PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 16, 2007

CULTURA
Un huésped con boleto de retorno

Miguel Iturria Savón

LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Los amigos de Jorge Olivera Castillo estamos de fiesta. Su libro de relatos Huésped del infierno, publicado recientemente por Aduana Vieja, en Valencia, España, circula en la isla desde Baracoa hasta Pinar del Río. Es un texto prohibido pero no perseguido. La contradicción se debe a la exquisitez de cada cuento. La maestría del autor le permite evadir la catarsis y la diatriba de los prisioneros de conciencia, quienes casi siempre escriben desde el dolor y la inmediatez. Sólo el excelente prólogo del poeta Raúl Rivero y la nota Al lector del propio Olivera, nos hablan del calvario del escritor tras las rejas, entre 2003 y l 2005.

En Huésped del infierno, Jorge Olivera denuncia y recrea artísticamente ese período de sombras que lo puso en contacto con "un cementerio de hombres vivos adaptados a retozar con la muerte". Tras las rejas conoció la marginación, la locura y la maldad sin diques de los carceleros. Pagaba así, junto a Raúl Rivero, Manuel Vázquez Portal y otros escritores y periodistas, la osadía de escribir sin censura en un país donde la libertad es una quimera.

Con este pequeño libro de cuentos, Jorge Olivera Castillo reafirma su talento literario sin alardes formales ni lecciones pedagógicas y políticas, en torno a esos ámbitos de encierro "donde el terror conserva rangos monárquicos".

Su obra tiene valor testimonial, pero está revestida por la mesura de la prosa, la excelencia de las descripciones y la necesidad de trazar una crónica de la deshumanización, sin acudir a la retórica desgastada del heroísmo y la mitificación. Tal vez por eso, cada uno de sus diez relatos es un cuerpo en si mismo, con su propia melodía y la pintura lacerante de tantas vidas rotas en la periferia de la esperanza.

El autor presenta el salvajismo y el derrumbe total de algunos de esos prisioneros con quienes compartió la celda. Pero no decora el envilecimiento de los asesinos. No describe las virtudes de los presos políticos. No señala el nombre de los carceleros que golpean y se degradan con la represión, ni menciona las prisiones y los lugares del país donde vegetan las víctimas de la deshumanización. Esa licencia del autor crea una ambigüedad favorable al lector de otras latitudes y hace más universal y creíble sus relatos.

La estructura compositiva de Huésped del infierno propicia una mirada muy abarcadora sobre los horrores de nuestras cárceles. Olivera obsequia al lector con relatos breves, en los cuales dibuja con precisión, casi siempre en primera o tercera persona, la vida de gentes caídas en desgracia. Son escenas desgarradoras en un escenario sin luz y sin futuro. El autor es sobrio y a veces lacónico, como esos seres espantados que ahora galopan en las páginas de estos cuentos sacados de un verdadero infierno sin paraíso.

En Aquella primavera, describe la visita de la mujer con la "expectativa de la distancia" y "las coordenadas de las franquezas"; pues Nancy, dice, "me llena de amor e impide tragarme el arroz con gusanos". En Epidemia, el tono es más dramático, pero sin lamentos ni patetismo. Cuenta el horroroso drama de Higinio, "el penúltimo reo que la tuberculosis se llevó". La voz del narrador mantiene la tensión sin perder la textura y la secuencia del relato.

Los personajes de Olivera no tienen apellido, pero son seres creíbles y vigorosos. A veces proceden del entorno familiar o de las alucinaciones de los prisioneros. Gretel, por ejemplo, es la muchacha asesinada por Inocencio, "un huésped de la jungla con el mal humor en el directo" y un derroche de coraje a toda prueba. Herminio ha matado dos vacas y un caballo sin que le temblara el pulso. Jennifer es un joven homosexual que asesinó a dos de sus amantes y sueña ser tan deseada como la actriz Jennifer López. Maikel es un suicida que se prendió fuego con sus pocas pertenencias ante la vista de todos. Andrés es otro suicida, al igual que Arnaldo, quien dejó su oreja izquierda como reliquia y se cosió los labios de punta a punta.

"Arnaldo perdió el juicio después de recobrar la conciencia, perdida por una retahíla de trastazos propinados por el oficial de rasgos cavernícolas. Despertó en la locura".

Varios cuentos reparan en la locura y en el suicidio como salida ante el horror. Las manías, las apariciones de los que pasaron a mejor vida y las angustias de los prisioneros desquiciados, ocupan las mejores páginas de esta obra, en las que un narrador omnisciente lo ve todo, o casi todo, sin reparar en el porqué de nada, pues "en el infierno suceden cosas demasiado extrañas".

En La cena, nos presenta el creador un drama colectivo alucinante. La caída accidental de un aura tiñosa, augura un desesperado "ejercicio de prestidigitación mental" cargado de violencia ante la posibilidad de probar la carne. La riña tumultuaria tiene un desenlace feroz.

En Luna llena, Daniel enfrenta a los fantasmas de su mente atrofiada. Lucha contra su propia sombra, amplificada por la luna en medio de la noche. Amaneció colgado por el cuello con la sábana que conservaba para encontrarse con Amalia, la novia soñada y deseada por el intruso que lo llevó al suicidio.

La noche, con su mímica y su traje de sombra, habita en varios relatos de este libro mágico. La noche, las ratas, la muerte, la locura y la incertidumbre son personajes esenciales activados por Olivera, al evocar las zonas ocupadas por la barbarie.

Sólo al final, en el último relato, recrea el autor la tragedia de un prisionero de conciencia abandonado por sus familiares, a excepción de la madre, quien lo visita el día de su cumpleaños. El hombre ha perdido la visión y casi todos los dientes. "Ni la invidencia lograba conmover los sentimientos de la parentela. Miedo en estado puro, terror de perder ciertos privilegios. Esa era la cuestión".

Esa historia, la de mayor resonancia acusatoria, complementa el equilibrio entretejido por Jorge Olivera Castillo en Huésped del infierno, obra que ficción sobre el mundo alucinante de las cárceles cubanas, a partir de hechos y personajes reales. Olivera, como Raúl Rivero, ha sobrevivido para contarnos el horror con las claves de la literatura, sin acudir a la mitología del héroe y sin hablar de redención.


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