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CULTURA
Recordemos a Virgilio
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) -
Un estudioso de nuestras letras me pidió
desde Galicia unos libros de Virgilio Piñera
(Cárdenas, 1912; La Habana, 1979). Sólo
pude enviarle los Cuentos completos, editado por
Letras Cubanas en 2004 sobre una antología
similar (Ediciones Ateneo, 2002). El volumen posee
un prólogo excelente de Antón Arrufat,
discípulo y albacea de la obra de Piñera.
Virgilio Piñera vivió y creó
casi toda su obra literaria en la marginación
y el ostracismo. Tal vez por ello fue un autor
obsesionado por el tiempo. Fechaba sus relatos
en el momento exacto en que los terminaba. El
tiempo y el espacio insular marcaron su vida y
parecen deslizarse como personajes en algunos
de sus dramas y relatos.
En la década de los años cuarenta
se afilió a la revista Orígenes,
pero rompió sus vínculos con José
Lezama Lima y marchó a Buenos Aires, donde
permaneció más de diez años
en conato de silencio con los escritores de Sur.
Desde la capital de Argentina laboró con
esmero para la revista Ciclón. Regresó
a la isla a fines de 1958. Meses después
Guillermo Cabrera Infante lo incorporó
a la nómina del semanario cultural Lunes
de Revolución, que promovió sus
cuentos, poemas y reseñas críticas.
Al cierre de Lunes de Revolución pasó
a la Editora Nacional como traductor de francés.
En ese período de luz logró estrenar
sus excepcionales piezas teatrales.
Pero el tono humorístico de sus obras y
el clima de aprensión y temores contra
los homosexules llevó a Virgilio a la marginalidad
desde 1965 hasta su muerte. Asumió con
dignidad el ambiente homofóbico y normativo
que reinaba en las instituciones revolucionarias
encargadas de poner la cultura en función
del poder.
"Tuvo la presencia del ausente obligado",
dijo Arrufat al evocar al maestro en esos "tiempos
de grisura y atonía" para la cultura
cubana.
Los contemporáneos de Virgilio lo recuerdan
como un portento de la literatura cubana. Era
ágil y delgado, de ojos claros y espejuelos
de miope. Llevaba siempre un paraguas colgado
del brazo. Lo describen como agresivo y difícil,
temeroso y provocador, pobre y excéntrico.
Señalan que vivió al margen de los
centros de poder y que rompía con los círculos
intelectuales sin reparar en amigos ni en proyectos
comunes.
Aunque Piñera fue realmente un personaje
mítico que integró la categoría
social del marginado, sus dramas y relatos revelan
el nexo íntimo entre su vida, su pensamiento
y su peculiar manera de escribir.
Los aspectos externos que poblaron su travesía
existencial incidieron en su obra literaria, pero
no sobrepasan la zona oscura de su personalidad.
Los seres fantasmales de su universo creativo
tienen mucho que ver con la precariedad de su
vida, siempre al borde de la incertidumbre.
El autor de Cuentos fríos (1956) escribió
más de cien relatos, varias novelas, poemas
y una decena de obras teatrales que renovaron
la escena cubana del siglo XX. Fue un maestro
del absurdo. Usó la paradoja como punto
de partida. Satirizó las aberraciones humanas
mediante hechos, lugares y personajes inverosímiles.
En uno de sus cuentos más paródicos
señaló: "La seriedad de un
payaso es su propia payasería, con ella
realiza todos los actos de su existencia, y si
alguien, en un estado de payasos, tiene la temeridad
de destacarse, fatalmente deberá pagar
las consecuencias de su temeridad".
Solo después de su muerte comenzó
la lenta y temerosa rehabilitación de este
escritor. Sus piezas dramáticas retornaron
a los teatros. Las editoriales volvieron la mirada
sobre sus cuentos y novelas. Los críticos
recibieron luz verde para juzgar su poética.
La noche de la censura había pasado. La
cultura nacional recibía en su seno a un
autor polémico y proteico que describió
con inalterable tranquilidad las historias más
insólitas sin paliativos espirituales.
Los críticos presentan aún la imagen
de Piñera como el gran antagonista de Lezama
Lima, pues Piñera anteponía los
hechos a las palabras, el cuerpo al alma. No es
un barroco. Repudiaba la solemnidad, la seriedad
y los gestos grandilocuentes. Su escritura (sencilla
y opaca) no exalta los paradigmas históricos
ni locales. Sus personajes -sin perfiles físicos
ni sociológicos- habitan un entorno de
penuria. Es pues, un renovador que empleó
procedimientos marginales y aún influye
en narradores y dramaturgos.
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