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PRISIONES
Sabor a infierno en el paraíso
Víctor Manuel Domínguez, Sindical
Press
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - La
descripción literaria de un mundo entre
barrotes, donde la condición humana se
convierte en cenizas de espejismos en las llamas
de miedo de una celda, si bien cuenta con notables
incursiones sobre el tema, ninguna profundiza
en nuestra realidad como el cuaderno Huésped
del infierno, de Jorge Olivera Castillo, Ed.
Aduana Vieja, Valencia, 2007. Más allá
del impacto causado en los lectores cubanos por
libros como El sepulcro de los vivos, de
Dostoyevski; El beso de la mujer araña,
de Manuel Puig; Hombres sin mujer, de Carlos
Montenegro.
El huésped del infierno en que
fue convertido Jorge Olivera Castillo nos adentra
en Cuba de hoy a través de un viaje alucinante
donde el lector tiene pasaje de primera.
Los diez cuentos del libro, más allá
de su interrelación temática, muestran
una galería de personajes y hechos que,
narrados al ritmo de las angustias provocadas
por una pesadilla, colocan al lector frente a
una versión actual de los círculos
del infierno creados por Dante.
Narrado en primera persona, con economía
de medios, ritmo trepidante, descripciones directas,
y bajo el denominador común de una denuncia
contra un bajo mundo visitado y vuelto a visitar
literariamente por el escritor, el libro nos seduce
más allá de su amarga incursión
por la verdad y el dolor de mucha gente.
Desde el cuento inicial, Aquella primavera,
en el que nos traslada, por medio de la introspección,
de una tarde apacible a los fantasmagóricos
y recurrentes sucesos y personajes de la cárcel,
el juego con la realidad sufrida por el narrador
apuesta a revelar sin distanciamientos éticos,
fintas para evitar censuras, ni edulcoradas frases
que arrullen al lector, todo el desgarramiento
humano que permanece como una herida abierta en
el centro de una prisión.
Mezclas de fantasía y testimonio hiperbolizados,
sin alejarse de la realidad, los cuentos Epidemia,
La Cena, Insomnio y Luna,
sumergen al lector en el violento torbellino de
unas pesadillas que giran rotas en el aislamiento
de una celda, y llenan de terror y alucinaciones
a esos huéspedes del infierno que retrata
el autor.
Además, como un puente tendido entre la
libertad y la cárcel, entre los sueños
y la realidad, emergen los relatos Gretel,
Jennifer y Misión incumplida,
que a través de la retrospectiva armada
por el recuerdo, revelan el antes y después
de de la cárcel, la culpa o la inocencia
que los tiene encerrados, y recorren insistentes
el laberinto de frustraciones que arde como un
cirio en esa tumba humana que se llama presidio.
Por último, este Huésped del
infierno que fue Jorge Olivera Castillo ha
puesto al desnudo, y en medio de la literatura
cubana, este sabor a infierno que no podrá
borrar ni el más fiel carcelero del paraíso
inventado por los manipuladores de la verdad.
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