PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 15, 2007

RELIGION
Antonio y su Iyá

Shelyn Rojas

LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) - Antonio es feo, negro, delgado y de baja estatura. Le gusta cantar pero su voz no lo acompaña. La única virtud musical de Antonio es tocar durante horas un tambor para los santos.

Terminó sus estudios de técnico en refrigeración. Nada tenía que ver con sus deseos: escenarios, luces, una gran orquesta y ¡música, maestro!

Sus padres practicaban la religión yoruba. Una tarde del año 1998, en una fiesta de santos, alguien le colocó un ramo de collares en su cuello. Así quedó amarrado en la Regla Ocha, para iniciarse en el Santo lo más pronto posible. No era por salud, tampoco por dinero, a pesar de no tener un kilo.

Meses después, Ochún, que coronó su cabeza desde ese momento, le dijo en el itá que si se dedicaba a tocar para ella y los demás orishas lo recompensaría con creces.

Antonio creyó que se derrumbaban sus esperanzas, pues sólo era técnico en refrigeración. La iniciación de tamborero cuesta el doble de lo que costaría hacerse santo. Para eso tenía que jurarse en Orún. Es una ceremonia secreta muy cara y sólo se celebra una vez al año.

Ochún lo ayudó. Le permitió trabajar reparando refrigeradores sin que lo molestaran los inspectores. A diferencia de otros de sus colegas, no pagaba un centavo por la licencia. Nunca lo descubrieron, ni lo acusaron de enriquecimiento ilícito. Así pudo reunir el dinero en el tiempo necesario. Después de la ceremonia, un viejo tamborero de Matanzas lo enseñó a tocar.

Los tambores llamados Añá, en lengua Lucumí, son tres: el Isóteles, el pequeño y el Oconcoró, el mediano. Pero Antonio descubrió con asombro como sus manos se apoderaban del tambor mayor, el Iyá, y que su voz en coro no se escuchaba mal.

Las mujeres, durante la menstruación, no pueden estar cerca del tambor. Es increíble como el tambor se debilita y empieza a desafinar y sonar bajo. Lo aprendió en una fiesta. Una mulata de Cayo Hueso contoneaba sus caderas cerca de él. No le quitaba los ojos de encima. Por más fuerte que golpeaba el tambor, no lograba que sonara fuerte. Supo por qué, un par de horas más tarde, cuando no pudo llevársela a la cama.

En Cuba no falta trabajo para los tamboreros. Siempre hay alguien que quiere dar un tambor en agradecimiento o para pedir algo. Antonio, como todo tamborero, no toca después de las 9 de la noche.

Ochún coronó su cabeza y su vida también. Sería un rey y un tamborero de los buenos. No le falló. Ochún siempre cumple sus promesas.

Antonio ya no arregla refrigeradores. Ahora toca el Iyá. No le interesa la política ni quien mande. Con sucesión o transición, como sea, lo suyo es tocar.


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