PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 26, 2007

CULTURA
Nelson

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - El 19 de julio, Nelson Rodríguez Leyva hubiera cumplido-¡quien lo diría!- 64 años. Siete años antes de que lo fusilaran por intentar desviar una avioneta de fumigación, Ediciones R había publicado su libro de cuentos, "El regalo".

Lo primero que supe de "El regalo" fue a través de Reinaldo Arenas. Lo leí en "Antes que anochezca", muchos años después de la muerte de Nelson. No estaba seguro de que el libro existiera porque la Tétrica Mofeta era bastante exagerada y chismosa.

Creo que Nelson me habló del libro alguna vez (¿el día en que nos conocimos?) en casa de Waldo, el pintor, o alguna tarde en la playa de Marianao. Lo más probable es que no le haya hecho caso. Muchos soñábamos con escribir libros y que los publicaran, no sabíamos cuándo, cómo ni dónde.

Es triste recordar ese tiempo. Todo cambiaba muy rápido y siempre para peor. Dabas media vuelta y desaparecía un rostro amigo, se cerraba otra puerta y había una prohibición más.

Recuerdo, además del rock prodigioso que oíamos, que teníamos mucho miedo. Miedo a que nos delataran al G-2, a que nos encerraran en Villa Maristas o Mazorra, que nos jodieran la mente con los electros-shocks (había que ser loco para no estar fervientemente con la revolución). Miedo de que confiscaran nuestros escritos y nunca llegaran a ser libros.

Nuestros temores no eran infundados. Todo lo que había escrito Nelson se lo llevó la Seguridad del Estado. Varios centenares de ejemplares de "El regalo" fueron retirados de las librerías y destruidos.

Pero resulta que casi 43 años después de su publicación y 36 después de la descarga del pelotón de fusilamiento -que se confundió con el cañonazo de las 9 y por eso no creímos que lo mataron, seguimos sin creerlo- tengo su libro de relatos en las manos.

¿Qué decir del libro de un amigo muerto para que no parezca un cumplido o suene demasiado sentimental? ¿Busco influencias de Franz Kafka o Karel Capeck? ¿De Piñera o de Cortázar?

Decididamente, la influencia es de Piñera. Virgilio sin miedo a confesar que sentía miedo frente a los mandarines con boina y pistola en una biblioteca que abría la puerta a cualquiera de los círculos del infierno.

Virgilio Piñera, proscrito. Con un paraguas negro en una mano y una jaba hecha de saco de yute en la otra (por si algo aparecía). Bajándose de la 68 y atravesando el portal, sombreado por las matas de mango de la casa (que fuera de Juan Gualberto Gómez) del pintor Johnny Ibáñez.

En los cuentos de "El regalo", Nelson Rodríguez se dio el lujo de ser Dios y de ser él. Dos a un tiempo y completo en cada parte. Como San Agustín. Casi al borde de la esquizofrenia, el mejor de los estados para escribir cuentos.

Son cuentos del hombre, universal, vulnerable y desnudo. Ajeno a qué era dentro o fuera de la revolución. ¿Qué importaba? Ya lo sospechábamos, ahora estamos convencidos -las ilusiones se fueron sin dejar dirección: esta revolución se fue a bolina.

No valía la pena esforzarse, pero Nelson no sabía de límites. ¿Qué hacía con una granada en aquel puñetero avión? Era tarde para llegar a París o San Francisco. ¿Por qué tanto apuro? Ya no había tiempo. La fiesta empezó y terminó antes que llegáramos. Para nosotros, siempre fue tarde.

Cuando fusilaron a Nelson acababa de cumplir 27 años. Ahora tendría 64 y muchos libros escritos. El paredón le ahorró verse tan viejo como son hoy nuestros adorados Mick Jagger o Paul Mc Cartney. Le evitó también el dolor de estar exilado. O lo que es peor aún: domado y aplaudiendo, con los escribas medrosos y dóciles, en una mesa de la UNEAC.

El mundo cambió, pero no como soñábamos. Nelson no se perdió nada bueno. Cuba, a pesar del derrumbe soviético y de Internet, sigue en una galaxia verde oliva y cerrada. Ahora la ronda un cortejo de buitres danzantes. Todo es lo mismo de siempre. Y nosotros aquí: minerales sin suerte, olvidados por Dios y los relojes.

Tal vez por eso no importa tanto si leí "El regalo" ayer o hace 30 y tantos años. Si Nelson me habló de él en casa de Waldo, en la playa, o me enteré por Reinaldo Arenas y pensé que era otro de sus regios infundios. ¡Qué más da!

Al fin lo leí y volví a oír hablar a Nelson (la WQAM, de fondo, con ruido). Les aseguro que su voz, brotada de la memoria y de un viejo libro de Ediciones R, no parecía la de un tipo de 64 años.

luicino2004@yahoo.com


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