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HISTORIA
Retrato de Santa Fe
Tania Díaz Castro
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Dicen que
el pueblo de Santa Fe, situado al oeste de La
Habana, fue en sus inicios un próspero
y típico caserío de pescadores,
y que con el paso del tiempo se convirtió
en uno de los repartos costeros más atractivos
y placenteros, sobre todo en los meses de verano,
con casas acogedoras, calles bien trazadas, comercios
y restaurantes. Santa Fe sigue siendo un barrio
de pescadores, pero de pescadores perseguidos
por la policía, porque vender libremente,
según las leyes revolucionarias, es un
grave delito. También se le conoce como
pueblo de balseros, igual que la colindante Jaimanitas,
de donde han salido ilegalmente durante los años
de castrismo cientos de miles de cubanos en rústicas
embarcaciones.
Ya en el siglo XIX, por medio del primer vehículo
de tracción animal que tuvo la capital
cubana "la cucaracha", se podía
llegar a Santa Fe en un recorrido que demoraba
más de un día. Más tarde,
a comienzos del siglo XX, se construyeron cerca
de la costa mansiones de madera preciosas con
techos de tejas y amplias ventanas, según
las normas urbanísticas de la época.
Hoy, la pobreza de Santa Fe contrasta con su
mar azul transparente, su atmósfera pura,
y un cielo límpido que con su luz golpea
las antiguas casonas de recreo, para que pueda
verse mucho mejor el mal estado en que se encuentran,
carentes de un mantenimiento periódico.
Muy distinto sería Santa Fe si las palabras
prosperidad y desarrollo hubieran ido aparejadas
a la revolución que ha castrado todo con
el rigor de sus prohibiciones.
Después de la calle Línea del
Vedado habanero, la Quinta Avenida de Miramar,
el famoso barrio Country Club, y la Marina Hemingway,
centro turístico exclusivo para extranjeros,
está la calle 7ma, construida en 1934 del
siglo pasado, y donde a cada uno de sus lados,
aún permanecen, milagrosamente en pie,
las casas de Santa Fe.
Mientras caminaba por sus calles recordé
los pueblitos del oeste norteamericano que veíamos
en la pantalla grande allá por los años
cincuenta, con calles de tierra y sus habitantes
mirándose las caras porque no había
mucho que hacer. Sólo que en aquellos pueblos
el sheriff se anunciaba por medio de un letrero
a la entrada de su local, así como el hotelito,
el bar, la barbería o el herrero.
En Santa Fe no hay un letrero que anuncie nada.
Como si nada hubiera, como no sea una pobreza
descomunal. Sólo dos cosas llaman la atención:
la enorme y extraña residencia del Comandante
Ramiro Valdés, ministro de Informática
y Comunicaciones, amurallada para que quienes
pasen por la acera no puedan mirar hacia dentro,
y la llamativa y artística mansión
del famoso actor de Fresa y Chocolate, Jorge Perugurría,
quien estuvo a punto de perderla porque según
comentarios de su barrio, los papeles de propiedad
no estaban lo suficientemente en regla, de acuerdo
a las leyes de la vivienda que rigen en el país.
Aparte de estos inquilinos especiales, son muchos
los vecinos de Santa Fe, más pobres que
nunca, que cargan con sus recuerdos de familiares
desaparecidos en el mar. Tal vez por eso hay silencio
y tranquilidad en este pueblo, tan desamparado.
Un amigo de Miami me dijo que sentía nostalgia
cuando pensaba en la pequeña ciudad, porque
allí vivió feliz de niño,
junto al mar. Si hoy viera la pobreza y el atraso
de Santa Fe, de seguro que se echaría a
llorar sin consuelo.
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