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POLITICA
Fórmulas y manuales
Luis Cino
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Hace años,
Fidel Castro recriminó a los parlamentarios
de la Asamblea Nacional que no supieron responderle
qué era el Programa de Gotha. Era pedir
demasiado a los afinados diputados del Parlamento
de la Unanimidad Eterna. No que hubieran leído
el folleto, sino que no supieran qué fue
el Programa de Gotha. Algunos hasta pensaron que
era algún deformante show de los que entran
por la antena enemiga.
El Comandante, luego del regaño y de exhortarlos
a leer más, les explicó de qué
se trataba. Lo más probable es que tampoco
él lo haya leído. Si no lo hizo
en su celda del Presidio Modelo, no debe haber
tenido tiempo ni paciencia para leerlo. Tampoco
El Capital ni El Anti-Duhring. Ni falta que le
hizo. Si tenía los manuales, ¿para
qué leer a "los clásicos del
marxismo"?
La manía de los manuales se anunció
en los días de la alfabetización:
"Lápiz, cartilla, manual, alfabetizar,
alfabetizar ¡venceremos!". Una cosa
era enseñar a leer y escribir la f de Fidel
y la r de revolución, y otra bien distinta
aprender el marxismo-leninismo por manuales soviéticos
y entregarle luego el cuerpo, el alma y un poquito
más.
A principios de los años 60 la filosofía
marxista se estudió en Cuba a través
de manuales. En la universidad y en las escuelas
de cuadros del Partido no había que leer
a Marx ni a Engels. Los sesudos autores de los
manuales ya los habían estudiado e interpretado.
Su pensamiento estaba reducido y simplificado,
comprimido en un esquema fácil de memorizar.
Justo lo que necesitaban los revolucionarios demasiado
ocupados en construir el comunismo.
Los estudiosos más exigentes podían
leer El estado y la revolución, de Lenin.
Más que suficiente. El Manual de Economía
Política de Nikitin lo colocaban en un
lugar privilegiado y bien visible en su anaquel
de libros de la sala o la oficina, bajo el cuadro
del máximo líder. Era suficiente
para proclamarse marxista-leninista.
La mayoría de estos manuales, chapuceras
traducciones del ruso al español, fueron
originalmente escritos en la Unión Soviética
durante las peores etapas del estalinismo. Más
de dos décadas después de editados,
resultaron idóneos para la imposición
del estalinismo en Cuba.
"Marxismo de los miedos" lo denominó
Alfredo Guevara, rara avis entre la inteligentsia
revolucionaria cubana. Confesó que le repugnaba
que la revolución, "como en una nueva
iglesia", forjara "animales domesticados".
Fue en diciembre de 1963, durante una polémica
cultural con Blas Roca. Un fragmento de la polémica
se publicó entonces en el periódico
Hoy. La respuesta completa de Guevara (Alfredo)
tuvo que permanecer 43 años a la sombra
hasta que Graziella Pogolotti la incluyó
en su libro Polémicas culturales de los
60 (Letras Cubanas, 2006).
En los círculos culturales y académicos
cubanos, hoy todos hablan pestes, y con razón,
del manualismo.
Los nuevos historiadores cubanos (Marial Iglesias,
Pablo Riaño, Manuel Barcia y otros) abjuran
de la visión estalinista, anti dialéctica,
sectaria de la historia que le enseñaron
dogmáticos profesores enviados a formarse
en Europa del Este.
Echando mano al arsenal teórico de la
historiografía contemporánea, comienzan
a descubrir que la historia de Cuba es más
que los estereotipos y el meta relato útil
al poder. Que Luz y Caballero, Varela y Saco,
aunque no estuvieran "en línea directa
con Fidel", son mucho más importantes
para analizar el contexto nacional que Carlos
Marx.
El socialismo verde olivo se dotó de una
teoría de prístina pureza, pero
pobre de solemnidad. La aprendió de carretilla
de los manuales rusos y la sustentó en
un puñado de fórmulas. De ella sólo
quedan consignas gastadas. Los marxistas-leninistas
que sobreviven se aferran a ellas como el pintor
a la brocha cuando quitan la escalera.
Aprender marxismo por manuales no les sirvió
de nada. Si Marx y Engels son los clásicos,
fue como conocer la música de Beethoven
o Tchaikovsky a través de los arreglos
edulcoradamente light de Frank Purcell, Mantovani
o Walter Murphy.
Como leer una versión condensada para
Selecciones de El Rey Lear o La Guerra y la Paz.
Peor que ver Citizen Kane o "Lo que el viento
se llevó" en un cine de barrio con
peste a orines y gritando cada 10 minutos: ¡Cojo,
suelta la botella!
luicino2004@yahoo.com
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