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CULTURA
Restauración y vandalismo
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) -
A pesar del tiempo, el clima; los avatares históricos
y la siesta revolucionaria que frenó la
ampliación urbana de nuestra capital, es
posible encontrar entre las calles estrechas y
las casas en línea del casco histórico
de La Habana, algunos palacios públicos
y privados que modifican con su presencia paisaje
citadino, y evocan el anhelo de perdurabilidad
de los hombres del pasado.
Aunque el proyecto restaurador cambia el uso
de los inmuebles y afecta a veces la concepción
inicial de sus creadores, es encomiable el esfuerzo
por devolver a la capital cubana parte de su patrimonio
tangible, lo cual constituye un mensaje contra
la indiferencia y la actitud de inmediatez de
funcionarios y pobladores, que sólo piensan
en la adecuación de viejas mansiones para
el turismo, o para multiplicar los solares y las
casas de tránsito que solucionen el problema
de la vivienda.
Desde el siglo pasado la evolución de
la arquitectura insular dependió del nivel
económico de los propietarios y vecinos,
de los criterios utilizados en las edificaciones
y de los materiales que propiciaba el entorno.
Tal vez por ello se conservó el bohío
en las zonas rurales, aunque con cierta diferencia
en la distribución espacial y en la composición
familiar de sus ocupantes, quienes respondían
a otro esquema cultural y a un contenido étnico
español, sobre todo canario.
Si bien en la Isla no se aprecia el nivel arquitectónico-artístico
alcanzado en México y Perú durante
el colonialismo, las fortalezas militares y algunas
obras religiosas y civiles de La Habana, Santiago
de Cuba, Trinidad y otras ciudades, lograron una
personalidad propia por su monumentalidad desde
fines del siglo XVIII, momento en que coinciden
el crecimiento poblacional con el auge de las
plantaciones azucareras y tabacaleras. A esa etapa
corresponde el imponente Palacio de los Capitales
Generales -actual museo de la ciudad-, que anuncia
las edificaciones neoclásicas, el cese
del predominio del barroco y el esplendor arquitectónico
del siglo XIX.
En la denominada casa colonial cubana del entorno
urbano y, en menor medida, en la residencia rural
que construían los hacendados en la cercanía
de sus fincas e ingenios se aprecia la influencia
de los modelos europeos traídos desde la
península Ibérica. La semejanza
no obedeció solamente a los materiales
utilizados, sino a la estructura de sus techos,
la distribución espacial, el nivel económico
de la familia y la incidencia del clima, que exigía
adecuaciones al exceso de luz, de lluvia y calor.
Las residencias de funcionarios y comerciantes
ricos expresan las huellas de lo andaluz, del
caserío vasco, navarro, gallego o asturiano,
según el origen del propietario. Casi todas
poseían una planta baja para el almacén,
el despacho de trabajo y los carruajes. Disponían
de un entrepiso para alojar a los esclavos o empleados
de confianza. En la planta alta residía
la familia. El palacete de Martín Aróstegui,
por ejemplo, recuerda la antigua casa navarra.
La mansión, situada en la calle Tacón,
esquina a Empedrado, en la parte vieja de La Habana
ha sido restaurada y convertida en centro de ventas
artesanales.
Muy cerca de allí reapareció otra
mansión del XIX bajo el título de
Hostal San Miguel. Algo similar se aprecia en
la casa del marqués de Jústiz, en
la esquina de Baratillo desde 1680; así
como la Casa de la Obra Pía, donada en
1669 a las huérfanas de la capital por
Martín Calvo de la Puerta. Reaparecieron
también la casa del obispo Espada y Landa,
nueva sede de la Sociedad Dante Alighieri; así
como la casona del historiador Félix de
Arrate, en la Plaza Vieja, destinada al Museo
postal y colindante con el Palacio de los Condes
de Jaruco, que aloja al monopolista Fondo Cubano
de Bienes culturales.
Desde hace unas décadas el ya restaurado
Palacio de Aldama acoge en sus salones al Instituto
de historia de Cuba. La obra, edificada por el
negrero vizcaíno Domingo Aldama y Arechaga
entre 1840 y 1845, está constituida por
dos residencias, la de Aldama y la de su yerno,
el polémico escritor Domingo del Monte.
El edificio de estilo neoclásico y escala
grandiosa, considerado por J. Weis como la más
espléndida mansión urbana de la
época colonial, es sede, además,
de los moradores de la noche, pues los mendigos
se alojan en su enorme portal, escenario de prostitutas
y drogadictos, que lo convierten en lupanar y
baño público.
El Palacio de Aldama es un caso de conservación
y asedio marginal. El constaste entre la majestuosa
obra del pasado y el presente de vandalismo afecta
a casi todas las obras en restauración,
demoradas en exceso por el robo constante de los
materiales por parte de obreros y vecinos. Los
depredadores no piensan en los valores patrimoniales,
sino en satisfacer la urgencia de cada día.
Los testimonios de los especialistas de la Oficina
del Historiador de la Ciudad, a cargo del plan
de restauración y conservación de
monumentos, revelan la arista de un problema que
pasa por el financiamiento de recursos, el desvío
sistemático de éstos y la mala calidad
de las obras, siempre al borde de la parálisis
debido al vandalismo, la indiferencia de algunos
funcionarios y el uso desmedido de las edificaciones
para alojar a inmobiliarias, hoteles, museos y
oficinas estatales.
Conservar y proteger el legado patrimonial de
los siglos anteriores es un reto que humaniza
y eleva la calidad de vida de los ciudadanos y
de los visitantes de una ciudad apremiada por
otras urgencias. Se añade al vandalismo
que afecta este proyecto la concepción
epidérmica de los funcionarios que conciben
los inmuebles del pasado como joyas para turistas
u oficinas de lujo para centros estatales y extranjeros,
lo cual deja en el contén a las personas
que habitan en el entorno, y sólo pueden
disfrutar de las plazas y los parques.
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