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Los
dos Fidel Castro
Carlos Alberto Montaner. El
Nuevo Herald, 22 de abril de 2007.
Fidel Castro pronto volverá a ocupar la
jefatura del gobierno cubano. Tal vez reaparezca
en medio del desfile habitual del primero de mayo
y lea un texto breve en el que humildemente se
excuse de haber estado fuera de combate durante
ocho meses y anuncie su regreso al reñidero.
Desea hacerlo. Dentro de su pugnaz psicología,
no morirse es una manera de derrotar a sus enemigos.
Eso es lo que se comenta en La Habana. Pero todo
depende de su apariencia en fecha tan cercana.
Ese, exactamente, es el problema: su apariencia.
El Comandante se ve físicamente repuesto
y en perfecto dominio de sus facultades mentales,
mientras quienes lo rodean tienen una imagen totalmente
diferente. Lo que perciben es a un anciano frágil
y demacrado (aunque algo menos macilento), a veces
incoherente, afectado por síntomas claros
de demencia senil (ausencias, repeticiones inmediatas,
lenguaje lento), con frecuencia insoportable,
por el que sienten una incómoda sensación
de pena y vergüenza ajena, y a quien saben
fundamentalmente incapacitado para gobernar y
tomar decisiones razonables.
Entre las dos versiones sobre la salud de Fidel,
quienes tienen razón son los consternados
miembros de la cúpula dirigente (especialmente
Lázaro Barredo, director de Granma, quien
se da cuenta de la gravedad del asunto), pero
la confusión del Máximo Líder
es claramente explicable. En primer término,
los narcisistas, afectados por una autoestima
grandiosa, suelen padecer de lo que los psicólogos
llaman en inglés Body Dysmorphic Disorder
(BDD), y que en español podría traducirse
como ''trastorno de la percepción corporal'',
una anomalía que también sufren
las personas anoréxicas.
Cuando las anoréxicas (casi siempre son
mujeres) se miran al espejo no ven unas figuras
cadavéricas, sino unas muchachas regordetas
a las que les sobra tejido adiposo. Los narcisistas,
que tienen una percepción sublime de sí
mismos, tienden a encontrarse bellos y fuertes,
aun cuando tengan un pie en la sepultura. Por
eso hace pocos meses Fidel Castro dio el espectáculo
penoso de aparecer frente a las cámaras
caminando y moviendo los hombros como Frankenstein
cinco minutos después del trasplante de
cerebro. El se veía como un atleta olímpico.
El resto de la humanidad contemplaba a un anciano
moribundo y malencarado que se movía como
un robot de cuerda.
Por otra parte, los falsos halagos de quienes
se acercan al lecho de Fidel Castro, los elogios
que le hacen y las mentiras piadosas (o miedosas)
que le cuentan, contribuyen al engaño.
Todo el que lo visita sonríe y lo felicita
por la notable mejoría que supuestamente
experimenta, reforzando el diagnóstico
equivocado. A veces, como en el caso de Hugo Chávez,
el embuste es televisado y le dice a su mentor
y a todo el mundo que el Comandante es una especie
de superhombre que pasea por las noches de incógnito,
pero, como el venezolano es muy indiscreto, simultáneamente,
no sin antes emitir señales del extraño
orgullo que le causa ser uno de los pocos que
conocen los secretos de Castro, les cuenta a sus
íntimos, pesaroso, que "el Viejo se
escapó de ésta, pero está
liquidado''.
Este es uno de los peores finales posibles para
Fidel Castro y su revolución: el país
está en manos de un anciano muy enfermo
y medio decrépito que ni gobierna ni deja
gobernar, dedicado a ocupaciones tan inverosímiles
como supervisar el cambio de bombillas, la venta
de ollas arroceras, combatir el etanol imperialista
y salvar a la humanidad de las agresiones ecológicas
que le infligen Estados Unidos y el mundo desarrollado.
Mientras tanto, el pueblo cubano, acostumbrado
melancólicamente a obedecer y a aplaudir,
sin autoridad desde hace cincuenta años,
espera indiferente el final del amo, con la actitud
displicente de quien tiene otras prioridades más
urgentes: alimentarse, vestir a la familia, arreglar
las malditas goteras, y ver si aparece algún
modo de escapar del manicomio. A ese cubano de
a pie le da lo mismo si el Fidel verdadero es
el que agoniza o el que se recupera. Lo único
que le interesa es resolver. Aliviar su miseria.
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