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RELIGION
Antonio y su Iyá
Shelyn Rojas
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org)
- Antonio es feo, negro, delgado y de baja estatura.
Le gusta cantar pero su voz no lo acompaña.
La única virtud musical de Antonio es tocar
durante horas un tambor para los santos.
Terminó sus estudios de técnico
en refrigeración. Nada tenía que
ver con sus deseos: escenarios, luces, una gran
orquesta y ¡música, maestro!
Sus padres practicaban la religión yoruba.
Una tarde del año 1998, en una fiesta de
santos, alguien le colocó un ramo de collares
en su cuello. Así quedó amarrado
en la Regla Ocha, para iniciarse en el Santo lo
más pronto posible. No era por salud, tampoco
por dinero, a pesar de no tener un kilo.
Meses después, Ochún, que coronó
su cabeza desde ese momento, le dijo en el itá
que si se dedicaba a tocar para ella y los demás
orishas lo recompensaría con creces.
Antonio creyó que se derrumbaban sus esperanzas,
pues sólo era técnico en refrigeración.
La iniciación de tamborero cuesta el doble
de lo que costaría hacerse santo. Para
eso tenía que jurarse en Orún. Es
una ceremonia secreta muy cara y sólo se
celebra una vez al año.
Ochún lo ayudó. Le permitió
trabajar reparando refrigeradores sin que lo molestaran
los inspectores. A diferencia de otros de sus
colegas, no pagaba un centavo por la licencia.
Nunca lo descubrieron, ni lo acusaron de enriquecimiento
ilícito. Así pudo reunir el dinero
en el tiempo necesario. Después de la ceremonia,
un viejo tamborero de Matanzas lo enseñó
a tocar.
Los tambores llamados Añá, en lengua
Lucumí, son tres: el Isóteles, el
pequeño y el Oconcoró, el mediano.
Pero Antonio descubrió con asombro como
sus manos se apoderaban del tambor mayor, el Iyá,
y que su voz en coro no se escuchaba mal.
Las mujeres, durante la menstruación, no
pueden estar cerca del tambor. Es increíble
como el tambor se debilita y empieza a desafinar
y sonar bajo. Lo aprendió en una fiesta.
Una mulata de Cayo Hueso contoneaba sus caderas
cerca de él. No le quitaba los ojos de
encima. Por más fuerte que golpeaba el
tambor, no lograba que sonara fuerte. Supo por
qué, un par de horas más tarde,
cuando no pudo llevársela a la cama.
En Cuba no falta trabajo para los tamboreros.
Siempre hay alguien que quiere dar un tambor en
agradecimiento o para pedir algo. Antonio, como
todo tamborero, no toca después de las
9 de la noche.
Ochún coronó su cabeza y su vida
también. Sería un rey y un tamborero
de los buenos. No le falló. Ochún
siempre cumple sus promesas.
Antonio ya no arregla refrigeradores. Ahora toca
el Iyá. No le interesa la política
ni quien mande. Con sucesión o transición,
como sea, lo suyo es tocar.
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