PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 27, 2007

SOCIEDAD
Ernestico es un hombre nuevo

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) - Desde su instauración y como eco fiel del desaparecido Estado Soviético, el régimen castrista ha querido apreciarse de modelo político, capaz de haber creado un Hombre con nuevos valores para la construcción de una sociedad ideal.

Sin embargo, aquella veintena de prisiones que existieron en el pasado capitalista se han multiplicado en 48 años de tal manera, que Cuba, en proporción con el número de sus habitantes, es uno de los países que más prisioneros comunes y políticos cuenta en el mundo: En unas ciento y tantas cárceles sobreviven cien mil personas, entre hombres y mujeres, con un altísimo por ciento de jóvenes pertenecientes a la raza negra y más de trescientos entre opositores pacíficos y periodistas independientes.

Cuenta el régimen además con éxodos compuestos en su mayoría por jóvenes, como el ocurrido en 1994, en el que pudieron salir del país alrededor de 30 mil personas en tres o cuatro semanas.

Antes de dar paso al testimonio de un joven negro cubano que se considera a sí mismo como un hombre nuevo, diremos que los requisitos para que un ciudadano pueda llamarse así dentro de un régimen totalitario de izquierda son, entre muchos otros: ser obediente a las órdenes de sus superiores, vivir en condiciones malas sin quejarse, aceptar cualquier tipo de sacrificio y exhortar a otros a que hagan lo mismo, etc.

En una carta enviada el 21 de junio de 1856 a su esposa Jenny dice Carlos Marx: "Sin embargo, el amor, no el amor al hombre, según Feuerbach, no, la transformación de la materia, según Moleschott, no; ni el amor al proletariado, sino el amor a la amante, el amor a ti, es lo que hace al hombre un hombre nuevo."

Ernestico está seguro de ser un hombre nuevo, aunque ha preferido decirnos sólo su nombre. Es nacido y criado en el municipio de Marianao. Muy cerca de la calle 100 y del Vertedero de la Dirección de Higiene, donde se deposita gran parte de la basura de la capital, está el edificio donde vivió con sus padres.

Recuerda cómo él y sus amigos corrían detrás de los buldózeres, sobre los desechos de basura y escombros y hasta le parece que el olor a humo y suciedad todavía lo lleva en la nariz, en las manos y hasta en sus ropas.

Estudió como cualquier pionero cubano, y juró miles de veces ser como el Che. Hasta lleva su nombre. No tuvo cabeza para llegar a la Universidad. Como él hay cientos de miles.

Ernestico tiene 35 años y se ha casado tres veces. Me abre su corazón y confiesa, sin pena alguna, que le gustaría irse a un país libre y vivir de su trabajo. En Cuba no puede. No quiere trabajarle al Estado por diez o quince chavitos al mes, el salario promedio: unos quince dólares. Eso se lo busca en un par de días si anda con suerte.

Me intereso en saber cómo, pero Ernestico me mira desconfiado. Luego sonríe. Se trata de algo que es ilegal, por lo que le han puesto ya varias multas.

Le pregunto si ha consumido drogas y de forma muy natural, nada sorprendido con mi pregunta, me dice que en la escuela; como cualquier estudiante cubano.

Termina diciéndome que es un vendedor ambulante y clandestino y que por esa razón ha estado preso en dos ocasiones. Cumplió su mayoría de edad en una granja de castigo.

Menos droga, vende cualquier cosa. Hasta una caja de muerto si se la proponen. Pero en realidad, lo que vende son trapeadores, haraganes y escobas que hacen a escondidas su tío y su padre.

Si viviera en un país libre, me dice, saldría por las carreteras de Cuba vendiendo sus productos, como hizo su abuelo en los años cincuenta, y sin que las autoridades lo molestaran. Es más, si logra irse de Cuba, como tiene soñado, será comerciante. Tiene habilidad para vender. Se trata de algo innato en él.

Pero estafar, como hacen tantos en la calle, nada de eso. El se considera un hombre nuevo aunque sin vínculos, eso sí, con el Estado. El Estado no podrá obligarlo a trabajar por un salario miserable.

Por suerte hasta tiene un certificado médico que lo ayuda para no ir a la construcción. Su infancia transcurrió entre las cucarachas, las ratas y las moscas del Vertedero y sobre todo, con aquella humareda tan desagradable que le originó su asma bronquial.

Le pregunto si se considera un hombre nuevo y me responde:

-Sí, claro que lo soy. No robo, no hago daño a nadie. Me busco los pesos para comer y para que coma mi familia. Si eso es lo que debe hacer el hombre de estos tiempos, soy un hombre nuevo.

¿Y comunista?, le pregunto.

-No, eso sí que no. Yo no soy un soplón.


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