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El
Moncada o de la liberadora irreverencia
Vicente Echerri, El
Nuevo Herald. 26 de julio de 2007.
Mi recuerdo más personal del Cuartel Moncada
fue la noche en que inicié a pocos metros
de su fachada --la misma que aparece en los libros
de historia y en los sellos de correos de Cuba--
una aventura erótica que terminaría
en un sitio que no puedo precisar de los suburbios
de Santiago. El azar me ofrecía el placer
añadido de profanar el grotesco mito fundacional
de la revolución castrista: la transgresión
como medio de empezar a deconstruir la historia
impuesta. No creo que yo haya sido el primero
en esas aventuras ''moncadistas''; pero el recordarlo
aquí jubilosamente un 26 de julio le confiere
una categoría retrospectiva de exorcismo
sarcástico. Para poder desmontar el horror
grave --como el de todos los febriles redentorismos--
que se asocia con el evento del Moncada, tenemos
que empezar por degradarlo como símbolo.
En esto creo haber sido un modesto precursor del
grupo Porno para Ricardo, aunque sin música.
Sin embargo, uno puede oír, no sólo
en Cuba, sino también en el exilio cubano,
no sólo en la mojigata prensa castrista,
sino también entre algunos de los nuestros
que opinan en esta orilla, un acercamiento solemne,
respetuoso y hasta melancólico de aquel
desaguisado que montó Fidel Castro con
el solo propósito de conseguirse un escenario
que lo encumbrara; y tanto es así, que
ayer mismo un colega de esta página lamentaba
que una revolución necesaria --en sus aspectos
político, social y antinorteamericano,
aunque no usara este último término--
se malograra en la desmesurada agenda de Castro,
que es otra vez la vieja cantinela de los jovencitos
de los años cuarenta y cincuenta que adoraban
la violencia revolucionaria y la ejercían
como motor inevitable de cambios, aunque muchos
de ellos --incluidos algunos socios del Havana
Yatch Club y del Vedado Tennis-- fueran de los
primeros en espantarse de las consecuencias.
El fracasado asalto al Moncada, no importa la
buena fe o el puro patriotismo de algunos de sus
participantes, fue una vulgar acción criminal
coordinada y planeada por un gángster de
la misma manera en que se asalta un banco, cuyo
botín, en este caso, era la notoriedad
que él necesitaba para ser tomado en cuenta
como protagonista en el escenario político
nacional. Por supuesto, conllevaba sus riesgos
y Castro pudo haber resultado muerto esa misma
mañana para bien de todos; pero, aunque
muchos sobrevivientes coinciden en el grado de
improvisación y desconcierto que primaba
en el grupo de los asaltantes, yo creo que los
riesgos de Castro fueron bastante calculados y
que no fue casual que lograra escapar ileso del
cuartel o sus inmediaciones. Después intervendrían
otros favorables azares (el teniente Sarría,
el arzobispo Pérez Serantes, la intercesión
del propio presidente Batista a favor de su vida),
pero la primera escapatoria fue premeditada.
Sin ofensa para cualquiera que participara en
ese asalto y que hoy se cuente entre los adversarios
y víctimas de Castro, no creo que haya
habido nada noble o heroico en esa acción
como para enorgullecerse de ella más de
medio siglo después: un puro acto de pandillaje,
semejante a los que venía practicando la
juventud ''revolucionaria'' cubana desde los años
treinta y cuarenta --cuando los facinerosos querían
meterse a empellones en la historia, y los ''idealistas''
creían cada vez más en el poder
persuasivo de las armas de fuego y cada vez menos
en los recursos de la democracia-- que el golpe
de Estado de 1952 ayudaría a jerarquizar.
La interrupción del régimen constitucional
serviría para justificar la violencia gangsteril
que una vez más se enmascaraba de patriotismo.
Cuando llegue la hora de desmontar este andamiaje
de mentira y de crímenes que es la ''revolución
cubana'' habrá que empezar por ese día
infausto, por los hechos de ese día, correctamente
reducidos a simples acciones delictivas. Mientras,
es consolador recordar que la ''piedra angular''
y el ''ara inmarcesible'' de ese régimen
abominable pudo ser también --y acaso siga
siendo-- un simple apostadero de la licencia de
la noche.
©Echerri 20007
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