PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 26, 2007

SALUD PUBLICA
Para no morir de angustia

Yoel Espinosa Medrano, Cubanacán Press

SANTA CLARA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Cuba está congelada en el tiempo en relación con el desarrollo de la humanidad. No obstante, las programaciones de radio y televisión, así como la prensa plana, tienen el objetivo de demostrar lo contrario.

No es menos cierto que en la década de 1980 Cuba fue privilegiada por la Unión Soviética, y llegó a convertirse en un laboratorio donde los equipos de todo tipo se probaban, y abundaba el petróleo. La abundancia de artículos y servicios indispensables para el pueblo se hizo notar. Había casi de todo, al precio de vivir como gorriones enjaulados.

En aquel entonces sólo se necesitaba lo primordial para un ser humano: libertad. No eran pocos los que aseguraban que esta isla era el mejor país del mundo para vivir. El deporte, la educación y la salud pública fueron baluartes y orgullo para los habitantes del verde caimán y todo aquel que lo visitaba.

Negar que se lograron avances en esas esferas sería tapar el sol con un dedo: el servicio de salud satisfacía en cierta medida la demanda poblacional; pero hoy la realidad es otra. Estamos bien lejos de ser lo que un día fuimos, en relación con la estabilidad de la asistencia médica.

Estrella Reina Díaz, de 57 años, vecina del reparto Riviera, en Santa Clara, provincia Villa Clara, sufrió algunos avatares que narro a continuación.

En un abrir y cerrar de ojos pasó tremendo sofocón: salió desde su hogar hacia la policlínica Marta Abreu, distante tres kilómetros del centro de la ciudad. Estaba alterada. Cien metros antes de llegar al centro asistencial se desplomó. Dos jóvenes que la vieron caer le echaron una mano a la señora y de inmediato la trasladaron a la policlínica.

El médico de guardia no apareció. Estaba en cualquier lugar, menos donde debía estar. Se apareció entonces una colega con bata blanca, evidentemente agotada por las noches de guardia.

La galena no tuvo relevo. Luego de 24 horas en el puesto de trabajo el arribo del sustituto era improbable. A pesar de todo enfrentó la situación con profesionalidad. Esfigmógrafo y estetoscopio en manos comprobó que el asunto con la señora estaba bastante feo. La paciente tenía la presión arterial en 120-180.

Optó por sedarla mientras su estado se normalizaba, pero el dolor de cabeza le hacía ver las estrellas en pleno día a la señora. La doctora ordenó que la trasladaran hasta un hospital, pero la policlínica carecía de medios de transporte.

Un hijo de la enferma salió, y después de mucho buscar, alquiló un coche tirado por un caballo que era puro hueso, y a paso lento llegó con su madre al hospital provincial Arnaldo Milián Castro, 5 kilómetros más allá de la policlínica.

Estrella parecía sentirse mejor. La recibió un camillero, apenado porque carecía de su implemento de trabajo para trasladarla a la consulta de un especialista. Allí, cuatro pacientes esperaban, mientras en el interior de la sala un galeno, convertido en mago, asistía a seis enfermos a la vez.

Cada contacto del especialista con los enfermos se convertía en clase práctica para dos estudiantes latinoamericanos que lo acompañaban.

A Estrella Reina Díaz le hicieron un electrocardiograma que no detectó ninguna anomalía cardiovascular. El galeno le indicó un cambio de tratamiento para controlar la presión, y que cumpliera al pie de la letra la dieta recomendada para estos trastornos.

Al salir del hospital se repitió la historia. La suerte los acompañó: en la puerta de salida se encontraban aparcados varios triciclos, pero su alquiler costaba un ojo a la cara.

Ojalá que una y otra historia, la de los médicos que pasan las de Caín, y las de los enfermos que no pueden trasladarse con rapidez para que sus vidas no corran peligro, no sean razones suficientes para morir de angustia.

 


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