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DEPORTES
Días
de circo
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Cuba
bulle de alegría. Los ciudadanos se empeñan
en no hacer caso a que ya se agotaron las provisiones
de la libreta de racionamiento. Tampoco les preocupan
los avatares con el suministro de agua o los rumores
sobre otra ofensiva contra las conexiones ilegales
a las televisoras hispanas del sur de Florida.
Parece que por fin nadie finge, que el júbilo
es un parámetro a prueba de plagios y la
tristeza un palabra emborronada y anónima.
El gozo fluye de este a oeste. La satisfacción
se desparrama de norte a sur.
Casi todos, diría que la mayoría,
toman un baño de autenticidad en discusiones
que llegan a confundirse con el fuego. Unos desbordan
pasiones, se presumen árbitros, exponen
con vehemencia sus tesis, deliran entre una selva
de apoyos y objeciones.
Donde quiera se forman grupos de fanáticos.
Hombres que libran una batalla contra el aburrimiento
y la parálisis. Ellos remedian su fragilidad
con una buena disputa a favor del equipo de su
preferencia. Se creen invencibles, defienden como
fieras su opinión acerca de la valía
de los nueve jugadores que en el terreno luchan
por obtener la victoria.
Entre guantes, pelotas y bates quedan sepultadas
las angustias. Es temporal el entierro, pero se
viven horas de una espontaneidad que han querido
ponerle dogal y maquillaje.
Los cubanos se divierten, derrochan ímpetus,
forran de ortodoxias sus criterios. Unos hacen
amagos de violencia. Otros logran conservar la
calma a duras penas. Es una parcela de democracia
salpicada de un orden que naufraga con gritos
y frases donde el regionalismo ocupa un lugar
que podría aportarle más espinas
al futuro mediato.
Esta es una manera de liberar energías.
De hacer catarsis para sentir cierto alivio existencial.
En la banalidad de una discusión sobre
un strike o en cuanto a la legitimidad de un out,
viene impresa una cultura, un sello que supera
cualquier intento por someter la voluntad de todo
un pueblo.
El béisbol es generoso, y además,
muestra la diversidad de puntos de vista que subyacen
en cualquier conglomerado humano. Para Cuba viene
a ser el bosquejo de una democracia lejos de perfecciones,
huérfana de exclusividades y con la sombra
de la latinidad que favorece la bulla, la hilaridad
y un apasionamiento de matices delirantes.
Es cierto que el alcohol y la falta de educación
malogran las controversias. No son raros los puñetazos
y las ofensas en las gradas de un estadio o en
algún sitio donde converjan los que aman
éste deporte como si fuera un familiar
cercano.
Negros y blancos, niños y ancianos, amas
de casa y obreros. Todos aguardan con impaciencia
el inicio de cada juego. Saltan delante del televisor
y también se mortifican a causa de las
pifias cometidas por el equipo de su agrado.
En esos instantes los miedos y las incertidumbres
reposan. Hierve la sangre, hay tensión,
son comunes los aficionados enardecidos, pero
las intermitencias del relajamiento impiden el
estallido de los instintos. Esa es la dramaturgia
que impera mientras dura el campeonato.
"Si no fuera por estos momentos...",
dice María Esther, enfermera que no esconde
su fanatismo y que vive en condiciones habitacionales
indignas.
No hay dudas: el béisbol reduce las ansiedades,
forra la realidad con tonos proclives al sosiego.
Aunque yo sigo pensando que a poco pan, es preciso
aumentar el circo. Una táctica que el poder
no abandona por razones obvias.
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