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CULTURA
Pasión y prejuicios
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Finaliza
la reposición de Pasión y prejuicios,
folletín de gran factura artística
que marcó un hito televisivo en 1992 y
principios del 93. La obra, escrita y dirigida
por el experimentado actor Eduardo Macias, confirma
la resurrección de un género de
enorme incidencia en la radio y la televisión
cubanas. A Macias se debe, además, la excelente
serie de aventuras Hermanos, que disfrutamos en
los noventa y mediados de 2006.
Los cubanos, a pesar del tiempo transcurrido
entre el estreno y la reposición, agradecemos
la entrega de obras que exaltan todos los elementos
dramáticos y revelan el interés
humano en sucesos ajenos y vitales, descritos
con creatividad, superior a los habituales culebrones
brasileros y mexicanos, aunque estos superan a
las nuestras en el diseño y en los recursos
escenográficos.
Pasión y prejuicios tiene antecedentes
ilustres en nuestra literatura y en los medios
de comunicación. Recordemos, por ejemplo,
Mi tío el empleado, de Ramón
Mesa; y a Cecilia Valdés, de Cirilo
Villaverde, novelas decimonónicas que recrean
las trampas existenciales mediante historias de
amor, odios, desencuentros y problemas diversos
que impulsan o detienen a sus protagonistas.
En la radio cubana, nacida en 1922, la fabulación
exploró los caminos de la vida a través
de adaptaciones de dramas y relatos que antecedieron
a la radionovela, iniciada en 1934 por el santiaguero
Feliz B. Caignet, creador del popular detective
Chan Li Po y de El derecho de nacer, máximo
exponente de un género que en la década
del cuarenta gozaba de gran audiencia y disponía
de escritores y actores con estilo propio, capaces
de adueñarse del corazón de los
radio-escuchas mediante un lenguaje insólito
que trascendió nuestras fronteras e influyó
en la televisión desde su génesis
en 1950.
La rápida expansión de la televisión
en Cuba no excluyó la fabulación
en ese medio electrónico, el cual atrajo
a creadores de la radio para ganar audiencias.
Pero la necesidad de contar historias, cambió
su natural desenvolvimiento en la década
del sesenta. Pasamos del folletín a programas
de contenido histórico y social que mitifican
la epopeya revolucionaria. La radio y la televisión
cubanas olvidaron la probada eficacia de creaciones
de gran relieve humano y sociológico, a
excepción de adaptaciones de obras narrativas
y teatrales, y de algunas entregas de factura
nacional.
Con Pasión y prejuicios retorna
el folletín televisivo en todo su esplendor:
actuaciones excelentes, una trama "creíble",
reconstrucción de época -incluido
vestuarios y decorados-, eficaz dirección
de actores, un guión bien balanceado con
diálogos precisos, música cubana
en función del drama, y un trabajo de edición
que coteja y empalma las escenas en las que se
aprecia un adecuado balance entre narración,
voz, imágenes, histrionismo y efectos sonoros.
La telenovela que glosamos demostró la
vigencia de los resortes utilizados por Felix
B. Caignet, Iris Dávila, Pepito Sánchez
Arcilla y otros fabuladores de los medios electrónicos.
Con Eduardo Macias y Joaquín Cuartas, realizador
de Cuando la vida vuelve, fenómeno
radial de 1996, resurge un género artístico
esencialmente cubano que cruzó las fronteras
insulares y retornó a nuestro país
desde Argentina, Brasil, Colombia, España,
México y Venezuela.
La Habana y Cruces, en Villa Clara, son los escenarios
urbanos de Pasión y prejuicios, que nos
cuenta una historia de amor de dos jóvenes
enfrentados a las convenciones y problemas de
la sociedad cubana de principios del siglo XX.
El amor de Marcos (Reinaldo Cruz) y de la bella
Beatriz (Dianelis Brito) se impondrá a
la rutina local y a la hipocresía y doble
moral de un padre diabólico e insoportable.
Pero tendrá que atravesar un calvario de
situaciones y enfrentar a personajes que los distancian,
como la avasalladora Amalia (Nancy González),
quien utiliza a la intrigante Justina (Isabel
Santos) para conquistar a Marcos; mientras Beatriz
es asediada por el abogado Alberto (César
Évora).
Aunque en esta obra hay algunos anacronismos
de época y personajes con mucha vida como
Alberto, Justina y Angélica, no se pierde
el balance de cada capitulo, cuyas escenas conservan
un ritmo galopante y nos liberan de nimiedades
y tomaduras de pelo, que sumergen al espectador
en el enredo y el maniqueísmo propios de
las telenovelas foráneas.
Eduardo Macías, en Pasión y
prejuicios, retomó un género
efectivo y no agotado en nuestros medios de comunicación.
La reposición de esta obra demuestra que
supo llegar al corazón de millones de teleespectadores,
como lo hiciera Felix B. Caignet con El derecho
de nacer en 1948. Esperemos que otros autores
nos regalen entregas similares para volver a pensar
en los problemas ajenos y soportar los nuestros.
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