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CULTURA
Un huésped con boleto de retorno
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Los amigos
de Jorge Olivera Castillo estamos de fiesta. Su
libro de relatos Huésped del infierno,
publicado recientemente por Aduana Vieja, en Valencia,
España, circula en la isla desde Baracoa
hasta Pinar del Río. Es un texto prohibido
pero no perseguido. La contradicción se
debe a la exquisitez de cada cuento. La maestría
del autor le permite evadir la catarsis y la diatriba
de los prisioneros de conciencia, quienes casi
siempre escriben desde el dolor y la inmediatez.
Sólo el excelente prólogo del poeta
Raúl Rivero y la nota Al lector del propio
Olivera, nos hablan del calvario del escritor
tras las rejas, entre 2003 y l 2005.
En Huésped del infierno, Jorge
Olivera denuncia y recrea artísticamente
ese período de sombras que lo puso en contacto
con "un cementerio de hombres vivos adaptados
a retozar con la muerte". Tras las rejas
conoció la marginación, la locura
y la maldad sin diques de los carceleros. Pagaba
así, junto a Raúl Rivero, Manuel
Vázquez Portal y otros escritores y periodistas,
la osadía de escribir sin censura en un
país donde la libertad es una quimera.
Con este pequeño libro de cuentos, Jorge
Olivera Castillo reafirma su talento literario
sin alardes formales ni lecciones pedagógicas
y políticas, en torno a esos ámbitos
de encierro "donde el terror conserva rangos
monárquicos".
Su obra tiene valor testimonial, pero está
revestida por la mesura de la prosa, la excelencia
de las descripciones y la necesidad de trazar
una crónica de la deshumanización,
sin acudir a la retórica desgastada del
heroísmo y la mitificación. Tal
vez por eso, cada uno de sus diez relatos es un
cuerpo en si mismo, con su propia melodía
y la pintura lacerante de tantas vidas rotas en
la periferia de la esperanza.
El autor presenta el salvajismo y el derrumbe
total de algunos de esos prisioneros con quienes
compartió la celda. Pero no decora el envilecimiento
de los asesinos. No describe las virtudes de los
presos políticos. No señala el nombre
de los carceleros que golpean y se degradan con
la represión, ni menciona las prisiones
y los lugares del país donde vegetan las
víctimas de la deshumanización.
Esa licencia del autor crea una ambigüedad
favorable al lector de otras latitudes y hace
más universal y creíble sus relatos.
La estructura compositiva de Huésped
del infierno propicia una mirada muy abarcadora
sobre los horrores de nuestras cárceles.
Olivera obsequia al lector con relatos breves,
en los cuales dibuja con precisión, casi
siempre en primera o tercera persona, la vida
de gentes caídas en desgracia. Son escenas
desgarradoras en un escenario sin luz y sin futuro.
El autor es sobrio y a veces lacónico,
como esos seres espantados que ahora galopan en
las páginas de estos cuentos sacados de
un verdadero infierno sin paraíso.
En Aquella primavera, describe la visita
de la mujer con la "expectativa de la distancia"
y "las coordenadas de las franquezas";
pues Nancy, dice, "me llena de amor e impide
tragarme el arroz con gusanos". En Epidemia,
el tono es más dramático, pero sin
lamentos ni patetismo. Cuenta el horroroso drama
de Higinio, "el penúltimo reo que
la tuberculosis se llevó". La voz
del narrador mantiene la tensión sin perder
la textura y la secuencia del relato.
Los personajes de Olivera no tienen apellido,
pero son seres creíbles y vigorosos. A
veces proceden del entorno familiar o de las alucinaciones
de los prisioneros. Gretel, por ejemplo, es la
muchacha asesinada por Inocencio, "un huésped
de la jungla con el mal humor en el directo"
y un derroche de coraje a toda prueba. Herminio
ha matado dos vacas y un caballo sin que le temblara
el pulso. Jennifer es un joven homosexual que
asesinó a dos de sus amantes y sueña
ser tan deseada como la actriz Jennifer López.
Maikel es un suicida que se prendió fuego
con sus pocas pertenencias ante la vista de todos.
Andrés es otro suicida, al igual que Arnaldo,
quien dejó su oreja izquierda como reliquia
y se cosió los labios de punta a punta.
"Arnaldo perdió el juicio después
de recobrar la conciencia, perdida por una retahíla
de trastazos propinados por el oficial de rasgos
cavernícolas. Despertó en la locura".
Varios cuentos reparan en la locura y en el
suicidio como salida ante el horror. Las manías,
las apariciones de los que pasaron a mejor vida
y las angustias de los prisioneros desquiciados,
ocupan las mejores páginas de esta obra,
en las que un narrador omnisciente lo ve todo,
o casi todo, sin reparar en el porqué de
nada, pues "en el infierno suceden cosas
demasiado extrañas".
En La cena, nos presenta el creador un
drama colectivo alucinante. La caída accidental
de un aura tiñosa, augura un desesperado
"ejercicio de prestidigitación mental"
cargado de violencia ante la posibilidad de probar
la carne. La riña tumultuaria tiene un
desenlace feroz.
En Luna llena, Daniel enfrenta a los
fantasmas de su mente atrofiada. Lucha contra
su propia sombra, amplificada por la luna en medio
de la noche. Amaneció colgado por el cuello
con la sábana que conservaba para encontrarse
con Amalia, la novia soñada y deseada por
el intruso que lo llevó al suicidio.
La noche, con su mímica y su traje de
sombra, habita en varios relatos de este libro
mágico. La noche, las ratas, la muerte,
la locura y la incertidumbre son personajes esenciales
activados por Olivera, al evocar las zonas ocupadas
por la barbarie.
Sólo al final, en el último relato,
recrea el autor la tragedia de un prisionero de
conciencia abandonado por sus familiares, a excepción
de la madre, quien lo visita el día de
su cumpleaños. El hombre ha perdido la
visión y casi todos los dientes. "Ni
la invidencia lograba conmover los sentimientos
de la parentela. Miedo en estado puro, terror
de perder ciertos privilegios. Esa era la cuestión".
Esa historia, la de mayor resonancia acusatoria,
complementa el equilibrio entretejido por Jorge
Olivera Castillo en Huésped del infierno,
obra que ficción sobre el mundo alucinante
de las cárceles cubanas, a partir de hechos
y personajes reales. Olivera, como Raúl
Rivero, ha sobrevivido para contarnos el horror
con las claves de la literatura, sin acudir a
la mitología del héroe y sin hablar
de redención.
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