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HISTORIA
Del esplendor a la nostalgia
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, julio (www.cubanet.org)- Fue una odisea
llegar a Güines, la ciudad del Mayabeque,
el pueblo más próspero del sur de
La Habana desde fines del siglo XVIII. El mismo
que festejó en 1837 la llegada del tren,
conectándose con el centro de la capital
cubana, cuando los caminos de hierro eran una
tecnología de punta desplegada en Norteamérica
y en un puñado de naciones del viejo continente.
A la antigua Venecia cubana ya no se accede
por la vía férrea, la Carretera
central ni por las aguas estancadas del río
Mayabeque, antes limpias y navegables, sino por
la ruta 52 del Circuito Sur, un ómnibus
de La Habana con tres salidas diarias, o a través
de camiones viejos y almendrones de petróleo,
motor bullicioso y precios astronómicos.
Del tren sólo quedan las líneas
enyerbadas, la estación quejumbrosa y la
nostalgia de los pobladores, quienes magnifican
el pasado de una villa que ahora parece un pueblo
del oeste sin tren ni pistoleros.
Llegué a Güines el viernes bajo
el sol infernal, a las diez de la mañana.
Me bajé en la entrada del pueblo, frente
al hospital materno infantil, fundado como dispensario
para niños por Marta Fernández de
Miranda, esposa del dictador Fulgencio Batista.
Caminé por la calzada principal hasta el
centro de la ciudad. El parque, edificado sobre
el primer cementerio del pueblo, estaba tan desolado
como los portales y las calles, incluida la colindante
esquina de Tejas, sede de viejas edificaciones
de las principales familias güineras, esas
que insertaron su nombre en la economía,
la historia y la cultura del país.
Al recorrer las calles del pueblo que conocí
en la infancia, me quedó el vacío
de tantos amigos ausentes y la nostalgia por la
red de instituciones y servicios venidos a menos.
Estuve en la biblioteca y en el museo. Consulté
algunos documentos en el registro de la propiedad.
Charlé con especialistas que intentan reconstruir
la memoria de una localidad que sirvió
de antesala a varios pueblos capitalinos y presume
de haber sido el primer asentamiento de San Cristóbal
de la Habana, honor que discuten por igual los
hijos más lúcidos de Batabanó,
Melena del sur y Nueva Paz.
La fertilidad del territorio güinero favoreció
el desarrollo agropecuario, industrial y urbano
de la comarca. Allí se asentaron personajes
renovadores como Francisco de Arango y Parreño
y Joaquín de Ayestarán, quienes
potenciaron la industria azucarera a principios
del siglo XIX. Los hacendados de la zona construyeron
ingenios como el Alejandría, el primero
en usar la fuerza del agua para mover los trapiches,
y el Amistad, donado a Don Luis de las Casas y
Aragorri, gobernador y capitán general
de la isla, entre 1791 y 1796. Como un fantasma
del pasado se mantiene en pie el Amistad. El central
ya no muele, pero a la entrada de la residencia
de los Gómez Mena, últimos propietarios
antes de la nefasta confiscación estatal,
hallamos el majestuoso conjunto escultórico
El goleo, que evoca a Pepe, el hijo díscolo
que marchó a España, donde encontró
la muerte en los cuernos de un toro, junto a su
caballo de picador.
El monumento taurino fue robado por el capitán
Antonio Núñez Jiménez, personaje
de alto rango en el gobierno revolucionario, quien
se atrevió a trasladarlo con un pretexto
oficial, pero tuvo que devolverlo a su sitio original
ante la indignación y el escándalo
de los güineros.
Despojos y escándalos hieren aún
la sensibilidad de los pobladores de Güines,
quienes cuentan con orgullo a los peregrinos sobre
las decenas de publicaciones editadas en esa villa
durante la etapa colonial y el período
republicano. Dicen que uno de esos semanarios
amarillentos fue editado íntegramente por
mujeres de la localidad. Te enseñan, seguidamente,
los ejemplares de Letras güineras, orgullo
local y nacional por la excelente factura, las
figuras que honraron sus páginas y la durabilidad
de la misma.
En la ciudad del Mayabeque hay quienes evocan
las visitas del poeta andaluz Federico García
Lorca, el filólogo español Ramón
Menéndez Pidal y el escritor cubano José
M. Chacón y Calvo, en los ya lejanos días
de 1930 y 1937. La prensa regional registra la
memoria esquiva de otros personajes, hechos y
entidades que enaltecen la identidad de ese pueblo.
Se habla de los árboles del parque y de
los canales de aguas limpias; de la Comunidad
de regantes de Güines, cuyo ayuntamiento
garantizaba la limpieza de las zanjas y el drenaje
del río Mayabeque, entonces bello, navegable
y misterioso.
En la sombra de los portales, un viejo me habla
en susurro sobre las clínicas privadas
y las sociedades mutualistas, que por sólo
tres pesos al mes te atendían a la familia
y hasta te operaban y te llevaban la medicina
a la casa. Se refiere a los comedores obreros
creados por la citada Marta Fernández de
Miranda, los cuales cobraban 25 centavos a la
semana por un almuerzo diario con carne, postre
y ensalada. Me informa sobre los cine-teatros,
las tres sociedades de instrucción y recreo,
cada una con su biblioteca, y el Club Braje, situado
casi debajo del puente de Güines con San
Nicolás. "Ahora no hay casi nada:
ni la tradicional vía crucis de Cristo,
ni el toque de santos del barrio Leguina. La gente
emigra; no sienten orgullo por lo suyo".
Un historiador de nuestros días me comenta
en la biblioteca sobre la diversidad de tendencias
políticas, sociales y religiosas que convivían
en paz en los predios de Güines, donde existió
la Asociación Todo por Güines, integrada
por el político comunista Argentino González,
el penalista Valeri del Busto, y Mariano Cervigón,
mestizo de membresía diversa. Todos obviaban
las diferencias para enfrentar los problemas más
diversos de la comunidad.
Tal vez por eso, esta población marcó
la vida y los aportes de creadores como Francisco
Calcagno, autor del primer Diccionario biográfico
cubano; del prolífico historiador Raimundo
Cabrera y su hija Lidia, etnóloga de obra
extraordinaria, quienes nutrieron a figuras como
Fernando Ortiz y Nicolás Quintana y Gómez.
De allí son la profesora latinista Vicentina
Antuña, los escritores Carballido Rey e
Iris Dávila, y el poeta y editor Pío
E. Serrano, director de la madrileña Verbum.
Me habla también del prestigioso Instituto
de Segunda enseñanza, sólo comparable
con el de la capital. En el mismo ejercieron pedagogos
que prestigiaron después a la Universidad
de La Habana. Algunos abandonaron la isla y enseñaron
en universidades de Europa y los Estados Unidos.
Es el caso, por ejemplo, del matemático
Mario González, autor de libros y folletos.
El Instituto, ahora destruido, fue escenario de
luchadores como Mario Borrell, el mulato contestatario
que militó en el Movimiento 26 de julio
y enfrentó a la tiranía anterior.
Al preguntar por las causas de tanta involución
urbana, uno de mis anfitriones sonríe.
"Aquí ya no quedan ni los personajes
folklóricos. Ni "Maceo", el loco
que imitaba al Titán de Bronce, se atrevería
a contestar su pregunta. Es mejor hablar del pasado".
Tal vez tenga razón. El pasado, a veces,
resulta expresivo. El presente suele ser inescrutable.
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