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HISTORIA
Mi teatro Martí
Aleaga Pesant
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - Rodrigo
Aleaga, con la cultura de los trabajadores azucareros
de la República, me llevó por primera
vez a un teatro grande y antiguo que se encontraba
en la esquina de Dragones y Zulueta. Fue aproximadamente
a mediados de 1970. Yo tenía diez años.
Era de noche y recuerdo un lugar magnifico de
butacas de madera, cortinas rojas, luces y la
risa de muchos hombres y mujeres, al compás
de los ventiladores de techo y de un negrito vestido
estrafalariamente que decía sandeces.
Con la puesta en escena de la obra bufa La
mulata Maria, del escritor y dramaturgo Federico
Villoch, el 8 de junio de 1886, se inauguró
en la ciudad, el Teatro Irijoa, bautizado por
el poeta José Fornaris como el "Coliseo
de las cien puertas", y que ya en la República
fue rebautizado con el nombre de José Martí.
En ese periodo político cultural, el Teatro
Martí se convirtió en el palacio
de la zarzuela, el costumbrismo y el sainete.
En la Isla se hace presente la canción.
Por su escenario pasaron artistas que interpretaron
obras como: Los gavilanes, La parranda,
La canción del olvido, La rosa
de azafrán y Doña Francisquita,
entre otras muchas, todas de amplia aceptación
entre el alegre público habanero, los miles
de visitantes y por supuesto, los emigrantes que
llegaban a Cuba por el puerto de Carenas y se
asentaban en los barrios Jesús Maria, Belén
o mas allá de las murallas, como Atarés,
Monte o Marianao.
En La Habana republicana existía un amplio
conocimiento de todos los géneros teatrales.
Durante medio siglo, la instalación cultural
fue testigo de la fastuosa temporada de arte y
le cupo el honor de estrenar Patria, una
opera inspirada en las luchas por la independencia
de nuestra ínsula, con música de
Hubert de Blank.
De los renombrados compositores Gonzalo Roig
y Rodrigo Prats, fueron la mayoría de las
partituras aportadas en esos años. Entre
otros estrenos destacan La Habana que vuelve,
Maria Belén Chacón, Amalia Batista.
Además de la inmortal Cecilia Valdés,
se incluyen también los sainetes Rosa la
China, de Ernesto Lecuona y el Velorio de Pachencho,
de Jorge Ankerman.
Con la "dictadura del proletariado",
"las palabras a los intelectuales",
los campos de trabajo forzado (UMAP), la persecución
a los homosexuales, los "parametrados"
y otras cosas parecidas, el Teatro Martí
fue desarticulándose; decayeron los géneros
musicales y de humor costumbrista, que le dieron
vida. La estructura, sin base, se fue al piso,
aunque Eusebio Leal, el "historiador en jefe"
de la ciudad prometió varias veces desde
1980, su restauración. Por un asunto o
otro, su retórica no llega a rescatar aquel
lugar magnifico de butacas de madera y cortinas
rojas, donde se oía reír a tantas
personas al compás de los ventiladores
de techo: el Teatro Martí.
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