PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 28, 2007

SOCIEDAD
Una singular forma de protesta

Amarilis C. Rey, Cuba-Verdad

LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) - La rastra, llamada camello, se deslizaba veloz por la calzada de 10 de octubre. La aglomeración de personas en su interior es común en todos los viajes, debido al colapso del transporte público, más crítico en Ciudad de La Habana.

De pronto, una voz grave empequeñeció el bullicio reinante. Un hombre entonaba una canción desde su asiento, en la parte derecha del vehículo. Terminaba una canción y empezaba otra, recibidas con beneplácito por algunos, y rechazadas por otros, que vociferaban:

-¡Cállate, viejo!

Al hombre no parecía importarle el rechazo a su espontánea actuación, y entre un número y otro comenzó a intercalar un discurso reiterado y cansón, pero que no incitaba a hacer nuevos comentarios.

-Y al que no le guste vivir con la libreta de racionamiento, que se vaya. Yo no. Yo me quedo aquí. Y que venga la fiera, que la estoy esperando. El cubano es el mejor sistema que existe en el mundo, y yo de aquí no me voy. Allá los que no sean capaces de decir estas cosas como las digo yo.

A la charla del hombre, intercalada con los estribillos de las canciones, se sumaban los empujones, frenazos y las expresiones: "Un pasito más, por favor, todos queremos irnos", de quienes colgaban como racimos de las puertas del camello.

Así continuó aquel viaje que estaba por concluir en el reparto Eléctrico. Muy pocos pasajeros, ya todos sentados, escucharon sorprendidos la pregunta que dejó en el aire el improvisado cantor.

-¿Me creyeron? Seguro que pensaron que estaba borracho o loco.

El silencio fue la respuesta de los pasajeros, mientras el hombre pronunciaba estas palabras.

-Pues no, esa es mi forma de decir ante el público numeroso que esto es una mierda, que nada sirve, que aquí sólo viven bien el comandante y su grupo. Yo vivo bien, sí, pero porque mi familia manda dinerode España. Quien no tenga un familiar afuera, se muere de necesidad.

El silencio se convirtió en sonrisas cómplices. El hombre, vestido de blanco, abandonó con precisión cronométrica el transporte. Desapareció confundido entre el público, los edificios y la vegetación. Era el día de San Valentín. Muchos tenían motivos para celebrar. Aquel hombre también los tendría.


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