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SOCIEDAD
Crónica de sábado
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Para
salir los sábados en La Habana, es preciso
llenarse de paciencia, llevar un libro que alivie
la espera, un desodorante para atenuar los olores
y hacerse el sueco ante las barbaridades que dicen
y hacen los jóvenes en cualquier medio
de transporte publico. Lo digo por experiencia
propia, pues tuve que visitar a un amigo de Parcelación
Moderna, en el sudeste de la capital, y pagué
con creces la osadía.
El colapso del transporte urbano nos deja en
el limbo de la desesperación. Los ómnibus
modernos apenas existen. Los autos viejos convertidos
en taxis nos asfixian con el escape de gasolina
y el ruido de sus motores infartados. A duras
penas cubren el itinerario entre el casco histórico
y El Vedado, y desde este barrio a Playa, Marianao,
La Lisa o La Víbora.
Si se trata de ir a La Lisa, Boyeros, El Cotorro,
El Calvario o La Güinera, es necesario el
prólogo de las caminatas y habilidades
adicionales para abordar una guagua, un "camello",
una camioneta o un camión destartalado.
En estos casos, se recomienda, además del
dinero y la paciencia, un antídoto contra
las ansiedades y un chaleco contra las búsquedas
en los bolsillos, pues los carteristas aprovechan
el tumulto y roban sin mascaras, pócimas
ni cerbatanas.
Si abordas un camión de la década
del cuarenta, como el que tomé en el puente
de El Calvario hasta la entrada del Cotorro, hay
que quitarse el reloj, esconder el miedo y hacerse
invisible ante los aseres, ambias y moninas que
improvisan un rap o un regetton al compás
de palabrotas y empujones.
Para subir, basta aplicar las técnicas
del abordaje, al estilo de los piratas y corsarios
que asolaron las aguas del Caribe. En el vientre
del "monstruo", se impone la lucha por
el equilibrio y las argucias geométricas
para evitar a los guapos de pasillo y a las damas
que gritan con desmesura sin reparar en las disculpas
de los "atrevidos".
Antes de bajar, es imprescindible tomar aire
fresco por la ventanilla, evitar la ayuda inesperada
de los carteristas y la imprudencia de maldecir
al conductor o al pepillo que empujó al
viejo desafinado, cantor de boleros en medio del
tumulto y el choteo.
Viajar el sábado desde cualquier extremo
de La Habana es un reto a la urgencia y una aventura
peligrosa. Vencer las trampas del fin de semana
sobrepasa las promesas de mejoría del transporte
público. Si los funcionarios que culpan
al "enemigo" por la falta de equipos
y piezas de repuesto enfrentaran con responsabilidad
la odisea de las multitudes, o montaran en "almendrones"
y cacharros destartalados, tal vez las alternativas
serian otras.
Por ahora, esperemos con paciencia.
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