PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 24, 2007

DEPORTES
Días de circo

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Cuba bulle de alegría. Los ciudadanos se empeñan en no hacer caso a que ya se agotaron las provisiones de la libreta de racionamiento. Tampoco les preocupan los avatares con el suministro de agua o los rumores sobre otra ofensiva contra las conexiones ilegales a las televisoras hispanas del sur de Florida.

Parece que por fin nadie finge, que el júbilo es un parámetro a prueba de plagios y la tristeza un palabra emborronada y anónima. El gozo fluye de este a oeste. La satisfacción se desparrama de norte a sur.

Casi todos, diría que la mayoría, toman un baño de autenticidad en discusiones que llegan a confundirse con el fuego. Unos desbordan pasiones, se presumen árbitros, exponen con vehemencia sus tesis, deliran entre una selva de apoyos y objeciones.

Donde quiera se forman grupos de fanáticos. Hombres que libran una batalla contra el aburrimiento y la parálisis. Ellos remedian su fragilidad con una buena disputa a favor del equipo de su preferencia. Se creen invencibles, defienden como fieras su opinión acerca de la valía de los nueve jugadores que en el terreno luchan por obtener la victoria.

Entre guantes, pelotas y bates quedan sepultadas las angustias. Es temporal el entierro, pero se viven horas de una espontaneidad que han querido ponerle dogal y maquillaje.

Los cubanos se divierten, derrochan ímpetus, forran de ortodoxias sus criterios. Unos hacen amagos de violencia. Otros logran conservar la calma a duras penas. Es una parcela de democracia salpicada de un orden que naufraga con gritos y frases donde el regionalismo ocupa un lugar que podría aportarle más espinas al futuro mediato.

Esta es una manera de liberar energías. De hacer catarsis para sentir cierto alivio existencial. En la banalidad de una discusión sobre un strike o en cuanto a la legitimidad de un out, viene impresa una cultura, un sello que supera cualquier intento por someter la voluntad de todo un pueblo.

El béisbol es generoso, y además, muestra la diversidad de puntos de vista que subyacen en cualquier conglomerado humano. Para Cuba viene a ser el bosquejo de una democracia lejos de perfecciones, huérfana de exclusividades y con la sombra de la latinidad que favorece la bulla, la hilaridad y un apasionamiento de matices delirantes.

Es cierto que el alcohol y la falta de educación malogran las controversias. No son raros los puñetazos y las ofensas en las gradas de un estadio o en algún sitio donde converjan los que aman éste deporte como si fuera un familiar cercano.

Negros y blancos, niños y ancianos, amas de casa y obreros. Todos aguardan con impaciencia el inicio de cada juego. Saltan delante del televisor y también se mortifican a causa de las pifias cometidas por el equipo de su agrado.

En esos instantes los miedos y las incertidumbres reposan. Hierve la sangre, hay tensión, son comunes los aficionados enardecidos, pero las intermitencias del relajamiento impiden el estallido de los instintos. Esa es la dramaturgia que impera mientras dura el campeonato.

"Si no fuera por estos momentos...", dice María Esther, enfermera que no esconde su fanatismo y que vive en condiciones habitacionales indignas.

No hay dudas: el béisbol reduce las ansiedades, forra la realidad con tonos proclives al sosiego. Aunque yo sigo pensando que a poco pan, es preciso aumentar el circo. Una táctica que el poder no abandona por razones obvias.

 


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