| SOCIEDAD
Ernestico
es un hombre nuevo
Tania Díaz Castro LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org)
- Desde su instauración y como eco fiel del desaparecido Estado Soviético,
el régimen castrista ha querido apreciarse de modelo político, capaz
de haber creado un Hombre con nuevos valores para la construcción de una
sociedad ideal. Sin embargo, aquella veintena de prisiones que existieron
en el pasado capitalista se han multiplicado en 48 años de tal manera,
que Cuba, en proporción con el número de sus habitantes, es uno
de los países que más prisioneros comunes y políticos cuenta
en el mundo: En unas ciento y tantas cárceles sobreviven cien mil personas,
entre hombres y mujeres, con un altísimo por ciento de jóvenes pertenecientes
a la raza negra y más de trescientos entre opositores pacíficos
y periodistas independientes. Cuenta el régimen además con
éxodos compuestos en su mayoría por jóvenes, como el ocurrido
en 1994, en el que pudieron salir del país alrededor de 30 mil personas
en tres o cuatro semanas. Antes de dar paso al testimonio de un joven negro
cubano que se considera a sí mismo como un hombre nuevo, diremos que los
requisitos para que un ciudadano pueda llamarse así dentro de un régimen
totalitario de izquierda son, entre muchos otros: ser obediente a las órdenes
de sus superiores, vivir en condiciones malas sin quejarse, aceptar cualquier
tipo de sacrificio y exhortar a otros a que hagan lo mismo, etc. En una
carta enviada el 21 de junio de 1856 a su esposa Jenny dice Carlos Marx: "Sin
embargo, el amor, no el amor al hombre, según Feuerbach, no, la transformación
de la materia, según Moleschott, no; ni el amor al proletariado, sino el
amor a la amante, el amor a ti, es lo que hace al hombre un hombre nuevo." Ernestico
está seguro de ser un hombre nuevo, aunque ha preferido decirnos sólo
su nombre. Es nacido y criado en el municipio de Marianao. Muy cerca de la calle
100 y del Vertedero de la Dirección de Higiene, donde se deposita gran
parte de la basura de la capital, está el edificio donde vivió con
sus padres. Recuerda cómo él y sus amigos corrían
detrás de los buldózeres, sobre los desechos de basura y escombros
y hasta le parece que el olor a humo y suciedad todavía lo lleva en la
nariz, en las manos y hasta en sus ropas. Estudió como cualquier
pionero cubano, y juró miles de veces ser como el Che. Hasta lleva su nombre.
No tuvo cabeza para llegar a la Universidad. Como él hay cientos de miles.
Ernestico tiene 35 años y se ha casado tres veces. Me abre su corazón
y confiesa, sin pena alguna, que le gustaría irse a un país libre
y vivir de su trabajo. En Cuba no puede. No quiere trabajarle al Estado por diez
o quince chavitos al mes, el salario promedio: unos quince dólares. Eso
se lo busca en un par de días si anda con suerte. Me intereso en
saber cómo, pero Ernestico me mira desconfiado. Luego sonríe. Se
trata de algo que es ilegal, por lo que le han puesto ya varias multas. Le
pregunto si ha consumido drogas y de forma muy natural, nada sorprendido con mi
pregunta, me dice que en la escuela; como cualquier estudiante cubano. Termina
diciéndome que es un vendedor ambulante y clandestino y que por esa razón
ha estado preso en dos ocasiones. Cumplió su mayoría de edad en
una granja de castigo. Menos droga, vende cualquier cosa. Hasta una caja
de muerto si se la proponen. Pero en realidad, lo que vende son trapeadores, haraganes
y escobas que hacen a escondidas su tío y su padre. Si viviera en
un país libre, me dice, saldría por las carreteras de Cuba vendiendo
sus productos, como hizo su abuelo en los años cincuenta, y sin que las
autoridades lo molestaran. Es más, si logra irse de Cuba, como tiene soñado,
será comerciante. Tiene habilidad para vender. Se trata de algo innato
en él. Pero estafar, como hacen tantos en la calle, nada de eso.
El se considera un hombre nuevo aunque sin vínculos, eso sí, con
el Estado. El Estado no podrá obligarlo a trabajar por un salario miserable. Por
suerte hasta tiene un certificado médico que lo ayuda para no ir a la construcción.
Su infancia transcurrió entre las cucarachas, las ratas y las moscas del
Vertedero y sobre todo, con aquella humareda tan desagradable que le originó
su asma bronquial. Le pregunto si se considera un hombre nuevo y me responde: -Sí,
claro que lo soy. No robo, no hago daño a nadie. Me busco los pesos para
comer y para que coma mi familia. Si eso es lo que debe hacer el hombre de estos
tiempos, soy un hombre nuevo. ¿Y comunista?, le pregunto. -No,
eso sí que no. Yo no soy un soplón. |