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HISTORIA
Un paseo por la calle Obispo
Richard Roselló
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) -
Quienes transitaban por la calle Obispo en 1840
encontrarían a ambos lados varios establecimientos
italianos. Pensemos en un hipotético transeúnte:
Ha salido del almacén de partituras e instrumentos
musicales ubicado en el No. 53 de la concurrida
calle. Se detiene entonces en La Ingenuidad, peluquería
de Floricio Fazali, estilista de la ópera.
Tras un buen corte del cabello, nada mejor que
un sombrero de paja de Italia. Y allá va
nuestro amigo a recogerlo. ¿Será
blanco, negro? Lo estará esperando en la
sombrerería de Obispo 105, conocida como
"Tienda de Florencia". Guillermo Corsini
poseía en dicha calle una fábrica
de objetos de ornato y bronce, mientras Fernando
Rogusa era dueño de la galería de
pintura Panorama.
Los comerciantes italianos formaban un grupo pequeño
comparado con los españoles y criollos.
Se ubicaban después de los norteamericanos,
franceses, ingleses y alemanes, concentrándose
mayormente en La Habana. Su presencia fue más
predominante en la primera mitad del siglo XIX.
El amigo paseante va de almacén en almacén
recorriendo La Habana intramuros. Más tarde
atravesará la muralla por la puerta de
Monserrate y enrumbará hacia la calle Águila,
esquina a San Rafael, donde el maestro Juan Galleta,
maestro de esgrima, aficionado al tiro al blanco,
es dueño de una tienda especializada en
la venta de armas.
Cronistas e investigadores ofrecen ejemplos concretos
de establecimientos y comerciantes italianos asentados
en otras ciudades. En las Crónicas de Santiago
de Cuba, Emilio Bacardí nos dice que la
confitería, repostería y restaurante
La Meridiana, que pasó a manos de los italianos
Fazzoli y Bottiglio, se convirtió en el
mayor establecimiento de aquella ciudad oriental.
A pesar de no estar insertadas entre los mayores
mercados de abastecimiento de la Isla (Estados
Unidos, Gran Bretaña, España, Alemania,
Francia, Holanda y Bélgica) las mercaderías
italianas compitieron con éxito. Lencerías,
vinos, aceites, morteros de mármol y metales
eran parte de las principales mercancías
que Italia canjeaba con la Isla durante las tres
últimas décadas del siglo XVIII.
Los navíos genoveses partían a su
regreso cargados con azúcar y tabaco. Desde
las primeras décadas del 1800 los buques
arribaban directamente a los puertos cubanos para
surtirlos de los más disímiles artículos:
zapatos de Génova, semillas, juguetes,
quesos, pastas, papel, medicinas, azulejos, municiones,
sombreros de Toscana, ladrillos, camisas, libros.
La continua importación de estos y otros
géneros contribuyó a asentar gustos
e incluso pautas culinarias. Fueron italianos
quienes difundieron en la Isla la preferencia
por el helado, así como otros platos ya
tradicionales en la cocina cubana.
Un italiano, Vicente Cerdero, era propietario
en 1829 de la nevería Atenas, contigua
al Paseo del Prado. A mitad del siglo se venden
helados de todos los sabores (piña, limón,
chocolate, fresa), y no hay café que no
ofrezca el refrescante aperitivo.
Detrás de estos alimentos hubo también
buenos cocineros radicados en la capital y otros
sitios del país. En Diario de La Habana
del 5 de enero de 1841, se da cuenta de un acreditado
cocinero italiano que ofrece toda clase de manjares
en la Gran Fonda de la Bella Europa.
El 6 de diciembre de 1841 el mismo diario informó
que "en la Calzada de San Luis Gonzaga No.
14, frente al mercado de Tacón, se ha abierto
una nueva fonda llamada La Bella Italia".
Por supuesto, un italiano era el maestro de cocina.
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