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SALUD
PUBLICA
Las
desventuras de Finita
Juan Carlos Linares Balmaseda
LA HABANA, julio (www.cubanet.org) - A Petra
Serafina Díaz Castillo se le conoce por
Finita. Tiene 85 años y hasta hace poco
poseía una salud física y mental
envidiable. Conoció en carne propia el
presidio político cubano. Pasó casi
diez años presa porque colaboró
con grupos de alzados que a principio de los años
sesenta enfrentaban en Las Villas, a punta de
armas, al gobierno. Siempre fue una opositora
comedida y declarada. Últimamente apoyaba
cualquier actividad pacífica antigubernamental.
Hace unos días se sintió mal. Amigos
cercanos fueron en busca del médico de
familia, pero este no se encontraba en el consultorio.
Pasó ese día. Al siguiente la llevaron
a la policlínica Julián Grimau,
ubicada cerca de su casa, en el municipio Arroyo
Naranjo. No había agua, y por tanto, tampoco
análisis.
A media mañana del tercer día, un
sábado, Finita seguía con fiebre
alta y la llevaron al cuerpo de guardia del hospital
Julio Trigo, donde se le tomó una placa
de pulmones y análisis de sangre.
Según el médico de guardia, la placa
reveló una neumonía y había
que ingresar a Finita. Eran las 4 de la tarde
y los trámites reglamentarios para el ingreso
se eternizaban. La anciana soportó más
de cuatro horas acostada en una camilla sin orinar,
pues las cuñas desaparecieron del cuerpo
de guardia. Una enfermera facilitó, a falta
de cuña, la tapa de un termo de comida.
Sin embargo, los bordes eran tan cortantes que
impidieron orinar a Finita. Tampoco pudo tomar
agua, pues los vasos para los pacientes también
brillaban por su ausencia. Ni siquiera había
una hoja de papel para confeccionar un vaso.
Ya en el cubículo 5 C, pasaría otra
hora en cama esperando el enfermero que instaló
el suero indicado. Al tercer día de su
ingreso, el médico de sala, de apellido
Roig, dijo haber notado una mancha en uno de los
pulmones de Finita, y que una broncoscopía
confirmaría el diagnóstico de cáncer.
En la historia clínica de ella se señalaba
hipertensión arterial y diabetes.
Pasaron cuatro días. En ayunas la llevaron
al laboratorio antes de las ocho de la mañana.
A las once no se le había efectuado la
prueba, que consistía en introducirle una
manguera por la nariz para extraerle líquidos
del supuesto pulmón enfermo. Sentada en
una silla de ruedas Finita comenzó a hablar
incoherencias, perdida la mirada. A las doce el
técnico anunció que el equipo estaba
roto. La devolvieron a la sala. A la siguiente
mañana, una tomografía axial computarizada,
confirmó un infarto cerebral.
Un domingo, justo al octavo día de su ingreso,
sus amigos acordaron sacarla del hospital y traerla
de vueltas a su casa, aunque todavía enferma,
viva. También ella lo pedía con
apremio:
-¡Sáqueme de aquí antes de
que me maten!
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