PRENSA INTERNACIONAL
Abril 30, 2007

Fahrenheit ingenuo

Mercedes Soler, El Nuevo Herald, 29 de abril de 2007.

El estadounidense todavía mantiene viva la nostalgia de un romance ardiente con Cuba y los cubanos. Desde la enmienda Platt, y sucesivamente, ha deseado a la isla con la lujuria de un hombre a su amante, con ambición de posesión. Cuba es exótica, isla de fuego y pasión. Le despierta apetitos suprimidos en su primer mundo, de primero yo y demasiadas suposiciones de lo que es ético, moral o, de hecho, real. Cuba es rescatable. Piensan. Es víctima. Somos sus victimarios. Hay que visitarla ocasionalmente, regalarle baratijas, lustrarle los grilletes, sacarle nudos del cabello y pintarle las uñas de los pies. Para que vuelva a querernos. El problema es que, como se dice en buen cubano, a la mona aunque la vistan de seda mona se queda.

No por ello se desalientan los monos. O dejan de pintar monerías. Y Cuba concienzudamente les abre las puertas de su jaula si buscan embarrarse de porquerías. A eso fue Michael Moore. El irreverente director de documentales sociales y activista político es controversial por escarbar en el lado oscuro de las políticas estadounidenses. Su trabajo, Bowling for Columbine, sobre la masacre perpetrada por dos estudiantes en una secundaria hace ocho años, explora la cultura de armas y violencia que amenaza nuestra sociedad. Le ganó el Oscar. También causó revuelo con su trabajo Fahrenheit 9/11 en el que develó supuestos vínculos entre las familias del presidente George W. Bush y de Osama bin Laden. El título alude al clásico de la literatura, Fahrenheit 451, sobre un estado totalitario en el que se queman libros. Para Moore, 911 sería la temperatura exacta en que a todos nos quemaron nuestras libertades. Ese otro documental no le ganó el Oscar, pero sí más de $300 millones en la taquilla. Nada mal para quien ha dedicado su vida a exponer lo que considera el corrompido sistema capitalista.

Moore una vez fue despedido de una revista por oponerse a un editorial que criticaba las violaciones a los derechos humanos perpetradas por los sandinistas en la década de 1980. Ahora Moore está terminando una filmación titulada Sicko. La traducción literal no es enfermo, sino enfermizo. Fácilmente creo que le aplica a la evolución intelectual del cineasta, quien se ha llevado a Cuba a un puñado de los obreros que colaboraron con la remoción de escombros de las torres gemelas y hoy sufren de enfermedades pulmonares. En Sicko, Moore arremeterá contra los principales laboratorios farmacéuticos estadounidenses y las aseguradoras de salud privadas. El viajecito es un intento por desnudar la presunta corrupción de los sistemas de cuidado de salud estadounidenses para tildarlos de inferiores a la medicina mediocre, y supuestamente libre, que les otorga Cuba a sus ciudadanos. ''Está tratando de lucrar con nuestro sufrimiento'', aseveró uno de estos obreros a la prensa tras aceptar la invitación de Moore, que luego lo dejó plantado y sin el tratamiento prometido. Hipócritamente, Moore no tomó en cuenta las libertades que el castrismo le lleva calcinando a su pueblo desde hace medio siglo. El mes que viene Sicko debería estrenarse en Cannes, que por Fahrenheit 9/11 coronó a Moore con la Palm d'Or. Europa siempre recibe bien a un buen yanqui antiyanqui.

Claro que Moore no se llevará premios por originalidad. Ya Oliver Stone se había ido a Cuba en calidad de paleontólogo, sin interesarse por el terrible sometimiento que deshuesa a la presa, presa, del dinosaurio. Tanto Stone como Moore prefieren congraciarse con el enemigo de quienes consideran su enemigo. Intentan provocar. No fueron para criticar o desafiar el embargo. A ellos ni les viene ni les va. Se trata de protagonismos, de convertirse en héroes. A fin de cuentas no calculan su propia ingenuidad.

Miles en este país alimentan el descarnado sueño de seducir al sanguinario amo para rescatar a la bella esclava. Con ese fin no dudan en convertirse en cómplices del esclavismo o en carne de cañón de propaganda. En estos días el segundo en jerarquía al gobernador de Nueva York ha tenido que aclarar su propia complicidad sobre este tema. No dudó en escribir una carta a favor de los estudiantes de una secundaria pública de Manhattan, calificándolos de ''embajadores'' por la excursión que tomaron con su maestro de historia esta primavera a La Habana. Es más, en el pasado su hija también había disfrutado del paseo. Hasta hoy el guía turístico, quien tiene su aula forrada de carteles con imágenes de Castro y Guevara, no ha sido sancionado. Aun cuando sus estudiantes enfrentan multas de $65,000 por violación de leyes federales. Quizás Moore o Stone querrán subvencionar la leccioncita cívica de los muchachos y pagar los castigos con sus millones manchados.

mercedesenelnuevo@gmail.com



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