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HUMOR
Nefasto,
la imagen y los pueblos fantasmas
Víctor Manuel Domínguez, Sindical
Press
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - El cuidado
de la imagen en Cuba es proverbial. Si el gobierno
pudiera repartir en raciones equitativas cuanto
derrumbe, bache, basurero y tarecos afean las
ciudades del país, de seguro nos colocaríamos
entre las personas con mayor caudal de churre
y necesidades percápita en el universo.
Pero como resulta imposible meter la casa política
por el ojo de una bruja ideológica, se
acude a mecanismos (si bien sanos y justos) propensos
a crear malas interpretaciones.
Por esa razón, y no obstante las quejas
de cientos de familias que subsisten en los pueblos
aislados o fantasmas de la Isla, se ha creado
el programa "Yo no quiero bohíos en
la carretera", cuyo mensaje lírico
y subliminal es "lo feo para el traspatio",
o "limpia hasta donde la suegra te vea".
El sin igual programa, redactado y puesto en
práctica a partir de la necesidad de crear
una imagen de esplendor, siempre arrastra consigo
algunas contradicciones, mucho material de olvido
y un rebaño infinito de oídos sordos,
bocas mudas, y si te vi, lo siento, no me acuerdo.
Para comprender la efectividad de "Yo no
quiero bohíos en la carretera", basta
con escuchar a quienes trasladan a sus enfermos
agonizantes en un lento carretón tirado
con caballos hasta el pueblo más cercano;
los que tienen que recorrer varios kilómetros
a pie, con el fango al cuello o el polvo envolviéndolos
como en una manta para hacer una llamada telefónica,
o ir al trabajo, la escuela, o simplemente avisar
que hace dos meses no entra el carro con los alimentos.
Y no es que se pretenda esconder esta realidad
a los cubanos, pues muchos la conocen, y los que
no, se la imaginan, sino por los turistas extranjeros
y otros visitantes amigos, que de regreso a su
país expresan: "Descubrí una
aldea paleolítica a la vera de la carretera
central de Cuba", o "Si esto es socialismo,
¡los fósforos!, respectivamente.
Además, estamos en la obligación
de preservar las raíces que nos identifican,
o de lo contrario, muchos se olvidarían
de que por nuestros genes transitan los alaridos
de los indígenas y el lamento de los esclavos.
La cuestión es que la imagen de prosperidad
hay que conservarla a cualquier precio, acunarla
como a recién nacida y tirar al matojo
los pañales defectuosos o usados.
¿O es que acaso alguien se atreve a recibir
visitas en un chiquero, ir a ver a la novia sobre
un carromato tirado por dos bueyes, o festejar
el triunfo de la revolución tomando chispa
de tren en el cementerio?
¡Seguro que no! Le pediría la casa
apuntalada (pero casa) al vecino del pueblo, la
bicicleta al amigo, y gastaría el salario
del mes en una botella de ron "Purgante",
que se tomaría cómodamente en el
excusado, pantalón a la rodilla, bajo la
luz intensa de los fuegos artificiales.
Y es esta imagen de confort y linaje revolucionario
la que debemos guardar por el bien de las nuevas
generaciones.
La igualdad no puede ser tan igual que todos
vivamos en bohíos que se vean desde la
carretera, y mucho menos que habitemos palacios
apuntalados, chalets en ruinas ni mansiones al
punto del derrumbe, cuando nuestros "igualadores"
necesitan espaciosos castillos, eficientes medios
de transporte y comunicaciones, amén de
otras boberías necesarias a quienes se
sacrifican pensando en cómo todos seremos
iguales.
Y es en esta cuerda -útil para el ahorcamiento-
que colgará la vida de muchos habitantes
de estos pueblos aislados o fantasmas, que por
el bien de nuestra imagen, seguirán flotando
en el olvido.
Eso se los aseguro yo, Nefasto "El imagólogo".
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