PRENSA INDEPENDIENTE
Enero 15, 2007

CULTURA
Restauración y vandalismo

Miguel Iturria Savón

LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - A pesar del tiempo, el clima; los avatares históricos y la siesta revolucionaria que frenó la ampliación urbana de nuestra capital, es posible encontrar entre las calles estrechas y las casas en línea del casco histórico de La Habana, algunos palacios públicos y privados que modifican con su presencia paisaje citadino, y evocan el anhelo de perdurabilidad de los hombres del pasado.

Aunque el proyecto restaurador cambia el uso de los inmuebles y afecta a veces la concepción inicial de sus creadores, es encomiable el esfuerzo por devolver a la capital cubana parte de su patrimonio tangible, lo cual constituye un mensaje contra la indiferencia y la actitud de inmediatez de funcionarios y pobladores, que sólo piensan en la adecuación de viejas mansiones para el turismo, o para multiplicar los solares y las casas de tránsito que solucionen el problema de la vivienda.

Desde el siglo pasado la evolución de la arquitectura insular dependió del nivel económico de los propietarios y vecinos, de los criterios utilizados en las edificaciones y de los materiales que propiciaba el entorno. Tal vez por ello se conservó el bohío en las zonas rurales, aunque con cierta diferencia en la distribución espacial y en la composición familiar de sus ocupantes, quienes respondían a otro esquema cultural y a un contenido étnico español, sobre todo canario.

Si bien en la Isla no se aprecia el nivel arquitectónico-artístico alcanzado en México y Perú durante el colonialismo, las fortalezas militares y algunas obras religiosas y civiles de La Habana, Santiago de Cuba, Trinidad y otras ciudades, lograron una personalidad propia por su monumentalidad desde fines del siglo XVIII, momento en que coinciden el crecimiento poblacional con el auge de las plantaciones azucareras y tabacaleras. A esa etapa corresponde el imponente Palacio de los Capitales Generales -actual museo de la ciudad-, que anuncia las edificaciones neoclásicas, el cese del predominio del barroco y el esplendor arquitectónico del siglo XIX.

En la denominada casa colonial cubana del entorno urbano y, en menor medida, en la residencia rural que construían los hacendados en la cercanía de sus fincas e ingenios se aprecia la influencia de los modelos europeos traídos desde la península Ibérica. La semejanza no obedeció solamente a los materiales utilizados, sino a la estructura de sus techos, la distribución espacial, el nivel económico de la familia y la incidencia del clima, que exigía adecuaciones al exceso de luz, de lluvia y calor.

Las residencias de funcionarios y comerciantes ricos expresan las huellas de lo andaluz, del caserío vasco, navarro, gallego o asturiano, según el origen del propietario. Casi todas poseían una planta baja para el almacén, el despacho de trabajo y los carruajes. Disponían de un entrepiso para alojar a los esclavos o empleados de confianza. En la planta alta residía la familia. El palacete de Martín Aróstegui, por ejemplo, recuerda la antigua casa navarra. La mansión, situada en la calle Tacón, esquina a Empedrado, en la parte vieja de La Habana ha sido restaurada y convertida en centro de ventas artesanales.

Muy cerca de allí reapareció otra mansión del XIX bajo el título de Hostal San Miguel. Algo similar se aprecia en la casa del marqués de Jústiz, en la esquina de Baratillo desde 1680; así como la Casa de la Obra Pía, donada en 1669 a las huérfanas de la capital por Martín Calvo de la Puerta. Reaparecieron también la casa del obispo Espada y Landa, nueva sede de la Sociedad Dante Alighieri; así como la casona del historiador Félix de Arrate, en la Plaza Vieja, destinada al Museo postal y colindante con el Palacio de los Condes de Jaruco, que aloja al monopolista Fondo Cubano de Bienes culturales.

Desde hace unas décadas el ya restaurado Palacio de Aldama acoge en sus salones al Instituto de historia de Cuba. La obra, edificada por el negrero vizcaíno Domingo Aldama y Arechaga entre 1840 y 1845, está constituida por dos residencias, la de Aldama y la de su yerno, el polémico escritor Domingo del Monte. El edificio de estilo neoclásico y escala grandiosa, considerado por J. Weis como la más espléndida mansión urbana de la época colonial, es sede, además, de los moradores de la noche, pues los mendigos se alojan en su enorme portal, escenario de prostitutas y drogadictos, que lo convierten en lupanar y baño público.

El Palacio de Aldama es un caso de conservación y asedio marginal. El constaste entre la majestuosa obra del pasado y el presente de vandalismo afecta a casi todas las obras en restauración, demoradas en exceso por el robo constante de los materiales por parte de obreros y vecinos. Los depredadores no piensan en los valores patrimoniales, sino en satisfacer la urgencia de cada día.

Los testimonios de los especialistas de la Oficina del Historiador de la Ciudad, a cargo del plan de restauración y conservación de monumentos, revelan la arista de un problema que pasa por el financiamiento de recursos, el desvío sistemático de éstos y la mala calidad de las obras, siempre al borde de la parálisis debido al vandalismo, la indiferencia de algunos funcionarios y el uso desmedido de las edificaciones para alojar a inmobiliarias, hoteles, museos y oficinas estatales.

Conservar y proteger el legado patrimonial de los siglos anteriores es un reto que humaniza y eleva la calidad de vida de los ciudadanos y de los visitantes de una ciudad apremiada por otras urgencias. Se añade al vandalismo que afecta este proyecto la concepción epidérmica de los funcionarios que conciben los inmuebles del pasado como joyas para turistas u oficinas de lujo para centros estatales y extranjeros, lo cual deja en el contén a las personas que habitan en el entorno, y sólo pueden disfrutar de las plazas y los parques.


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