|
SOCIEDAD
Los murales
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) -
Me contaba un vecino que fue al mercado más
próximo a comprar unas libras de cerdo
y regresó sin nada. Dice que sustituyeron
al carnicero, aunque la carnicería sigue
igual, con sus adornos comerciales en la pared
y los precios de los productos inexistentes. Señala
que el mural colocado por la administración
no hacia referencias al problema, pero describía
una batalla de ideas, exorcizaba a un terrorista
liberado, magnificaba a cinco héroes prisioneros
y abundaba en datos sobre los avances del país
en la salud, la educación y otros sectores.
Sin entender la relación del mural con
la carne que buscaba, se trasladó a otro
mercado, donde le dijeron que la carnicería
estaba cerrada por falta de nevera. Buscó
el kiosco agropecuario más cercano y compró
cinco libras de cerdo a treinta y cinco pesos
cada una. Allí tampoco había nevera,
pero no faltaba un mural con dibujos, rótulos
de mal gusto y mucha propaganda política.
Si mi vecino hubiera cambiado de ruta comercial
hubiese encontrado otros murales. Uno en cada
centro comercial y en cuantas entidades oficiales
posara la vista. El síndrome del muralismo
tipifica el entorno cubano. En las escuelas, las
oficinas, los cines, teatros, hospitales, fabricas,
edificios públicos, y hasta en los hoteles,
chocamos con murales que nos recuerdan los deberes
contraídos con el sindicato, el partido,
el gobierno y hasta con el espíritu santo.
Son murales sin muralismo ni pintura mural. Ajenos
al arte y a los pintores. Nada tienen en común
con las pinturas rupestres de las cuevas de Vinales
y de Matanzas. Ni con las obras de Orozco, Zequeira
o Portocarrero. Los murales del entorno citadino
no nos transfieren a las escenas y los personajes
bíblicos de los lienzos, altares y muros
de numerosas iglesias y parroquias insulares.
Aunque en Cuba quedan murallas y plazas protegidas,
y hasta pintores que representan en ellas cosas
y seres vivos con líneas y colores, las
palabras muro y murales son símbolos del
pasquín y lugar de consignas patrioteras,
que casi nadie lee, pero integran el entorno que
habitamos y nos llaman al orden y a la prudencia.
Nuestros pequeños y grandes murales actúan
como proclamas públicas y alocuciones de
"interés" político, militar,
económico y laboral. Prodigan alabanzas
exageradas al caudillo. Señalan las metas
sociales de la nación. Anuncian eventos
sindicales y estudiantiles. Describen batallas
victoriosas contra un enemigo inexistente. Reiteran
las efemérides y los rituales del poder.
Las vallas y los murales públicos reproducen
las sentencias y los vaticinios del máximo
líder. Embellecen las imágenes de
"héroes" encarcelados. Actualizan
las frases convenientes del Apóstol de
la independencia y algunas citas de patriarcas
iluminados, que desde sus estatuas de bronce nos
indican el distante camino del futuro.
El mural de cada centro de trabajo y el de cada
una de las organizaciones burocráticas
del país, pregona las verdades absolutas
de un paraíso virtual, cual prologo que
anuncia las diferencias entre las metas y los
resultados.
Los murales surrealistas que irritan a los transeúntes
despistados parecen señales de humo colocadas
por los mensajeros de la rutina. La diferencia
entre el deseo y la realidad es abismal. Apostemos
por el cambio. Ya se anuncia en algunos muros
del país de las murallas.
|