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SALUD
PUBLICA
Por suerte no era de muerte
Amarilis C. Rey, Cuba-Verdad
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org)
- "Asistir a un hospital en Cuba es correr
el riesgo de perder la vida" -expresó
José a esta reportera. Su experiencia la
califica de desagradable. En días pasados
recorrió varios hospitales de Ciudad de
La Habana aquejado de un presunto infarto.
Luego de sentir un fuerte dolor en el pecho fue
trasladado a la policlínica donde le realizaron
un electrocardiograma y le aplicaron un suero
anticoagulante. José fue remitido al Hospital
Nacional donde, según afirma, existe una
sala recién remodelada de cardiología.
-No, aquí no se puede quedar -le dijo el
médico mientras observaba cómo José,
acostado en una camilla, su familia sujetando
el suero, y el chofer de la ambulancia lo miraban
alarmados.- La sala está cerrada, así
que será remitido al Hospital Julio Trigo.
De nuevo la ambulancia, los baches de las calles,
y el cuerpo de guardia del Julio Trigo, tenebroso,
en penumbras por la falta de lámparas eléctricas.
Sin higiene, debido a la falta de agua.
"Allí tuve que esperar más
tiempo -recuerda José-; no había
especialista. Un enfermero me quitó el
suero al bajarme de la ambulancia, y otro me lo
volvió a poner después. Luego de
esperar un tiempo llegó el médico,
pero sus palabras no fueron muy alentadoras".
-Aquí no hay condiciones, vamos a remitirlo
al hospital Clínico Quirúrgico de
10 de Octubre.
Después de varias horas de haber salido
de su casa con el dolor de pecho, un electro y
un suero, José logra que lo atiendan en
una sala de terapia intermedia, donde le pusieron
un suero de glicerina, que le causó un
fuerte dolor de cabeza.
"El enfermero tenía aliento etílico.
Mareaba. Me dio muchos pinchazos para cogerme
la vena".
Por fin llegó el médico. Parecía
un profesor, por la edad. Con soltura tomó
el electro que había originado todo el
periplo hospitalario. Lo leyó.
-Señor mío, el que dijo que usted
está infartado no es médico, ni
técnico ni sabe leer un electro. Además,
si hubiese tenido un infarto con todo el trajín
a que lo han sometido, se hubiera muerto hace
rato. Lo voy a mandar a la sala para que un clínico
lo valore. Pero trate de que no lo mantengan allí
mucho tiempo, pues aquello parece un sitio para
puercos. Y si no se muere de un infarto se morirá
de una infección.
Intercambiaron sonrisas. La mano del médico
en el hombro de José selló la historia.
José, campesino de 64 años, residente
en el municipio Arroyo Naranjo, Ciudad de La Habana,
no estaba infartado, y por suerte, su dolor no
fue de muerte.
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