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CULTURA
Poemas
y profecías
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - julio (www.cubanet.org) - La
poesía es un animal noble. Dócil
a la mirada de sus fieles lectores. No usa bozales
ni colmillos. Sólo un traje de bondad y
la eterna invitación a un paseo por mundos
con otros matices, con otras alegorías
ajenas a las opacidades y a los desiertos.
Un poema alumbra según el voltaje de su
artesano. Aclara tormentas, desentume las alas
para propiciar un vuelo por la estratosfera, despereza
el alma, se lleva el dolor de los días
amargos con una brisa que trae el perfume de la
esperanza.
La ilegitimidad, para un poeta, es el anuncio
de su muerte. De los contubernios que sirven de
hilo para hilvanar traiciones e infamias salen
las camisas de fuerza. Esos aditamentos tan lejos
de la lírica y de los versos y que trazan
unas sombras con el grosor de las que podrían
existir ahora en una celda de castigo.
Por eso hay poetas mínimos, nublosos.
Gentes con capacidad para convertir la brillantez
intelectual y creativa en peldaños de una
escalera por donde suben personajes que miran
la poesía con desconfianza. Son las piezas
del poder real, los hombres que dijeron que la
libertad de expresión era un demonio rapaz.
La condenaron a la pena máxima y hubo un
entierro pleno de pompa, cantos de lechuzas y
el dinámico aleteo de una bandada de buitres.
Ser poeta y a la vez comisario es la manera más
infeliz de sobrevivir. De esa dualidad pueden
salir buenos poemas, pero no la autenticidad que
se requiere para acceder a sitios más allá
del arte. Ser creíble y consecuente con
aspectos relacionados con las libertades fundamentales,
constituyen dos parámetros que el talento
puede salvar a última hora. No obstante,
la pureza desde el fondo se nota turbia e insignificante.
La gravedad no está en el ejercicio de
ambas funciones, lo trascendente es la valentía
para desembarazarse de compromisos y prebendas.
Romper alianzas impuras, decirle no a los verdugos
de la pluralidad, entablar un diálogo íntimo
con otra estética donde no haya transacciones
bajo el ruido del grillete, el cepo, o la buena
vida. Tres instancias que explican las pocas herejías
dentro de la religión del partido único.
Miguel Barnet, desde Colombia, abrió el
diapasón de su obra poética. Aparte
de los versos puso en perspectiva una filosofía
que disfruta sobremanera. Ha defendido, como suele
hacer regularmente, el socialismo que rige en
Cuba por casi medio siglo.
Lo humaniza, le endosa un tropel de adjetivos
con los cuales recrea un modelo a envidiar por
los anfitriones. Su amor por la revolución
borra las imágenes que faltan en su obra.
No hay alusiones a las tragedias existenciales
de decenas de miles de sus coterráneos,
a la pérdida de valores, al desamor que
avanza a la misma velocidad de la decadencia,
al destino incierto y a la marginación
de los que se atreven a darle cobertura a unos
pensamientos que retratan los espantos y las miserias
de cada día.
Barnet profetiza que nada, en esencia, cambiará
en Cuba. Asegura que el socialismo puede ser mejorado,
no destruido, y defiende a ultranza el modelo
que codifica la irracional medida de encarcelar
a los que disienten, incluso a los poetas.
Ha dicho que la dictadura que existe en la isla
es la dictadura del espíritu y la de la
solidaridad. Intenta suavizar los fundamentalismos
que anidan en decretos y leyes. Oculta el país
real, lanza un paño para cubrir los abusos
y el instinto felino de los regidores de una nación
transformada en feudo. Como un poeta se rinde
a la imaginación, apunta a algún
sitio privilegiado donde las palabras son mansas
gaviotas. Acciona el gatillo y yerra el tiro.
Barnet tiene poder para romper la magia del crepúsculo,
le sobran los tonos grises a su vocabulario de
amanuense. Mata, una vez más, las tentativas
de adentrarse en su territorio poético.
Aunque lo hayan escuchado recientemente en el
XVII Festival de Poesía de Medellín,
sigue siendo un comisario, un hombre que dispara
mentiras con acierto. Sin dudas, un soldado al
servicio de una revolución que le sirve
de bunker. Un escribano que siembra bilis y tempestades.
De esas semillas no brota la poesía.
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