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SOCIEDAD
CIVIL
A través del Vitral (II y final)
Oscar Mario González
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Algunas
actuaciones de la jerarquía eclesial han
despertado dudas y suspicacias. Han dejado, además,
un mal sabor en el ánimo del laicado.
En 2004, durante la misa celebrada con motivo
del fallecimiento de Juan Pablo II, el Cardenal
Jaime Ortega se apartó de la procesión
de entrada para saludar al jefe del régimen
cubano, quien se encontraba presente en compañía
de otros miembros del gobierno y del Partido Comunista
de Cuba. Esto no fue muy bien visto. Además,
no es nada usual en la liturgia de la eucaristía.
En 2005, aludiendo también a razones financieras,
fue cerrada la revista Espacios, publicación
de los laicos de la diócesis habanera.
El consejo de redacción de esta revista
fue disuelto. Algunos miembros quedaron sin trabajo.
En su lugar apareció otra revista con el
mismo nombre aumentado por un adjetivo: Espacio
Laical. La anterior resultaba incómoda
debido a las opiniones que vertía sobre
temas históricos, sociales y políticos.
A raíz de la proclama de julio de 2006,
donde se anunció la enfermedad de Fidel
Castro y la ascensión de su hermano (de
manera provisional) a los principales cargos del
gobierno y el estado, el régimen cubano
habló insistentemente de soberanía,
independencia y peligro de invasión. La
jerarquía católica se hizo eco de
esas declaraciones, a pesar de que en el asunto
nadie cree. Los cubanos, y los laicos entre ellos,
ven la retórica gubernamental sobre soberanía,
independencia y peligros de agresión, como
coartadas del gobierno para perpetuarse en el
poder y justificar la violación de los
derechos civiles.
Por último, la aceptación del retiro
de los obispos José Ciro, de la diócesis
de Pinar del Río, y Pedro Claro Meurice,
de la diócesis de Santiago de Cuba, pese
al inmenso amor y respaldo que les profesaban
los feligreses, y a la utilidad de la labor espiritual
que realizaban, es interpretada por muchos como
acciones del alto clérigo por liberarse
de dos molestas piedras en el zapato. Se dice
que con la presencia del obispo Ciro no hubiera
sido posible el cierre de Vitral.
Es necesario que la alta jerarquía católica
sea consecuente y mida cada uno de sus pasos y
acciones en este momento trascendental para el
futuro de Cuba.
Todos los que se han acercado a las ventanas
de la historia de la iglesia en nuestro país
saben cuán difícil y zigzagueante
ha sido el camino recorrido. De la contienda independentista
salió muy mal parada por el apoyo brindado
al poder español en su lucha contra los
mambises. No podía ser de otra forma tratándose
de un clero abrumadoramente peninsular.
Una acertada labor misionera fue ganándole
en membresía e influencia durante la república,
y ya en 1959 era un factor social a tomar en cuenta,
aunque, en mi opinión, nunca tuvo suficiente
arraigo entre las capas más humildes de
la población. Ello facilitó al totalitarismo
su triunfo temporal en la lucha antirreligiosa
de los primeros años.
De la etapa batistiana emergió favorecida
de prestigio y autoridad. Es bien conocido que
Fidel Castro debe la vida a los buenos oficios
del obispo Enrique Pérez Serantes, cuando
no permitió que el reo fuera conducido
a una instalación militar. Este mismo obispo
fue víctima, posteriormente, del totalitarismo,
al que supo enfrentar con valor y dignidad.
Las iglesias cristianas, y las católicas
en particular, tienen ante sí una labor
trascendental en el adecentamiento de las costumbres,
la difusión del amor y la promoción
de la paz entre los hijos de la futura Cuba democrática.
Quizás la patria nunca necesitó
tanto de la Iglesia Católica como ahora
y en el futuro próximo. Es necesario que
la iglesia mantenga el prestigio ganado, el cual
han ayudado a engrandecer y fomentar hombres como
Pedro Maurice, José Ciro y Dagoberto Valdés,
entre muchos otros que, de modo anónimo,
integran las diferentes parroquias y comunidades
de esta tierra que tira del corazón de
todos, convocándonos a un abrazo de hermanos.
A través del Vitral (I)
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