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CULTURA
Hay un Burri suelto en La Habana
Aleaga Pesant
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - No
se deje impresionar por la promoción que
el Ministerio de Cultura hace de la obra del fotógrafo
suizo Rene Burri, ni de la repetición constante
del cliché de Ernesto Guevara, fumándose
un tabaco cuando era ministro de Industria. Esta
es sólo una imagen (y no de las mejores),
de las que se exponen por estos días en
el edificio Internacional del Museo de Bellas
Artes, donde antiguamente tuvo su sede el Centro
Asturiano de La Habana.
Con un sólido lenguaje visual, el fotógrafo
suizo incursiona en todos los géneros de
la fotografía: documental, reportaje, paisajes,
retratos, arquitectura, fotografía de la
calle y experimentales. Aunque en las palabras
de inauguración algunos de los oradores
expresaron que los especialistas lo encierran
dentro de los limites de la fotografía
periodística.
Nacido en la década del treinta, Burri
ingresa en la Escuela de Artes y Oficios de Zurich
en 1949. Allí aprende los rudimentos de
la expresión artística y asume la
estética de Picasso y del arquitecto francés,
de origen suizo, Le Corbusier. En la década
del cincuenta comienza su relación profesional
con los artistas plásticos Tinguely, Kokoshka
e Iver Kleim, y encuentra en la fotografía
un medio de expresión personal (fotografía
de autor).
Según los especialistas, Burri fue influenciado
por el movimiento de la Nueva Objetividad Fotográfica,
tendencia que floreció en los años
20 y partía del presupuesto de buscar en
el reflejo de la actividad humana los elementos
de conformación del arte.
Inspirado en esos valores el artista fue creando
imágenes eternas sobre la condición
humana. Sus trabajos implican un riguroso sentido
de la forma, así como la búsqueda
de un enfoque espontáneo sobre el comportamiento
del hombre. De esa manera lo sitúa en el
centro de su reflexión estética
y como el más importante objeto de estudio.
De ahí que sobresalga una particular visión
histórica de sus imágenes, donde
las situaciones sociales o antropológicas
marcan un eje importante de su obra. A través
de su lente vemos guerras y revoluciones, encuentros
y miradas; y sobre todo, una visión muy
aguda, casi psicológica de los personajes
retratados.
Con motivo de esta exposición, Burri debió
recibir un homenaje especial por el relato fotográfico
que hizo de nuestra isla en 1963, con textos de
Laura Bergquist, y que fue publicado a nivel mundial
en ingles y alemán. En esas imágenes
sobresale el adocenamiento y la militarización
que crispó a la sociedad cubana con el
gobierno instaurado en 1959.
Sobresalen entre los perfiles tomados el de los
niños, que marchan por una de las calles
de la ciudad. Dos filas de infantes uniformados,
de aproximadamente nueve años, avanzan
por una calle marcada por el numero 140, mientras
son observados por un maestro.
Otro retrato relevante es el del miliciano con
fusil, recostado en su taburete, a la puerta de
un banco, en medio del inclemente sol tropical,
mientras una niña cruza veloz montada en
bicicleta.
Un cartel con la imagen de Lenin y consignas
de la época sobre el comunismo soviético;
mientras un joven negro yace sin enojo, recostado
a la pared. El desenfado y la inopia del cubano
son la antitesis del aguerrido texto y la foto
magistral.
Es importante subrayar en las imágenes
tomadas en la isla, cómo el artista se
apropia de la luz del Caribe y la pone en función
de la imagen a lograr; aunque apriete el obturador
al mediodía. Hora en que como se dice en
buen cubano, "el perro abandona al amo y
los fotógrafos se van a descansar".
Con su fotografía constructiva, inspirada
en la materialización de ideas, utopías
e intereses, Burri se sintió impresionado
por la llamada revolución cubana y vino
a plasmar en ella su entusiasmo libertario. Sus
imágenes son la referencia histórica
de su vida y de su paso por la isla y por el mundo.
Pero cuidado, ese hombre no ha soltado aun la
cámara fotográfica y puede usted
quedar congelado para una próxima exposición.
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