. Sí, nos vamos, responde éste.
Pero ninguno de los dos se mueve. Siguen esperando
a Godot.
Hoy no vendrá Godot, pero mañana
seguro que sí.
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