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SOCIEDAD
La Habana
Yosvani Anzardo Hernández, Jóvenes
sin Censura
HOLGUÍN, julio (www.cubanet.org) - "Visitar
la capital es una acción de pezones paraos",
dice Mireya, trigueña de ojos fieros que
te para las intenciones con la mirada, con la
facilidad con que la muralla del honor enfría
los bajos instintos. Para ella tal vez fue excitante,
aunque asegura no tener nada nuevo que decir del
viaje, pues esas odiseas ya se conocen. No obstante,
aprendió mucho sobre la realidad de su
país.
No es la primera vez que Mireya visita la capital.
En verdad ella nació allá. Luego
el padre se mudo para Holguín provisionalmente
por cuestiones de trabajo, pero aquí lo
provisional es permanente. Provisionalmente se
quedaron a vivir y luego el viejo murió,
y eso sí que no es provisional. En fin,
a la joven le gusta la ciudad porque hay muchos
lugares donde se puede divertir.
Si tienes dinero es fabulosa la ciudad. Vas a
buenos restaurantes y hasta a lugares exclusivos;
y si no tienes, no pasa nada. Con una botella
no importa de qué, pasas la noche en el
malecón. Además, si vives en la
ciudad te mueves en bici-taxis, pero debes acordar
previamente los precios, o si no, te clavan los
colmillos por confiado.
Pero esta vez fue distinto. Siempre vio la ciudad
bella. De pronto, ¡que casualidad!
-¡Luisito! ¿Tú aquí
y manejando un bici taxi?
Él también es holguinero, le contó
su historia y por arte de magia apareció
la otra ciudad ante sus ojos. Por primera vez
le dolieron las ruinas de siempre, los escombros
y los vertederos, las aguas albañales corriendo
por las calles como arroyos fétidos nacidos
en las entrañas de la gente; las aguas
blancas goteando en las esquinas; las señoras
negras recogiendo latas en el malecón;
los negros esperando a que termines tu cerveza
para llevarse la botella vacía, los blancos
que se mueven en autos de chapa blanca, siempre
concentrados, descaradamente importantes.
Luis le contó:
-Duermo en un gavetero. Son casas que tienen
empotradas en las paredes camas de hormigón
armado, se alquilan por ocho horas, nos lavan
la ropa y hasta se puede comer, si pagas. También
dejamos nuestras pertenencias que siempre son
pocas. Es una solución para nosotros los
orientales mientras estamos aquí y ganamos
algo para mandarle una tierrita a la familia.
Y oye, rodamos más que la romana del diablo,
¡pero vivimos, coño!, y no nos dejamos
morir. A veces, de vez en cuando, la desesperación
puede más.
Mireya aprendió tantas cosas que prefiere
no contarlas. Luego decidió no sufrir el
regreso. Viajaría en avión, aunque
el pasaje cuesta casi lo mismo que un sueldo básico.
En el aeropuerto internacional José Martí
quiso ir al baño. A la mujer que cobra
la entrada le dio un peso. La "compañera"
le gritó
-¡Por allá!
Le señaló de mala gana el sitio.
No había que entrar para saber que aquello
inspiraba respeto por la suciedad. Entonces le
dio 25 centavos de dólar. La mujer la miró
más amigablemente. Le entregó una
servilleta y le indicó con la mano el baño
de al lado, limpio y oloroso.
Mireya comprendió de pronto lo que mis
hijos ya saben. Para ellos la moneda nacional
es el dinero de comprar maní. El CUC es
el de la tienda, y otorga poderes impresionantes.
Mis monedas no valen porque son el fruto de mi
trabajo, las del estado sí porque también
son el fruto de mi trabajo. Al final las dos monedas
son del gobierno. Nuestra es sólo la esperanza.
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