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REPRESION
Justicia revolucionaria
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - En cinco
horas el asunto quedó zanjado. El tribunal
dictó sentencia y el periodista independiente
Armando Betancourt Reina fue retornado a lo que
hace 13 meses es su morada: la prisión
Cerámica Roja, en la ciudad de Camagüey.
Había rumores y declaraciones verbales
sobre una probable acusación por un delito
de alteración del orden público.
Eso decían las autoridades policiales.
Finalmente se hicieron realidad los vaticinios
y el comunicador fue sentenciado a 15 meses de
prisión por esta figura de un código
penal que trae a la memoria al clérigo
Tomás de Torquemada y sus hogueras inquisitoriales.
En la Cuba actual no se achicharran herejes a
la usanza del siglo XV. En estos 48 años
de dictadura comunista basta un juicio con reminiscencias
medievales. Conozco bien al abogado que arroja
palabras al vacío, el fiscal asumiendo
poses de verdugo y rebosante de pasiones inherentes
al reino animal.
Tampoco me es ajena la sentencia preconcebida
y la vida extinguiéndose en algunas de
las cárceles desperdigadas por la geografía
insular.
Desde el 23 de mayo de 2006 recluido junto a reos
comunes, sin cargos ni explicaciones sobre un
internamiento ilegal. Más de un año
sin saber nada sobre su destino. Trece meses lanzado
al olvido como si fuera un microbio, un invertebrado,
cualquier cosa menos un ser humano con derecho
a ser tratado como tal.
Armando Betancourt retornará a su hogar
en las próximas semanas con la huella del
maltrato en su psiquis. Tendrá tiempo para
escribir sobre su calvario, esas instancias del
infierno tan comunes en esos mundos creados por
una nomenclatura que tanto odia la mesura, la
pluralidad de pensamiento y otras libertades fundamentales.
Pensará en la desproporcionalidad y el
talante arbitrario de un régimen que persiste
en practicar doctrinas al margen del derecho internacional
y de una verdadera legitimidad en intramuros.
Por dar publicidad a un desalojo, todavía
permanece entre barrotes y paredes húmedas.
Se propuso demoler la fachada que ofrece una imagen
idílica del totalitarismo y lo consiguió.
De ahí, el ensañamiento en unas
torturas que no suelen develar marcas pronunciadas
en el cuerpo, pero que, suplicios al fin y al
cabo, dejan en las víctimas recuerdos desagradables
y enfermedades adquiridas o empeoradas a partir
de las extremas condiciones de encarcelamiento.
Armando Betancourt está preso porque es
cubano y vive en Cuba. Reportar un desalojo fue
su crimen. Ningún nacional puede atreverse
a abordar asuntos considerados sensibles por quienes
gobiernan bajo la sombrilla de la propaganda y
del terror policial.
Nadie, según la percepción oficial,
tiene derecho a violentar las disposiciones que
regulan la vida de cada ciudadano. Todo cuanto
se hace debe estar en función del sostenimiento
del status quo, de lo contrario, se corren riesgos
inimaginables.
El cubano que resida en su país por derecho
natural, debe callar, asentir, aplaudir. Son los
requerimientos en función de conservar
intacta la creencia en la unanimidad de criterios.
Es lo que se le pide al pueblo con palabras melosas
y un garrote de hierro macizo.
Armando Betancourt se rebeló. Se salió
del redil quizás hastiado de tanta insolencia
y tantas mentiras. Él saldrá pronto
de su encierro. Otros quedarán almacenados
tras esas arquitecturas que invitan a pensar en
la muerte.
Decenas de personas languidecen en mazmorras y
oscuros cubículos por practicar derechos
civiles y políticos no autorizados. Son
más de 200 presos políticos y de
conciencia que resisten el abuso. Son enemigos
de la capitulación. Personas que quieren
un país sin verdades absolutas, una patria
con derechos para todos. Esos anhelos no concuerdan
con los lineamientos de la "justicia revolucionaria".
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