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HUMOR
Nefasto,
los antropolétricos y la historia
Víctor Manuel Domínguez, Sindical
Press
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - El método
de aprender comiendo no sólo activa y engorda
la sabiduría; también evita que
desfallezca el cuerpo y caigan al suelo sayas
y pantalones.
La práctica de la antropolétrica
(comedera de letras), aunque no es originaria
de Cuba, cuenta en la Isla con insignes cultores
aptos para deglutir lo mismo la J de jodidos que
la O de contentos.
Además, existe una tendencia o cualidad
en los antropolétricos cubanos que no es
común a otros depredadores que tragan a
troche y moche cualquier abecedario por el mundo,
pues nuestros come letras en activo buscan el
contacto directo con la historia.
Lo mismo en la humeante calentura de una sopa
de palabras, que en un picante fricasé
de vocales, o en un oloroso asado de consonantes,
se pueden apreciar al primer bocado la sazonada
virtud de un insigne patriota disuelta en la desazón
de un músico extranjero en medio de La
Habana, sin siquiera un violín que lo identifique.
Sin embargo, no deja de caer sobre sus cabezas
(más enmarañada que letra de chinos)
la insidia de quienes, alarmados por este método
de aprehender la historia comiéndose el
nombre o las hazañas de un héroe
reflejados en bronce, levantan falsas acusaciones
donde los califican de sacrílegos, profanadores,
insensibles, y cuando menos, de amnésicos.
Y esta valoración resulta injusta, pues
nadie en sus cabales y aún más,
viviendo en Cuba, puede poner en duda el interés
de aprendizaje que nuestro pueblo muestra en su
vitrina de especialidades únicas.
Para descalificar a un individuo que colecciona
letras, se las come o las funde para hacer un
caldero, venderlo y luego comer, se precisa conocer
el origen primario del alfabetílico, analizar
a cuánto amaneció el chavito en
la casa de cambio, y por último saber la
integración revolucionaria y el nivel cultural
del destinatario.
Resuelta esta insoslayable cuestión vayamos
al grano. O mejor dicho, a las letras.
Si bien indigna conocer que unos antropolétricos
no dejaron letra con acento en el memorial erigido
en honor al luchador por los derechos civiles
del pueblo estadounidense, Martin Luther King,
al menos debemos sentirnos satisfechos de que
les gusta el inglés tanto como el español,
cual garantes estéticos de una cultura
bilingüe.
Asimismo, si despojaron al austríaco Joseph
Strauss de su violín a la vista de todos
y en el medio del parque de Línea y G,
no sólo queda demostrada su melomanía,
si no también su derecho a descansar del
reguetón y otras epilepsias sonoras que
abundan en la Isla.
En cuanto a los ciudadanos de una estación
ferroviaria (convertida en ciudadela) que colocaron
unos trapos mojados sobre una tarja donde se venera
la huella del insigne patriota Máximo Gómez,
resulta indudable que necesitan de una vivienda
real, leer El viejo Eduá, y refrescar conocimientos
de personajes y hechos históricos en una
época donde la juventud identifica con
mayor facilidad a Paris Hilton y Dady Yanqui que
a los héroes de la patria o a sus propios
y cubinizados padres.
Pero no se debe tirar a la candela a los antropolétricos
cubanos por su aparente y real despiste memorioso,
y sí darles seguimiento para comprobar
el uso que dan a las letras que forman la raíz
de nuestra historia.
Si optaran por sentarse frente a un caldero fundido
con las letras de un insigne luchador, y rebosante
de carne de puerco, ¿no pensarían
que el aliento de entrega se filtra hacia la sangre
y la conciencia del comensal a través de
una costilla heroica, un rabo encendido o una
lengua en salmuera?
Si desearan bajo la intimidad y el calor humano
y divino de un apagón alumbrarse con un
candelabro forjado con el violín y las
notas de un ilustre instrumentista y compositor
extranjero, ¿no estarían demostrándonos
su buen gusto musical, su apuesta por una cultura
plena, y su afán porque detrás de
cada atracón de buenas letras brote la
excelencia que los transporte a una deposición
de campeonato?
En vez de calificar de sacrílegos a nuestros
antropolétricos, es preciso galardonarlos
con la medalla de profanadores calurosos.
Eso se los aseguro yo, Nefasto "El quitaletras".
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