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POLITICA
Muros, voces, panfletos y tangos
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org)
- Diciéndolo quien lo dijo, no queda más
remedio que creerlo. "El Poder Soviético
es una mierda". "Los médicos
bolcheviques son un culo". Lo dijo Lenin.
Lo primero, lo anotó al margen de uno de
sus cuadernos, en un raro rapto de franqueza.
Lo invadía el desencanto con su proyecto,
luego de instaurar la dictadura del proletariado,
ensayar varias políticas económicas
y matar a media Rusia y territorios asiáticos
y bálticos adyacentes.
Su opinión sobre los galenos soviéticos
la plasmó en una carta al escritor Máximo
Gorki, en la que le recomendaba cambiar de clima
y acudir a los médicos extranjeros.
No creo que opiniones tan descarnadas como las
del camarada Vladimir Ilich den cabida en el espacio
al pensamiento crítico que algunos ilusoriamente
estiman se está abriendo en la sociedad
cubana. No lo digo por lo de la calidad de los
médicos -que sería injusto en el
caso de Cuba- sino porque las invitaciones oficiales
al debate son de mentiritas.
No es la primera vez que el régimen cubano,
en momentos de crisis, invita a hablar "a
camisa quitada" y luego ordena el uso de
camiseta, chaleco, cuello, corbata
y mordaza.
Lo hizo con los intelectuales en 1961, y con la
población en vísperas del Cuarto
Congreso del Partido Comunista. En todas las ocasiones
dejó a los convidados convertidos en piedra
y con ganas de hablar.
A propósito de Máximo Gorki, sería
saludable que los escritores cubanos que hoy posan
de contestatarios -"dentro de la revolución,
todo"- recordaran la sospechosa muerte del
escritor soviético luego de su ingenuidad
de hacer caso a Stalin y regresar de su villa
italiana a Moscú.
No hay que hacerse ilusiones con los estalinistas,
pero no hay que exagerar. En Cuba, con los sucesores,
las cosas se resuelven de otros modos.
Nunca fue tan oportuna una Feria del Libro en
La Habana. Unas semanas después de la declaración
del secretariado de la Unión Nacional de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el abrazo
de Raúl Castro al poeta César López,
luego de mencionar en el discurso inaugural a
escritores exilados -todos convenientemente muertos-
como parte de la cultura cubana de siempre, trata
de poner fin a la tormenta intelectual contra
las represiones del Decenio Gris.
Si el asunto no estaba también bien atado,
el General en Jefe debe haberse sentido incómodo
y nervioso al oír pronunciar en el ceceo
de César López los nombres de Guillermo
Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Jesús
Díaz y Severo Sarduy. Pero abrazó
fuerte, fuerte -como Marta Estrada- al ayer reprimido
y hoy Premio Nacional de Literatura y homenajeado
central de la Feria del Libro.
Hay una mala noticia para las decenas de escritores
jóvenes que hace varias semanas en las
afueras de la Casa de las Américas vocearon
infructuosamente por Desiderio Navarro en demanda
de que se escuchara su criterio.
A Desiderio, que inició la tormenta de
los e-mails, los comisarios culturales "le
dieron tratamiento". Luego de la publicación
presurosa de su libro La causa de las cosas, estuvo
muy ocupado teorizando en la Feria. Tan ocupado
que se apartó de sus herejías troskistas
y aceptó las satisfacciones por el "pavonado".
Es poco probable que haga algo porque se escuchen
criterios inoportunos.
Ahora que César López pronunció
los hasta ayer nombres execrados, los comisarios
culturales tienen nuevas tumbas que saquear para
el tesoro de la revolución. Sus libros
no estuvieron en los estantes de La Cabaña.
Menos aún los de los escritores exilados
vivos. En su lugar, hubo literatura o alguna cosa
similar más conveniente.
El libro 100 horas con Fidel fue el más
vendido. Le siguió a distancia Tinísima,
una novela de la mexicana Elena Poniatowska, inspirada
por la polémica Tina Modotti. La Poniatowska
olvidó que alguna vez reclamó libertades
para los cubanos y vino a posar de solidaria,
junto a Wole Soyinka, a la sombra de los muros
de la vetusta fortaleza habanera. Mumia Abu Jamal
lo hizo a distancia, desde el corredor de la muerte
de una prisión norteamericana.
En la Feria del Libro de La Habana, ahora itinerante
por las provincias, fueron tantas las voces que
se quisieron escuchar, que en definitiva no se
escuchó ninguna. Las apagó el tango
de Argentina, el país invitado.
A muchos, La Cabaña nos sigue pareciendo
un mal lugar para una feria de libros. Sus siniestros
muros presenciaron los fusilamientos de Juan Clemente
Zenea en la época colonial y del escritor
Nelson Rodríguez en 1971. Son sólo
dos de sus pecados contra la cultura. El más
reciente pudiera ser convertirse en el escenario
del punto final al atisbo de deshielo que algunos
escritores cubanos soñaron en sus e-mails.
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