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POLITICA
La cultura como representación teatral
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) -
La lectura de los mensajes cruzados entre Reinaldo
González, Desiderio Navarro y otros creadores
sorprendidos por la aparición televisiva
de Pepín Serguera y Luis Pavón Tamayo,
ex presidentes del Instituto Cubano de Radio y
Televisión y del Consejo Nacional de Cultura,
respectivamente, me hace pensar en la vigencia
del trauma psicológico provocado por las
persecuciones de esos personajes contra artistas
y escritores excluidos y humillados, durante el
conato de instrumentación del realismo
socialista en las décadas del setenta y
el ochenta del siglo pasado.
Aunque la estrategia de exclusión y marginalidad
continuó su camino con otros pavones y
sergueras, vale la pena reconocer la justa indignación
de quienes padecieron en su piel las normativas
inquisidoras impuestas a los intelectuales por
un diseño político censurante, que
vio en la discusión y el debate una amenaza
a la seguridad nacional. Se quiso sepultar el
natural desenvolvimiento de las expresiones espirituales
de nuestra nación e imponer un canon revolucionario
basado en la unidad, la represión y la
anulación de las diferencias.
El ejercicio autoritario redujo la cultura a la
representación teatral. Todo estuvo en
función de la imagen pública. La
confrontación política negó
la pluralidad de voces y estilos propios del eclecticismo
creador cubano. La doblez y la desconfianza cabalgaron
en silencio como cartas de presentación.
Los intelectuales que se cobijaron en la sombra
del nuevo poder empujaron al exilio a los divergentes
(excluidos del ámbito literario insular),
que devino tierra de excepción, pues a
fuerza de aislamiento y de intromisión
política nuestra cultura osciló
entre el aldeanismo y el afán de universalidad.
La censura, el miedo y la claustrofobia llevaron
a muchos artistas, escritores y artistas al exilio.
Los que se quedaron asumieron la invisibilidad
y la muerte cívica, o se convirtieron en
cortesanos de un régimen que aprendió
a agasajarlos como "representantes de la
resistencia".
La aplicación de la cínica dialéctica
de los de adentro y los de afuera, y el control
estatal de cada hecho cultural dejó en
el limbo de la espera a intelectuales como Jorge
Mañach y José Lezama Lima, Gastón
Baquero y Virgilio Piñera, Cabrera Infante
y Reinaldo Arenas; mientras Nicolás Guillén
y Alejo Carpentier eran sobredimensionados por
su compromiso estético y social.
Hubo exclusiones y jerarquizaciones en todos los
sectores. El vacío creador afectó
por igual al teatro, las artes plásticas,
la arquitectura, la música, el cine y la
literatura. El cine, convertido en instrumento
de propaganda revolucionaria, pudo renacer después
como arte vivo, con cierta densidad y alto valor
estético. La involución del teatro
fue patética. La arquitectura, reducida
a proyectos constructivos de alcance popular,
solo puede exhibir en medio siglo el edificio
concebido por Nicolás Quintana frente al
malecón habanero, las instalaciones del
Instituto Superior de Arte, el Palacio de las
Convenciones y algunos hoteles recientes en Miramar,
Varadero y Cayo Largo. La imágenes arquitectónicas
del país siguen siendo las de La Habana
colonial y moderna de los años veinte al
cincuenta.
Cuando en las décadas de los ochenta y
los noventa se intentó recuperar la memoria
histórica y cultural en función
del equilibrio nacional, hubo que convocar a los
difuntos. Sólo los que murieron en el "inxilio"
merecieron la recuperación selectiva y
gradual de sus obras. Los creadores del exilio
siguieron en su destierro cual fantasmas sin voz
en la isla que los vio crecer. Heberto Padilla
y Guillermo Cabrera Infante son ejemplos elocuentes
de los grandes excluidos, ausentes aún
de las editoriales, los programas de estudio y
los diccionarios.
Ahora que la crisis del modelo político
cubano se hunde en el fango con parte de sus íconos
culturales, los burócratas que controlan
la televisión se atreven a exaltar a los
inquisidores que parametraron la creación
al compás de aquelarres y demonizaciones.
La diatriba en torno a esos "viejos pánicos"
es oportuna y necesaria. No son tiempos de epifanías
ni pavonadas. Los manotazos de plomo pertenecen
al pasado.
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