PRENSA INTERNACIONAL
Julio 9, 2007

Reeducación sentimental

Néstor Díaz De Villegas, El Nuevo Herald, 6 de julio de 2007.

Leo que el cantautor Silvio Rodríguez propone un programa reeducativo que ''garantice la sistematicidad de visitas a todas las prisiones del país, para llevarles a todos los reclusos y reclusas canciones, poesías, danza, teatro y todas las manifestaciones artísticas, incluyendo el cine'' y recuerdo que en la prisión de Ariza no existía un área de recreación antes de 1976. Ese año, un grupo de presos políticos que trabajaba en la fábrica de elementos prefabricados adosada a la cárcel decidió donar sus horas libres, después de las ocho de trabajo forzado, para construir un teatro.

Un ingeniero preso dirigió las obras. Pedazos de secundarias básicas y otras piezas sobrantes sirvieron para armar el escenario. Con la pared de un aula se improvisó una pantalla. Yo trabajaba entonces en la sección de escaleras, armando estructuras metálicas. El responsable del taller era un recluso apodado Masecoco. En mi primer día, Masecoco me habló francamente: '¡Amarra esas cabillas con alambre doble! Si por casualidad el Comandante visita una secundaria, y tropieza, y se cae, y se le ocurre preguntar '¿Quién encabilló esta escalera?', y le dicen 'Fue Masecoco', se acordará de mí: 'Chico, ¿y yo no mandé a fusilar a Masecoco hace 15 años?' Eso hay que evitarlo, muchacho.''

Dos de nuestras escaleras defectuosas sirvieron de gradas en el anfiteatro. Bajo la dirección del actor y preso político José Manuel Chema Castiñeira, se proyectó un ciclo de cine con las obras maestras del bloque soviético. Se creó un combo de música moderna, Samadi, que dirigió Mundito, intérprete ronco de Nicola di Bari. Se hizo teatro brechtiano, con Lalo el Gordo en el papel estelar, y el embajador Bebo Cabrera en algún rol secundario. En nuestra brigada artístico-cultural militaban más de 20 agentes de la CIA. Muchos de nuestros artistas cumplían condenas de 10 a 15 años por salida ilegal del país. Otros, 30 años por sembrar caña al revés. (Nunca supimos cómo se sembraba caña al revés, ni cuáles eran las actividades de espionaje que hubiesen podido realizar aquellos guajiros de tierra adentro.) Había diplomáticos republicanos políglotas, como Luis Puig Tabarés, que impartían clases de idiomas. También había clases de gramática, con Otto Meruelo, y de historia y matemáticas, con ex profesores de la Universidad de Las Villas. Yo enseñé a leer a un grupo de analfabetos. Por las noches, luego de demandar y obtener acceso irrestricto al comedor, se abrió un curso de literatura donde leímos La montaña mágica y Cándido, además de aprovechar un par de libros de la biblioteca de la prisión: Cartas desde la cárcel, de Antonio Gramsci, y los Manuscritos económico-filosóficos de 1848, de Carlos Marx.

Todo este espontáneo fervor educativo cesó cuando el comisario Pedro de la Hoz llegó a la cárcel de Ariza para hacerse cargo de una peña literaria oficialista. No pasó mucho tiempo antes que subiera a nuestro escenario la trovadora Sara González, quien en 1977 dio una gira por las cárceles de Cuba. Cerraron las aulas, restringieron la entrada de libros, desbandaron los grupos de estudio. En las requisas se confiscaban sistemáticamente los escritos de los presidiarios. Sustituyeron los clásicos del cine soviético por los noticieros del ICAIC. Tantas veces pasaron por los altoparlantes Que viva mi bandera, viva nuestra nación, viva la revolución, que llegamos a amarla, y a tararearla inconscientemente.

Volví a tropezarme con Pedro de la Hoz poco antes de salir de Cuba, en la apertura de una exposición del pintor cienfueguero Leandro Soto. Después del show, un grupo de amigos de Leandro fue a celebrar a una casa de Punta Gorda. Pedrito estaba allí y le exigió al pintor que me sacara de la fiesta. Leandro no tuvo más remedio que pedirme que me fuera.

En 1979 me botaron también de mi país, donde ningún medio de prensa ha publicado jamás una sola línea mía --con la curiosa excepción de esa peña penitenciaria que es el diario electrónico La Jiribilla, dirigido por el mismo Pedro de la Hoz que visitaba Ariza en calidad de censor hace tres décadas, y cuya misión en la vida parece consistir, aún hoy, en "llevarle a todos los reclusos y reclusas canciones, poesías, danza, teatro y todas las manifestaciones artísticas''.



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