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PRISIONES
Guantánamo entre rejas
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - En
los pasillos del recuerdo siento la presencia
de aquellas ratas en vela hurgando en mis pertenencias.
Sus expresiones monocordes, intermitentes colocándose
dentro del elenco de intérpretes: búhos,
mosquitos, aullidos perrunos y algunas cucarachas
rasgando con sus patas el nylon con azúcar
blanca.
El cóctel sonoro era una constante en
cada noche terriblemente oscura. Me convencí
que la nocturnidad se intensifica con el odio
y la malicia. Además, como luz sólo
podía contar con el leve resplandor de
una bombilla que era un detalle sin importancia
ante el rigor de las tinieblas.
A dos cuartas de mis pies emergía el
hedor de mis evacuaciones. Era una erupción
de olores demoníacos despachados por aquel
orificio de unos 10 centímetros de diámetro.
Mi servicio sanitario sembrado en el piso. Un
hueco. La parte más visible de una fosa
donde se contorneaban los gusanos -allá
abajo, en las profundidades- con una pasión
que mis ojos captaban en unas miradas huidizas
y con la marca del asombro.
Los nidos de las avispas mostraban cierta perfección
empotrados en el techo. Lo construían durante
el día mediante continuos viajes al exterior
de la celda para traer la materia prima: pequeñas
porciones de tierra convertidas finalmente en
conos muy delineados y resistentes.
Al principio de mi estadía allí,
temía sus picadas, pero llegamos a tolerarnos
sin que hubiera ningún incidente. Llegué
a profesarles afecto. Eran de alguna manera mis
huéspedes junto al nutrido ejército
de hormigas, los pelotones de moscas y las diminutas
arañas sobre sus telares.
Supe el sabor del agua mezclada con tierra. Bebía
el fango con determinación. Otras posibilidades
eran sólo practicables dentro de los límites
de las ilusiones. Con la diaria ingestión
llegaron las amebas. Entre los paliativos y las
infecciones repetidas se cimentó la vulnerabilidad
física con la aparición o agravamiento
de varias dolencias.
Aparte del agua sucia, el estómago recibía
arroz en pegostes y con piedrecillas, frijoles
al parecer cocidos en las calderas del infierno.
O en sustitución sopa de cuero bovino.
Mi memoria aún retiene los trozos de piel
con la erizada pelambre flotando en la superficie
de aquel líquido amarillo que agredía,
sin clemencia, mis jugos gástricos y mi
conciencia.
¿El plato fuerte? Un engrudo de harina
de trigo con tufo a aguas albañales. Se
le denominaba, aunque resulte increíble,
pasta alimenticia. En ocasiones restos de un pescado
de agua dulce llamado tenca. Del pez sólo
llegaban las espinas y un olor ideal para las
náuseas.
Dos veces al mes se distribuía la comida
especial. Algo más humano, menos brutal,
un paréntesis en la secuencia de barbaries.
Estos son apenas briznas de mis recuerdos del
Combinado Provincial de Guantánamo. Una
prisión donde pude constatar las sombras
de la civilización. Allí descubrí
la zona donde el hombre logra una veraz imitación
de las bestias.
Quisieron destruir mi psiquis, trastocar mi identidad
primero con el aislamiento y después con
la compañía de criminales y lunáticos.
Por fortuna, y gracias a Dios, estoy aquí
para contarlo. Me castigaron y me castigan por
pensar a contracorriente, por no aceptar la doble
moral, por pedir pluralidad y tolerancia.
Fueron casi dos años tras las rejas. Los
agrios recuerdos de Guantánamo. La marca
de la irracionalidad. Cindy Sheehan y sus colegas
pacifistas estuvieron en Cuba para exigir el cierre
de la prisión que los norteamericanos tiene
en Guantánamo. Hay otra cárcel en
este territorio que también merece la crítica
y la clausura. Lo dice alguien que pensó
no salir con vida de este sitio abominable.
liverajorge75@yahoo.com
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