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OLA
REPRESIVA
Morir con dignidad
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) -
Miguel Valdés Tamayo nos dijo adiós.
Murió con sus ideas pulcras, la sencillez
que despedía junto a una sonrisa hecha
de franquezas y espontaneidad.
Pude observarlo a distancia aquella primavera
de 2003 que nos trajo la cárcel e hizo
del dolor un parámetro fijo. En esas órbitas
estuvimos, y aún están muchos de
los condenados en el proceso que borró
la línea entre la justicia y el horror.
Ibamos en el mismo ómnibus. Alrededor de
dos docenas de prisioneros de conciencia seríamos,
en breve, repartidos por diversas prisiones a
lo largo de la isla. Pregunté a varios
colegas por la identidad de él y de otros
que no conocía. De los interpelados nadie
pudo darme una respuesta satisfactoria. No obstante,
sabía que era otro inocente lanzado al
abismo de la desidia por un tribunal despojado
de imparcialidad.
Todos mostrábamos en el rostro las señales
de las torturas psicológicas. Habían
transcurrido más de 30 días de encierro
en celdas tapiadas bajo el influjo de una luz
fluorescente que nunca se apagó, sin apenas
ventilación y un espacio concebible para
una persona, ocupado por cuatro.
Para rebajarnos moralmente los captores decidían
mezclarnos con delincuentes comunes. De ahí
los semblantes demacrados, la merma en el peso
corporal. Cada uno tenía un guardia a su
lado. Sin embargo, en aquel momento nada pudo
contra la euforia que brotó a raíz
del encuentro. No dudo que los temores levitaban
dentro del autobús.
A casi cuatro años del acontecimiento puedo
recordar los destellos de esperanza y el espíritu
de confraternidad que se produjo, disminuidos
por la intervención de nuestros custodios,
pero de ninguna manera eliminados.
Miguel Valdés Tamayo ocupaba un lugar en
los primeros asientos. Yo, desde el fondo, pude
captar la imagen de quienes me eran desconocidos
y convencerme de que la integridad y la ética
reinaban.
En ninguno de los presentes habitaba el fantasma
de claudicación. A Miguelito le tocaron
15 años de cárcel, al igual que
a Adolfo Fernández Sainz. Tal condena fue
asumida con firmeza. La razón siempre estuvo
de nuestra parte.
Tamayo, como solía llamarlo, no hizo más
que proclamar la necesidad de instaurar en Cuba
un estado de derecho, denunciar las iniquidades
del dogma totalitario, abogar por una república
sin el velo de los fundamentalismos.
No me tiembla el pulso al escribir que murió
íntegro, ajeno a las culpas fabricadas
en los talleres del odio. Por eso se le recuerda
con cariño y tristeza como a un miembro
de la familia.
Enfermo, buscó curarse en un exilio que
nunca se concretó. Las autoridades migratorias
le negaron la autorización para salir.
Lo hostigaron de mil maneras, señalándole
el camino de la muerte.
Compartíamos un escenario similar. Él
ya no está. Yo aún espero por ese
permiso después de una licencia extrapenal
por motivos de salud. Quizás tenga que
morir prácticamente asesinado como le ocurrió
este 10 de enero a Tamayo.
Adolfo Fernández, Ricardo González,
Pedro Argüelles, y muchos más también
son candidatos a la muerte. Pues están
allá lejos de sus hogares y sometidos a
la crueldad del encierro por ejercer el derecho
de manifestarse sin miedos ni condiciones.
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