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POLITICA
¿Democracia o autocracia?
Laritza Diversent Cámbara
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - El ejercicio
colectivo del poder por una sociedad dividida
en sectores o clases con intereses diferentes,
incluso antagónicos, es prácticamente
imposible.
Los politólogos y teóricos castristas
critican la democracia burguesa porque esta supone
una transferencia de la soberanía popular
a favor de los representantes políticos.
Sin embargo, eso mismo sucede en Cuba, un estado
supuestamente socialista.
Del carácter eminentemente político
de nuestra Carta Magna se desprende que nuestro
pueblo delega su soberanía y voluntad en
la Asamblea Nacional del Poder Popular, órgano
supremo de poder en el país. Con potestad
constituyente y legislativa, a través de
ella, el pueblo ejerce supuestamente el poder
del estado (artículos 3, 69 y 70 de la
Constitución).
Al igual que en las democracias burguesas (tal
como se empeñan en llamarlas), el diputado
representa a la nación y no al reducido
cuerpo electoral que lo eligió. Sus actos
y decisiones no necesitan la ratificación
popular. Tienen fuerza y valor jurídico
como si emergieran del cuerpo electoral nacional.
Incluso se arrogan el derecho a guardar silencio
sobre sus decisiones, declarando que existen intereses
y secretos de estado que los han obligado a adoptar
medidas que no pueden ser comunicadas a la población.
Pudiera tomar se como diferencia la rendición
de cuentas y la posibilidad de revocación
de mandato de los diputados, prevista en los artículos
84 y 85 de la Constitución.
Considero lo anterior como una de las tantas
falacias demagógicas de la mal llamada
democracia socialista cubana.
Los diputados nunca mantienen vínculos
con los distritos electorales que los eligieron.
Tampoco le rinden cuenta de su gestión
política en el gobierno.
Antes de la reforma constitucional de 1992, el
pueblo de Cuba no elegía a sus representantes
populares. En consecuencia, no tenía la
posibilidad de revocarlos. Después de la
citada reforma, la población sí
elige directamente a los diputados nacionales,
pero la Ley no. 89 de 1999 no nos reconoce como
sujetos facultados para revocar su mandato.
La antes mencionada disposición normativa,
desde su puesta en vigor, se ha aplicado una sola
vez. Se revocó el mandato de un delegado
municipal que pretendía abandonar el país
y efectivamente lo hizo. Queda en duda el grado
de compromiso y lealtad de nuestros representantes
con la revolución castrista.
Se evidencia, además, la falta de utilidad
práctica de la institución en nuestro
sistema político, no porque no haya inconformidad,
sino porque nuestros legisladores diseñaron
una fórmula de revocación que prácticamente
hace innecesaria la aplicación de la misma.
En el sistema legal cubano, la revocación
es nominal, nunca real. Su existencia impide que
el pueblo pueda interrumpir y terminar la permanencia
de los oportunistas que hoy nos gobiernan.
Si nuestro pueblo pudiera escoger los diputados,
que no propone ni nomina, si pudiera revocar directamente
el mandato de los mismos, estoy segura que no
estaría en el poder la dinastía
Castro. No olvidemos que para permanecer indefinidamente
en el poder, necesitan un mínimo de voto
popular.
Es verdad que votamos por ellos, pero antes tenemos
que soportar que los medios de comunicación
social nos inciten a utilizar el voto múltiple,
en bloque o por todos. Tenemos que tolerar que
nos repitan hasta el cansancio nuestro deber,
compromiso y lealtad con la dictadura. Aguantar
que los de los Comités de Defensa de la
Revolución nos toquen la puerta para acosarnos,
que nos chantajeen para obligarnos a ejercer el
voto.
Votar no significa escoger libremente a nuestros
representantes populares. Este derecho, reconocido
en la Declaración Universal de Derechos
Humanos, está vedado para el pueblo de
Cuba gracias a la estratégica forma de
elección y revocación de los parlamentarios
cubanos que garantiza su ilimitado mandato, pero
nunca la libertad de nuestra nación.
Participamos directamente en la política
sólo para escoger a un delegado que no
tiene conciencia del papel político asignado,
que no tiene poder ni autonomía para resolver
los graves problemas que afronta la población
de su comunidad, gracias a la ineficiente gestión
del gobierno.
Participamos pasivamente, por medio de unos representantes
que votamos pero no elegimos. En concordancia,
tenemos que tolerar a un puñado de oportunistas
que destruyen los cimientos de una sociedad que,
desde su mandato, se ha convertido en la nación
más explotada, reprimida y esclavizada
del orbe.
En Cuba no hay democracia, ni socialista ni burguesa.
Vivimos bajo un régimen autocrático
y despótico. Autocrático porque
el poder del estado es ejercido unipersonalmente
por un solo hombre. Despótico porque su
poder no conoce límites en las leyes del
sistema jurídico.
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