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CULTURA
Nelson
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - El
19 de julio, Nelson Rodríguez Leyva hubiera
cumplido-¡quien lo diría!- 64 años.
Siete años antes de que lo fusilaran por
intentar desviar una avioneta de fumigación,
Ediciones R había publicado su libro de
cuentos, "El regalo".
Lo primero que supe de "El regalo"
fue a través de Reinaldo Arenas. Lo leí
en "Antes que anochezca", muchos años
después de la muerte de Nelson. No estaba
seguro de que el libro existiera porque la Tétrica
Mofeta era bastante exagerada y chismosa.
Creo que Nelson me habló del libro alguna
vez (¿el día en que nos conocimos?)
en casa de Waldo, el pintor, o alguna tarde en
la playa de Marianao. Lo más probable es
que no le haya hecho caso. Muchos soñábamos
con escribir libros y que los publicaran, no sabíamos
cuándo, cómo ni dónde.
Es triste recordar ese tiempo. Todo cambiaba
muy rápido y siempre para peor. Dabas media
vuelta y desaparecía un rostro amigo, se
cerraba otra puerta y había una prohibición
más.
Recuerdo, además del rock prodigioso que
oíamos, que teníamos mucho miedo.
Miedo a que nos delataran al G-2, a que nos encerraran
en Villa Maristas o Mazorra, que nos jodieran
la mente con los electros-shocks (había
que ser loco para no estar fervientemente con
la revolución). Miedo de que confiscaran
nuestros escritos y nunca llegaran a ser libros.
Nuestros temores no eran infundados. Todo lo
que había escrito Nelson se lo llevó
la Seguridad del Estado. Varios centenares de
ejemplares de "El regalo" fueron retirados
de las librerías y destruidos.
Pero resulta que casi 43 años después
de su publicación y 36 después de
la descarga del pelotón de fusilamiento
-que se confundió con el cañonazo
de las 9 y por eso no creímos que lo mataron,
seguimos sin creerlo- tengo su libro de relatos
en las manos.
¿Qué decir del libro de un amigo
muerto para que no parezca un cumplido o suene
demasiado sentimental? ¿Busco influencias
de Franz Kafka o Karel Capeck? ¿De Piñera
o de Cortázar?
Decididamente, la influencia es de Piñera.
Virgilio sin miedo a confesar que sentía
miedo frente a los mandarines con boina y pistola
en una biblioteca que abría la puerta a
cualquiera de los círculos del infierno.
Virgilio Piñera, proscrito. Con un paraguas
negro en una mano y una jaba hecha de saco de
yute en la otra (por si algo aparecía).
Bajándose de la 68 y atravesando el portal,
sombreado por las matas de mango de la casa (que
fuera de Juan Gualberto Gómez) del pintor
Johnny Ibáñez.
En los cuentos de "El regalo", Nelson
Rodríguez se dio el lujo de ser Dios y
de ser él. Dos a un tiempo y completo en
cada parte. Como San Agustín. Casi al borde
de la esquizofrenia, el mejor de los estados para
escribir cuentos.
Son cuentos del hombre, universal, vulnerable
y desnudo. Ajeno a qué era dentro o fuera
de la revolución. ¿Qué importaba?
Ya lo sospechábamos, ahora estamos convencidos
-las ilusiones se fueron sin dejar dirección:
esta revolución se fue a bolina.
No valía la pena esforzarse, pero Nelson
no sabía de límites. ¿Qué
hacía con una granada en aquel puñetero
avión? Era tarde para llegar a París
o San Francisco. ¿Por qué tanto
apuro? Ya no había tiempo. La fiesta empezó
y terminó antes que llegáramos.
Para nosotros, siempre fue tarde.
Cuando fusilaron a Nelson acababa de cumplir
27 años. Ahora tendría 64 y muchos
libros escritos. El paredón le ahorró
verse tan viejo como son hoy nuestros adorados
Mick Jagger o Paul Mc Cartney. Le evitó
también el dolor de estar exilado. O lo
que es peor aún: domado y aplaudiendo,
con los escribas medrosos y dóciles, en
una mesa de la UNEAC.
El mundo cambió, pero no como soñábamos.
Nelson no se perdió nada bueno. Cuba, a
pesar del derrumbe soviético y de Internet,
sigue en una galaxia verde oliva y cerrada. Ahora
la ronda un cortejo de buitres danzantes. Todo
es lo mismo de siempre. Y nosotros aquí:
minerales sin suerte, olvidados por Dios y los
relojes.
Tal vez por eso no importa tanto si leí
"El regalo" ayer o hace 30 y tantos
años. Si Nelson me habló de él
en casa de Waldo, en la playa, o me enteré
por Reinaldo Arenas y pensé que era otro
de sus regios infundios. ¡Qué más
da!
Al fin lo leí y volví a oír
hablar a Nelson (la WQAM, de fondo, con ruido).
Les aseguro que su voz, brotada de la memoria
y de un viejo libro de Ediciones R, no parecía
la de un tipo de 64 años.
luicino2004@yahoo.com
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