PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 20, 2007

CULTURA
Pasión y prejuicios

Miguel Iturria Savón

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Finaliza la reposición de Pasión y prejuicios, folletín de gran factura artística que marcó un hito televisivo en 1992 y principios del 93. La obra, escrita y dirigida por el experimentado actor Eduardo Macias, confirma la resurrección de un género de enorme incidencia en la radio y la televisión cubanas. A Macias se debe, además, la excelente serie de aventuras Hermanos, que disfrutamos en los noventa y mediados de 2006.

Los cubanos, a pesar del tiempo transcurrido entre el estreno y la reposición, agradecemos la entrega de obras que exaltan todos los elementos dramáticos y revelan el interés humano en sucesos ajenos y vitales, descritos con creatividad, superior a los habituales culebrones brasileros y mexicanos, aunque estos superan a las nuestras en el diseño y en los recursos escenográficos.

Pasión y prejuicios tiene antecedentes ilustres en nuestra literatura y en los medios de comunicación. Recordemos, por ejemplo, Mi tío el empleado, de Ramón Mesa; y a Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde, novelas decimonónicas que recrean las trampas existenciales mediante historias de amor, odios, desencuentros y problemas diversos que impulsan o detienen a sus protagonistas.

En la radio cubana, nacida en 1922, la fabulación exploró los caminos de la vida a través de adaptaciones de dramas y relatos que antecedieron a la radionovela, iniciada en 1934 por el santiaguero Feliz B. Caignet, creador del popular detective Chan Li Po y de El derecho de nacer, máximo exponente de un género que en la década del cuarenta gozaba de gran audiencia y disponía de escritores y actores con estilo propio, capaces de adueñarse del corazón de los radio-escuchas mediante un lenguaje insólito que trascendió nuestras fronteras e influyó en la televisión desde su génesis en 1950.

La rápida expansión de la televisión en Cuba no excluyó la fabulación en ese medio electrónico, el cual atrajo a creadores de la radio para ganar audiencias. Pero la necesidad de contar historias, cambió su natural desenvolvimiento en la década del sesenta. Pasamos del folletín a programas de contenido histórico y social que mitifican la epopeya revolucionaria. La radio y la televisión cubanas olvidaron la probada eficacia de creaciones de gran relieve humano y sociológico, a excepción de adaptaciones de obras narrativas y teatrales, y de algunas entregas de factura nacional.

Con Pasión y prejuicios retorna el folletín televisivo en todo su esplendor: actuaciones excelentes, una trama "creíble", reconstrucción de época -incluido vestuarios y decorados-, eficaz dirección de actores, un guión bien balanceado con diálogos precisos, música cubana en función del drama, y un trabajo de edición que coteja y empalma las escenas en las que se aprecia un adecuado balance entre narración, voz, imágenes, histrionismo y efectos sonoros.

La telenovela que glosamos demostró la vigencia de los resortes utilizados por Felix B. Caignet, Iris Dávila, Pepito Sánchez Arcilla y otros fabuladores de los medios electrónicos. Con Eduardo Macias y Joaquín Cuartas, realizador de Cuando la vida vuelve, fenómeno radial de 1996, resurge un género artístico esencialmente cubano que cruzó las fronteras insulares y retornó a nuestro país desde Argentina, Brasil, Colombia, España, México y Venezuela.

La Habana y Cruces, en Villa Clara, son los escenarios urbanos de Pasión y prejuicios, que nos cuenta una historia de amor de dos jóvenes enfrentados a las convenciones y problemas de la sociedad cubana de principios del siglo XX. El amor de Marcos (Reinaldo Cruz) y de la bella Beatriz (Dianelis Brito) se impondrá a la rutina local y a la hipocresía y doble moral de un padre diabólico e insoportable. Pero tendrá que atravesar un calvario de situaciones y enfrentar a personajes que los distancian, como la avasalladora Amalia (Nancy González), quien utiliza a la intrigante Justina (Isabel Santos) para conquistar a Marcos; mientras Beatriz es asediada por el abogado Alberto (César Évora).

Aunque en esta obra hay algunos anacronismos de época y personajes con mucha vida como Alberto, Justina y Angélica, no se pierde el balance de cada capitulo, cuyas escenas conservan un ritmo galopante y nos liberan de nimiedades y tomaduras de pelo, que sumergen al espectador en el enredo y el maniqueísmo propios de las telenovelas foráneas.

Eduardo Macías, en Pasión y prejuicios, retomó un género efectivo y no agotado en nuestros medios de comunicación. La reposición de esta obra demuestra que supo llegar al corazón de millones de teleespectadores, como lo hiciera Felix B. Caignet con El derecho de nacer en 1948. Esperemos que otros autores nos regalen entregas similares para volver a pensar en los problemas ajenos y soportar los nuestros.


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