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El
marabú del exilio
Alejandro Armengol, El Nuevo Herald,
30 de julio de 2007.
En su discurso por un nuevo aniversario del asalto
al Cuartel Moncada, el gobernante interino de
Cuba, Raúl Castro, hizo una descripción
realista, por momentos casi desoladora, de las
dificultades económicas y sociales por
las que atraviesa la isla. Me pregunto cuándo,
aquí en el exilio, vamos a iniciar un análisis,
con igual o mayor rigor, sobre el papel político
de una comunidad que ha quedado rezagada mientras
contempla inerte una sucesión que culmina
y una transición que comienza.
Si los campos de la provincia de Camagüey
se ven hoy invadidos por el marabú, un
arbusto espinoso que siempre ha constituido una
plaga vegetal que brota fértil en la tierra
cubana abandonada, igual mezcla de resistencia
e inutilidad se encuentra en la actitud de quienes
han envejecido con la ilusión de llevar
a La Habana sus aspiraciones pasadas de moda.
Esos que, perdidos en la soberbia y el desprecio,
pasaron por alto todas las oportunidades de jugar
un papel más eficaz en el futuro cubano.
Los farsantes de la radio, los demagogos del Congreso
y los aprovechados de las diversas organizaciones
de divulgación y ayuda de ''la causa cubana'',
siempre empeñados en la retórica
antigua y el afán perenne de engrandecer
tonterías.
En el año transcurrido desde que Fidel
Castro cedió temporalmente el poder a su
hermano Raúl, el conjunto diverso de los
más variados líderes del exilio,
legisladores cubanoamericanos y supuestos expertos
y comentaristas de la prensa radial y escrita
demostraron como nunca antes su ignorancia sobre
lo que ocurre en Cuba. Ante el aparente estancamiento
que caracterizó a una sucesión silenciosa
aunque visible, las respuestas fueron desde el
optimismo incontrolable a los preparativos para
formar gobierno. No se desperdició tribuna
alguna en que exponer puntos de vista, brindar
cifras, recordar experiencias a veces muy lejanas
y fraguar proyectos. Doce meses vividos con la
intensidad y el aplomo de no olvidar la celebración
de reuniones periódicas, aprovechando la
abundancia de restaurantes regados por el mundo,
en las cuales siempre se enfatizó la necesidad
de la justicia antes de llegar los postres.
Tanto gasto de tiempo y recursos no impidió
un error importante: el apostar al fin de Fidel
Castro. La realidad se ha empeñado en recorrer
otros rumbos. Negarse a verla es vivir en una
ilusión permanente. Intentar exponerla
es arriesgarse a ser calificado con adjetivos
poco sutiles, de amargado a procastrista. No sumarse
al coro de los simuladores es desperdiciar un
medio lucrativo y fácil, que permite vender
mentiras bajo un disfraz patriótico y comunitario.
Sin embargo, ningún insulto, premio al
mentiroso o derroche de gloria local al equivocado
servirá de freno.
Por supuesto que cuando la muerte de Castro ocurra
será noticia mundial. No hay que subestimar
el hecho y tampoco echar a un lado las repercusiones
que tendrá en el comportamiento y las expectativas
de quienes viven en la Isla. Pero nada de esto
debe impedir analizar que en Cuba está
en marcha un proceso de consolidación acelerada
de un nuevo gobierno, con cambios paulatinos que
se llevan a cabo con la mayor discreción
posible y en escala reducida, en medio de estancamientos
que más de una vez han puesto en duda sus
etapas, sin por ello eludir por completo una necesidad
--y lo que es más importante, una voluntad--
de efectuarlas.
Ante todo, ha faltado en Miami una valoración
realista de lo que Raúl Castro no quiere
cambiar, para a partir de ahí tratar de
ver las posibilidades que existen de influir o
participar en un proceso de transformación
que se define lento y prolongado. Esta actitud
negativa ha respondido al temor de perder el poder
político y el control de la imagen de la
comunidad exiliada. Ese es el miedo que tiene
el sector que ha monopolizado ambas funciones
durante décadas.
Las alternativas han sido dos. Hacer un análisis
de la situación en la isla, que inevitablemente
lleva a un replanteamiento del papel del exilio,
o resignarse a un aislamiento aún mayor.
Al cabo de un año, está claro que
se ha preferido la segunda. La ciudad convertida
en otra isla, donde un grupo de ''personalidades''
cuenta los días que le quedan al último
gobernante afín a sus intereses. Para ellos,
la salida de George W. Bush de la Casa Blanca
marca el fin de una era. No importa quien venga
después, si demócrata o republicano.
No resultará igual de fácil secuestrar
la política nacional hacia Cuba y reducirla
a una agenda tan estrecha.
El ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
(FAR) no va a abandonar el modelo socialista,
sino todo lo contrario: buscará fortalecerlo.
La superestructura ideológica se mantendrá
sin cambios. Esto quiere decir que el discurso
político continuará siendo antiimperialista,
comunista y cerrado al reconocimiento de las libertades
individuales y los derechos humanos y ciudadanos
típicos de las democracias occidentales.
Raúl va a intentar que el socialismo funcione.
Que lo logre es otra cosa.
Hay dos aspectos importantes del discurso de
Raúl Castro que Miami no debería
pasar por alto. Uno es el reconocer que la situación
en la isla aún es propia del llamado ''Período
Especial''. Este reconocimiento le servirá
para justificar cualquier reforma económica
que intente llevar a cabo. Otra es la voluntad
de dialogar con la próxima administración
norteamericana. Nada espera, nada intentará
Cuba con el actual gobierno estadounidense, salvo
que se produzca una crisis. Para el exilio, ambos
puntos pueden sintetizarse en dos posiciones:
aislamiento o reformismo. Mientras tanto, que
disfrute el llamado exilio de ''línea dura''
los meses que restan de Bush en la Casa Blanca.
Luego sólo le quedará la nostalgia.
aarmengol@herald.com
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