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SOCIEDAD
Santa Cecilia
Yosvani Anzardo Hernández, Jóvenes
sin Censura
HOLGUÍN, Cuba - Abril (www.cubanet.org)
- Los señores mayores, dueños (por
hábito) de dos bancos del parque José
Martí, en el pueblo San Germán,
decidieron por un día trasladar su estado
mayor a mi casa.
-Hemos venido porque supimos que estuviste en
zafarrancho de combate. Estamos convencidos de
que no estás en tus cabales, por eso de
lanzarte solo, machete en mano, al abismo -me
dijo uno de los señores, sonriente.
-¡Alégrate, come mierda, de que
la gente te estima y no te dejaron llegar al teatro
de operaciones militares! Pero no estamos aquí
para sermonearte, sino para invitarte a un concierto
que se celebrará aquí, en el pueblo,
en el teatro Fidelidad, de Pepe Rigao. Además,
es gratis, por lo que no te cobraremos esta vez
nada por el viaje -continuó su sermón
el anciano, mientras se llevaba un tabaco a su
boca sin dientes.
Estos veteranos de la vida no están locos,
aunque prefieren vivir en el pasado. Y yo los
entiendo. Como el teatro ya no existe, hoy viajaremos
al año 1951.
La academia de música Santa Cecilia ha
preparado un concierto. La directora es Concepción
Rodríguez, Concha, que además de
ser muy buena con el piano, está muy buena
también. Es una de esas mujeres que nacen
con la forma de un corsé. Y supongo le
harían como a esas mulatas que le amarran
una tira en la cintura al nacer y crecen con la
apretazón hasta echar excelentes zancas.
Todo ha sido sencillo. Pepe Rigao prestó
el teatro. El segundo administrador de la compañía,
Nelson Crayle, garantizó la iluminación.
Para ello mandó a Frita, el jefe de los
electricistas.
La esposa de Mr. Crayle, Tula, una cubana manzanillera,
ayuda en la ambientación. En avión,
desde el jardín Milagros, de La Habana,
llegaron cajas con gladiolos blancos y mandarinas,
regalo del colono Mundo Díaz.
La academia nació hace seis años,
en 1945. Comenzó con diez alumnos, con
el respaldo del conservatorio internacional de
La Habana, dirigido por María Jones de
Castro.
Hacen exámenes dos veces al año.
Paga un 2 por ciento de impuestos al fisco y otorga
títulos firmados por el ministro de Educación.
Concha paga a la caja de retiros de maestros privados
una mensualidad.
El teatro está repleto. Es bello. Las
altísimas paredes del escenario están
forradas de hojas verdes. Los arreglos florales
no se exceden. No falta la belleza.
En la entrada me entregaron un programa. Es la
primera vez que voy a un concierto. La apertura
está a cargo de la comparsa infantil con
el himno nacional en primer plano.
Se interpretarán obras clásicas
como: Balada para Elisa, de Beethoven; Danubio
azul, de Strauss; La marcha turca, de Mozart;
y por supuesto, la Malagueña de Lecuona,
entre muchas otras, ejecutadas de memoria por
alumnas como María Amelia Toca, Martha
Ajo, Gladys de Francisco, Berta Marichal, Gladys
Garrote, Rosa Maria Cervera y Maria de los Ángeles
Álvarez Portilla (que luego se hizo monja).
No puedo hacer un pase de lista, o esto sería
interminable. Lo más importante es que
el pueblo lo disfrutó, pues había
calidad humana en el ambiente. En el concierto
estuvo Ana Reaza, quien, dentro de 17 años
será la madre del director de la orquesta
sinfónica de La Habana, Iván del
Prado.
Mis queridos ancianos lunáticos aseguraban
ser mis guardaespaldas y me llevaron al parque
José Martí.
-Abra los ojos -me dijeron.
Aún sonaba en mis oídos la magia
del inconfundible minué en sol mayor de
Juan Sebastián Bach.
Ante mí un espectáculo dantesco.
Seis hombres con lágrimas en los ojos escuchan
la música que el tiempo se llevó.
Estos varones a toda prueba me exigen como si
fueran niños:
-Es tú deber, has algo definitivo.
El teatro Fidelidad derruido es un símbolo
más de nuestra decadente existencia y de
la necesidad de cambiar al país. El ritmo
y la cadencia la marca Figueredo. El concierto
aún no termina. Se necesita más
que maldad para pregonar un engaño. Se
requiere sólo un corazón para que
renazca todos los días la voluntad de ser
libre.
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