PRENSA INDEPENDIENTE
Enero 29, 2007

POLITICA
La cultura como representación teatral

Miguel Iturria Savón

LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - La lectura de los mensajes cruzados entre Reinaldo González, Desiderio Navarro y otros creadores sorprendidos por la aparición televisiva de Pepín Serguera y Luis Pavón Tamayo, ex presidentes del Instituto Cubano de Radio y Televisión y del Consejo Nacional de Cultura, respectivamente, me hace pensar en la vigencia del trauma psicológico provocado por las persecuciones de esos personajes contra artistas y escritores excluidos y humillados, durante el conato de instrumentación del realismo socialista en las décadas del setenta y el ochenta del siglo pasado.

Aunque la estrategia de exclusión y marginalidad continuó su camino con otros pavones y sergueras, vale la pena reconocer la justa indignación de quienes padecieron en su piel las normativas inquisidoras impuestas a los intelectuales por un diseño político censurante, que vio en la discusión y el debate una amenaza a la seguridad nacional. Se quiso sepultar el natural desenvolvimiento de las expresiones espirituales de nuestra nación e imponer un canon revolucionario basado en la unidad, la represión y la anulación de las diferencias.

El ejercicio autoritario redujo la cultura a la representación teatral. Todo estuvo en función de la imagen pública. La confrontación política negó la pluralidad de voces y estilos propios del eclecticismo creador cubano. La doblez y la desconfianza cabalgaron en silencio como cartas de presentación. Los intelectuales que se cobijaron en la sombra del nuevo poder empujaron al exilio a los divergentes (excluidos del ámbito literario insular), que devino tierra de excepción, pues a fuerza de aislamiento y de intromisión política nuestra cultura osciló entre el aldeanismo y el afán de universalidad.

La censura, el miedo y la claustrofobia llevaron a muchos artistas, escritores y artistas al exilio. Los que se quedaron asumieron la invisibilidad y la muerte cívica, o se convirtieron en cortesanos de un régimen que aprendió a agasajarlos como "representantes de la resistencia".

La aplicación de la cínica dialéctica de los de adentro y los de afuera, y el control estatal de cada hecho cultural dejó en el limbo de la espera a intelectuales como Jorge Mañach y José Lezama Lima, Gastón Baquero y Virgilio Piñera, Cabrera Infante y Reinaldo Arenas; mientras Nicolás Guillén y Alejo Carpentier eran sobredimensionados por su compromiso estético y social.

Hubo exclusiones y jerarquizaciones en todos los sectores. El vacío creador afectó por igual al teatro, las artes plásticas, la arquitectura, la música, el cine y la literatura. El cine, convertido en instrumento de propaganda revolucionaria, pudo renacer después como arte vivo, con cierta densidad y alto valor estético. La involución del teatro fue patética. La arquitectura, reducida a proyectos constructivos de alcance popular, solo puede exhibir en medio siglo el edificio concebido por Nicolás Quintana frente al malecón habanero, las instalaciones del Instituto Superior de Arte, el Palacio de las Convenciones y algunos hoteles recientes en Miramar, Varadero y Cayo Largo. La imágenes arquitectónicas del país siguen siendo las de La Habana colonial y moderna de los años veinte al cincuenta.

Cuando en las décadas de los ochenta y los noventa se intentó recuperar la memoria histórica y cultural en función del equilibrio nacional, hubo que convocar a los difuntos. Sólo los que murieron en el "inxilio" merecieron la recuperación selectiva y gradual de sus obras. Los creadores del exilio siguieron en su destierro cual fantasmas sin voz en la isla que los vio crecer. Heberto Padilla y Guillermo Cabrera Infante son ejemplos elocuentes de los grandes excluidos, ausentes aún de las editoriales, los programas de estudio y los diccionarios.

Ahora que la crisis del modelo político cubano se hunde en el fango con parte de sus íconos culturales, los burócratas que controlan la televisión se atreven a exaltar a los inquisidores que parametraron la creación al compás de aquelarres y demonizaciones. La diatriba en torno a esos "viejos pánicos" es oportuna y necesaria. No son tiempos de epifanías ni pavonadas. Los manotazos de plomo pertenecen al pasado.


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