PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 26, 2007

HUMOR
Nefasto, los antropolétricos y la historia

Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press

LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - El método de aprender comiendo no sólo activa y engorda la sabiduría; también evita que desfallezca el cuerpo y caigan al suelo sayas y pantalones.

La práctica de la antropolétrica (comedera de letras), aunque no es originaria de Cuba, cuenta en la Isla con insignes cultores aptos para deglutir lo mismo la J de jodidos que la O de contentos.

Además, existe una tendencia o cualidad en los antropolétricos cubanos que no es común a otros depredadores que tragan a troche y moche cualquier abecedario por el mundo, pues nuestros come letras en activo buscan el contacto directo con la historia.

Lo mismo en la humeante calentura de una sopa de palabras, que en un picante fricasé de vocales, o en un oloroso asado de consonantes, se pueden apreciar al primer bocado la sazonada virtud de un insigne patriota disuelta en la desazón de un músico extranjero en medio de La Habana, sin siquiera un violín que lo identifique.

Sin embargo, no deja de caer sobre sus cabezas (más enmarañada que letra de chinos) la insidia de quienes, alarmados por este método de aprehender la historia comiéndose el nombre o las hazañas de un héroe reflejados en bronce, levantan falsas acusaciones donde los califican de sacrílegos, profanadores, insensibles, y cuando menos, de amnésicos.
Y esta valoración resulta injusta, pues nadie en sus cabales y aún más, viviendo en Cuba, puede poner en duda el interés de aprendizaje que nuestro pueblo muestra en su vitrina de especialidades únicas.

Para descalificar a un individuo que colecciona letras, se las come o las funde para hacer un caldero, venderlo y luego comer, se precisa conocer el origen primario del alfabetílico, analizar a cuánto amaneció el chavito en la casa de cambio, y por último saber la integración revolucionaria y el nivel cultural del destinatario.

Resuelta esta insoslayable cuestión vayamos al grano. O mejor dicho, a las letras.
Si bien indigna conocer que unos antropolétricos no dejaron letra con acento en el memorial erigido en honor al luchador por los derechos civiles del pueblo estadounidense, Martin Luther King, al menos debemos sentirnos satisfechos de que les gusta el inglés tanto como el español, cual garantes estéticos de una cultura bilingüe.
Asimismo, si despojaron al austríaco Joseph Strauss de su violín a la vista de todos y en el medio del parque de Línea y G, no sólo queda demostrada su melomanía, si no también su derecho a descansar del reguetón y otras epilepsias sonoras que abundan en la Isla.
En cuanto a los ciudadanos de una estación ferroviaria (convertida en ciudadela) que colocaron unos trapos mojados sobre una tarja donde se venera la huella del insigne patriota Máximo Gómez, resulta indudable que necesitan de una vivienda real, leer El viejo Eduá, y refrescar conocimientos de personajes y hechos históricos en una época donde la juventud identifica con mayor facilidad a Paris Hilton y Dady Yanqui que a los héroes de la patria o a sus propios y cubinizados padres.

Pero no se debe tirar a la candela a los antropolétricos cubanos por su aparente y real despiste memorioso, y sí darles seguimiento para comprobar el uso que dan a las letras que forman la raíz de nuestra historia.

Si optaran por sentarse frente a un caldero fundido con las letras de un insigne luchador, y rebosante de carne de puerco, ¿no pensarían que el aliento de entrega se filtra hacia la sangre y la conciencia del comensal a través de una costilla heroica, un rabo encendido o una lengua en salmuera?

Si desearan bajo la intimidad y el calor humano y divino de un apagón alumbrarse con un candelabro forjado con el violín y las notas de un ilustre instrumentista y compositor extranjero, ¿no estarían demostrándonos su buen gusto musical, su apuesta por una cultura plena, y su afán porque detrás de cada atracón de buenas letras brote la excelencia que los transporte a una deposición de campeonato?

En vez de calificar de sacrílegos a nuestros antropolétricos, es preciso galardonarlos con la medalla de profanadores calurosos.

Eso se los aseguro yo, Nefasto "El quitaletras".

 


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